lunes, 17 de noviembre de 2014

PATXI ZABALETA CERRANDO EL CÍRCULO

El congreso de Aralar que concluye este fin de semana trae el relevo de Patxi Zabaleta en la dirección. Pasa a segunda línea después de cuatro décadas de protagonismo incesante en las que no ha dejado indiferente a nadie. Y a la hora de componer un balance, sobre la conversación cae la sombra siempre presente de su hija Miren, presa en Valladolid por el “caso Bateragune”. «Soy el único que queda en la política activa de los que nos sentamos en la Mesa de Altsasu», apunta evocando el embrión de Herri Batasuna, en octubre de 1977. «Estaba allí entonces y he estado también en el Acuerdo de Gernika de 2010 –sigue–, que es la clave del momento actual. Y esto me lo recuerda mucho Miren. Me dice: ‘Nosotros ya hemos cerrado el círculo’. Yo le suelo contestar con una ‘cariñada’: ‘Sí, pero yo preferiría quedarme en la cárcel para que tú te fueras’. Lástima que no sea posible».
Hay bastantes más círculos que se van cerrando en torno a este adiós: de la creación de HB a la confirmación de EH Bildu, de aquella «transición» frustrante a la que ve venir ahora con más fuerza y tintes de ruptura, de aquella Nafarroa sujetada por el régimen a la que está a punto de liberarse... El momento es muy especial por muchos motivos, pero Zabaleta deja la primera fila, aunque no tiene intención alguna de dejar de aportar. Sus últimas entrevistas han confirmado su vocación de verso libre, pepito grillo, francotirador si es el caso. Esta tampoco va a ser una excepción.
Se hace a un lado Zabaleta cuando todo el mundo habla ya de «Segunda Transición». ¿O será «Primera Ruptura»? Escoge la vía intermedia: «La segunda transición tiene que tener elementos de ruptura, y sobre todo uno, el derecho a decidir. Es la única interpretación posible de los Derechos Históricos, y es lo que conecta con los derechos humanos. Luego habrá otras cosas que incluir: medidas para erradicar la corrupción, legislaciones de incompatibilidades, de contrataciones, de defensa del medio ambiente sobre el urbanismo… Es que no hay que romper solo con el franquismo, sino también con la reforma», considera.
Pero, ¿hay fuerzas suficientes en Euskal Herria para impulsarlo? ¿Hay talento? ¿Por qué en Catalunya sí y aquí no? Preguntas que llevan meses inquietando a cualquier abertzale: «Este pueblo sí tiene fuerzas, solo hace falta ilusionarlo nuevamente –responde Zabaleta, con convencimiento–. Y eso se hace poniéndole delante objetivos que no estén condicionados por la coyuntura».
«Por ejemplo, en el tema de la pacificación hay que defender la amnistía con todas las letras, y eso reclama exigir la modificación de la legislación –prosigue, retomando una de las cuestiones de las que está haciendo bandera en los últimos meses–. Nos han dado un ejemplo envidiable las fuerzas de Ipar Euskal Herria recientemente, han hablado de amnistía con todas las letras y lo han firmado todos. Aquí, en cambio, tenemos remilgos. Esa es la única justicia verdadera que se puede evocar, también para las víctimas. Y lo tenemos que reclamar con los mismos criterios de unilateralidad que hemos utilizado hasta ahora, sin esperar ningún acuerdo, a calzón quitado, hagan lo que hagan en Madrid. Tres años después del cese definitivo de ETA, hay que recuperar por un lado e inventar por otro objetivos que merezcan la pena para la movilización, para el cambio de estructuras, para defender sin disimulos lo que son los contenidos de la izquierda abertzale. Porque esta es la única fuerza política que puede llevar a este país a un cambio –asevera tajante–. El PNV está contaminado por su relación con la reforma».
La idea previa a la conversación es hacer un repaso de estas cuatro décadas, pero Zabaleta se demora en el análisis de aquellos años que conoce al dedillo y recuerda como si fuera ayer. Y es que percibe que la historia ha vuelto a aquella encrucijada. No necesita preguntas, tiene las respuestas en su mente. Y sobre todo alberga una convicción: «El derecho a decidir, ese va a ser el examen. Si hay derecho a decidir, se pueden corregir otras deficiencias; si no lo hay, no merecerán la pena ni la modificación estatutaria de Urkullu ni la reforma federal del PSOE. Ese va a ser el caballo de batalla».
De aquellos polvos, estos lodos. Para cuando murió Franco, este abogado leitzarra ya militaba en EAS, luego EHAS, más tarde HASI. Y de aquellos tiempos pioneros extrae otra conclusión para el momento actual: «Es muy importante recordar que en aquellos años no nos legalizaron, fuimos partidos ilegales y es un dato que hay que poner sobre la mesa en este momento en que hay una revisión en curso. Toda la versión oficialista sobre la reforma es falsa, está demostrado. Se legalizó al PCE de Carrillo, sí, pero porque dejó de ser comunista y republicano, porque dejó de ser coherente y porque dejó de ser la principal referencia del antifranquismo junto a ETA».
Profundiza en la necesidad de asentar el presente sobre el análisis de aquel momento: «Es que la falsedad de la reforma no fue la única causa, pero sí una de las causas de que siguiera la lucha armada después de la amnistía –justifica–. Arnaldo Otegi responde muy bien en su última entrevista al requerimiento del PNV a la izquierda abertzale para que muestre arrepentimiento por lo que hizo políticamente durante la reforma. No, los que cometieron grandes errores fueron el PNV, CiU, el PSP… Fueron ellos quienes estuvieron con UCD, PSOE y AP en los Pactos de La Moncloa, sin importarles que fueran ilegales las formaciones independentistas. Tendrán que cambiar, y profundamente, para la nueva situación. Son partidos que están desgastados precisamente por aquellos errores, y no van a dirigir ningún proceso de transformación. Ni CiU ni PNV van a dirigir el camino hacia la independencia», remarca.
Pero no acaba aquí el argumento. Zabaleta no responde precisamente al perfil de político que solo crítica al adversario: «La izquierda abertzale también tiene que hacer una revisión. ¿De qué? De su propia actuación. Fue un error no participar en la lucha política, un error condicionado por la presencia de la lucha armada y un error adoptado con la excusa del análisis que se hacía sobre la reforma. Quiero decir que el análisis estaba bien, pero la conclusión efectiva, no. En política hay que ocupar todos los espacios. Aunque el agua no cubra, hay que mojarse los pies. Debajo del agua no hay espacios vacíos». El caso es que llegaron años de plomo, una travesía del desierto. Para Patxi Zabaleta, todo empezó con la Alternativa Democrática, en 1995, «que ya son años... Aquella fue una iniciativa de ETA, pero para dejar de ser ETA», asegura.
Los caminos que se separan. Los argumentos de Zabaleta se van desplegando como un árbol. La idea, siempre propia y muchas veces intransferible, es el tronco, pero al crecer comienzan las ramas; aparece una digresión, de ahí sale un matiz, y luego una anécdota, más lejos una historia, al final un dato nuevo... A veces logra volver al tronco, aunque no siempre. En cualquier caso, poco de lo que cuenta tiene desperdicio. Si en la conversación aparece de pasada la ikurriña, no pierde ocasión de criticar que el PNV se equivocó al no reservar esta bandera y el nombre de Euskal Herria para un futuro en el que el país estuviera reunificado. Si se le recuerdan las batallas perdidas, evoca que sí, es cierto, pero también lo es que «en 1979 HB fuimos la segunda fuerza en el Ayuntamiento de Iruñea. UCD nos ganó por 400 votos... ¡y había conseguido 600 en el Hospital Psiquiátrico!». Y si la conversación lleva hasta la corrupción, no hace falta tirarle de la lengua para escuchar que a él también le intentaron comprar para una operación urbanística en Iruñea, «a 500 metros de aquí, en Salesianos, y por el constructor que entonces pasaba por ser el hombre más rico de Navarra. Todos los que hemos estado en la política hemos tenido tentaciones». Lo completa con un refrán, «algo antiguo», reconoce como excusándose: «La virginidad solo se pierde una vez, y el que se corrompe una vez ya no va a ser incorrupto para siempre».
El inicio y el final de su carrera se unen en su discurso como un bucle. Pero entre medio la vida ha dado muchas vueltas. La escisión –no le gusta el término– de 2000 es un tema que no elude, pero que aborda con más tiento, yendo a los antecedentes: «La izquierda abertzale siempre ha tenido el mismo debate, permanente, sobre la primacía o no de la acción política. Ahora está superado, afortunadamente. Pero ha aflorado en muchas ocasiones. Por ejemplo en el II Congreso de HASI. Y en 1980-81, dentro ya de HB, cuando se toma la decisión de salir del Parlamento de Navarra y no entrar en el Parlamento Vasco. Luego vuelve en 1987, con ocasión de las conversaciones de Argel. Aunque se formulaba como un debate sobre la participación en las instituciones, en realidad era sobre la primacía o no de la acción política, y por tanto conectaba con la lucha armada. Cuando se agravaban las situaciones, también se agravaba el debate», recuerda.
Hecho este previo, rememora Zabaleta que «cuando se crea Euskal Herritarrok (1998), aparecen corrientes de opinión, hay hasta cuatro propuestas, y una es Aralar. Una de las condicionantes sobre la mesa era la existencia o no de la figura del militante, como persona con derechos. Fue el detonante de la ruptura. No resultamos ganadores en algunas asambleas y entendíamos que teníamos derecho a saber quién iba a votar, cuáles eran las mayorías y minorías… Tengo que decir que Aralar siempre se ha declarado de la izquierda abertzale, nunca ha negado esta denominación a otras sensibilidades como la que hoy sería Sortu y antes Batasuna. Creo que, por tanto, son dos sensibilidades que siempre habían existido y que en aquel momento empiezan a hacer un camino diferente».
Para él, la senda se hace común con el Acuerdo de Gernika, al que da más importancia incluso que a la Declaración de Aiete, aunque «esta se llevara la fama y diera referencia internacional a todo esto». Aquella tarde de setiembre en el Lizeo Antzokia de la villa foral vio claro que estaban sentadas las bases para la reunificación de la izquierda abertzale, y más allá aún. Volviendo a mirar al traumático 2000, asume Zabaleta que «es cierto que en aquella sensibilidad, que podíamos denominar como pacifista y con primacía de la política, no estábamos solo los que nos pasamos a Aralar. Había otras personas que no dieron ese paso pero que se les conoce, yo las conozco. Pero creo que si a veces no se juega al órdago, no se gana la partida, y aunque fue un paso muy doloroso, también en este momento pienso que no era posible no darlo».
ETA, EH Bildu y Nafarroa. Zabaleta abarca mucho como político, en tiempo y en amplitud, pero ese es solo uno de sus perfiles: también es euskaltzain, escritor, abogado... Sorprende oírle decir que «yo me he ido varias veces de la política», y pone como ejemplo la segunda legislatura posfranquista, cuatro años después de haber estado a punto de ganar en el Ayuntamiento de Iruñea. «Hubo un contraste con tonos de cierta dureza, y me aparté. Creo que es imprescindible que los políticos tengan la suficiente libertad para poder ser críticos con la situación y autocríticos con respecto a su propia formación. Y también tienen que tener la maleta preparada, para preservar la libertad y poderte ir cuando no puedas quedarte. Siempre he considerado que era más importante ser libre que estar en un determinado sitio».
«También en relación a ETA –sigue, sin pausa–. Cuando ETA mató a José Javier Múgica [concejal de UPN de Leitza], que había sido el fotógrafo de mi boda y con el que yo discutía vehementemente en numerosas ocasiones, escribí un artículo defendiendo su memoria. Cuando mató a Tomás Caballero, creo que fui el único político que escribí un artículo, que se titulaba ‘‘Don Tomás’’. Pedí que no ejecutaran a Miguel Ángel Blanco. He sido en política lo que entendía que tenía que ser».
La política ha cambiado mucho. De aquellos mítines masivos y el abuso de ponencias a veces ininteligibles a la actual primacía del whatsapp o las performances en las tribunas parlamentarias. Empoderamiento ciudadano mientras los partidos pierden peso. Alerta aquí de que «hace falta unificar las estructuras de la izquierda abertzale, que decidan de forma democrática, que ejerzan el control, que tengan militancia, congresos… Aflorarán sensibilidades, que las hay lógicamente, pero eso no es negativo. Da mucha pena que otras formaciones políticas hacen primarias y no se hagan en EH Bildu. Y no es que las primarias de otros partidos sean ejemplo a imitar, porque las del PSN han sido teledirigidas para el desembarco de militantes de UGT para que saliera lo que quería Ferraz –censura–. En HB también fuimos cinco partidos al principio, y al día siguiente ya éramos solo cuatro. La situación actual convierte a los partidos en cuota-partidos. Eso no se puede ofertar así a la ciudadanía en el futuro y habrá que superarlo como condición indispensable para crear esa ilusión».
Piensa ahora en escribir, escribir sobre política, algo que echa en falta en este país. Otra cosa son unas memorias: «Eso es mejor para publicarlo después de muerto», bromea. Exclusivas no faltarían, porque si algo ha caracterizado a Patxi Zabaleta por encima de todo lo anterior es su afición, casi obsesión, por hablar con todos. También tiene una tesis al respecto: «El diálogo es una obligación de principio democrático y de derechos humanos, antes y al margen de que sirva o no. Muchas veces no sirve para nada, más que para que te consideren débil y se vuelva en tu contra, pero es una obligación aunque te perjudique, porque dimana del respeto a la diversidad y a la divergencia. Por ejemplo, siempre he dicho cosas muy duras políticamente de UPN. Ayer mismo, sin ir más lejos –apunta citando una sesión extraordinaria con estudiantes en el Parlamento–. He dicho cosas muy duras con ellos, pero siempre he hablado con UPN».
Liderar Aralar durante más de una década le ha ubicado en el marco nacional, pero la carrera política de Zabaleta siempre ha estado muy centrada en Nafarroa. Otro círculo histórico que puede cerrarse. La anécdota va esta vez por delante: «Yo firmé con Jesús Aizpún Tuero, el fundador de UPN, una cosa que se llamaba ‘Acta de afirmación foral’, pidiendo el no a la Constitución, los dos juntos, y no me arrepiento de eso». Y la moraleja le sigue: «UPN surgió con una sola idea, que los navarros tuvieran el derecho a decidir, y al quedarse ahora sin esa idea, tiene el encefalograma plano. Cuando los abertzales hemos sido capaces de aceptar, por imperativo democrático, el ámbito de decisión de Navarra, sin dejar por ello de ser abertzales e independentistas, ha cambiado todo. Es la gran diferencia. Ahora decimos nosotros que los navarros deciden, y ellos dicen que no».
No echa las campanas al vuelo, porque sabe que «Navarra es la frontera, la trinchera de Euskal Herria. Ya lo decía Aizpún también: ‘Si ganamos en Navarra, no podrán hacer Euzkadi’». Pero, ¿le salen las cuentas? Dependerá de varias cosas: si Podemos concurre o no, si el PSN se desploma o no... Reivindica en este punto «la aportación de Nafarroa Bai en 2007. Porque ahí se pusieron sobre la mesa tres cuestiones: que la mayoría en Navarra no tenía que ser una cuestión bipartidista entre UPN y PSN, que la alternativa a UPN tenía que ser lo contrario al régimen de exclusión, y que con el sabotaje que hizo Ferraz el PSN se convertía en el partido-bisagra, que era lo que antes había sido HB. Ojo, es una función muy seria; en 1991 tuvimos que elegir entre Gabriel Urralburu o dejar paso a Juan Cruz Alli y fue durísimo, tuvimos presiones de todo tipo, políticas, humanas, personales, por encima y debajo de la mesa… pero teníamos una convicción y la ejercimos. El PSN no ha sido capaz de hacer esa función con dignidad. Está vampirizado por UGT, igual que IU por CCOO, que junto a la CEN son el esqueleto del régimen. Y la CEN no es nada, es un invento, durante 30 años ha tenido un presidente que ni siquiera era empresario...» Y sigue y seguirá Patxi Zabaleta, mostrando que, diablo o viejo, sabe de todo esto.

Ramón Sola, en GARA