domingo, 26 de marzo de 2017

TRUMP FICHA A MORENÉS

El Gobierno de España ha nombrado embajador en Washington a Pedro Morenés, el preferido por la Casa Blanca y por el Pentágono. Daba el perfil: hombre muy conservador, atlantista y empresario de seguridad y armamento; en su momento, especializado en bombas de racimo. Felicidad a este lado del Atlántico, quién mejor para mediar y cumplir las órdenes de Trump de elevar el presupuesto militar hasta el 2% del PIB.
La decisión forma parte de  la narración ultraconservadora del PP en el Gobierno. Como nos ha recordado Cospedal, ministra de Defensa ,"si no está garantizada la seguridad , da igual tener garantizada la sanidad pública o la educación". El problema no es ese, sino que les da igual que no haya sanidad pública y educación. Lo importante es la seguridad, es decir, el negocio de las armas. De momento, son 12.000 millones, que esa fue la cifra que le espetó Trump a Rajoy, en inglés, por supuesto. Ya se lo han traducido a Cospedal y Montoro. Y si las cuentas no cuadran, no importará. La Europa de hoy, que lo es cada  vez menos, en ocasiones perturbada por el déficit, no lo tendrá en cuenta.
El Gobierno español, una vez enjugadas las lágrimas de cocodrilo por la victoria de Trump, se da la mano con los sectores más ultraderechistas de los Estados Unidos, representados en el ala más radical del partido republicano. Ya lo decían los seguidores de Freedom works, así como del Tea Party: menos estado, muy poco estado, que cada uno se pague su educación y sanidad pero, eso sí, mucha seguridad , mucha policía, con sus leyes restrictivas de derechos, mucho ejército y armas que los sustenten. No es que quieran poco estado, que también, es que, en su hipocresía, el poco estado lo quieren para ellos, para promover o proteger sus intereses. 
Los presupuestos de Trump así lo ponen de manifiesto. Sobra todo, por ejemplo, el Obamacare. Al extravagante presidente americano le han tumbado su proyecto sanitario  alternativo, pero no nos engañemos, lo han rechazado por corto los más radicales de la derecha americana, los llamados Freedom Caucus, primos hermanos de los arriba citados, y primos no muy lejanos de los populares de La Moncloa.
El fichaje de Morenés coincide con la pomposa pero muy triste celebración de los sesenta años del Tratado de Roma. Más que gris, no sólo porque se diluye por el Brexit, sino porque decae en su propia consistencia, lejos de la ciudadanía, muy lejos de los principios fundamentales de una Europa unida. En la foto, muy  pocos europeístas, mucho nacionalista pero, sobre todo, atlantistas rebosantes. Algunos observadores han señalado la oportunidad de progresar hacia la unión política, hacia la Europa federal,  una vez salido el Reino Unido. No nos hagamos ilusiones,  Europa se construye con europeístas, no con atlantistas.
Adornados con discursos falsarios, los protagonistas de los fastos no quieren más Europa , sino menos. Un ejemplo es la política de seguridad y defensa, lo que se llamó pomposamente pilar europeo de Defensa. Ha bastado con que llegue al poder un ultra como Trump para que nos saquen las vergüenzas. Quiere que nos paguemos nuestra defensa y en eso tiene razón, aunque lo que de verdad dice es que se la paguemos a él, aumentando nuestros presupuestos, aportando más a la OTAN, sosteniendo su industria  armamentista que él se encargará del resto. Lo de siempre, America First, y mandando.
La Unión Europea, de fiesta, tomada de uno en uno o en su conjunto, no ha servido para acometer un compromiso serio de mantener nuestra independencia y cumplir con los compromisos contraídos con los europeos en los Tratados, sino para correr a Washington a quedar complacientes  con el César.
Un despropósito y la prueba palpable de que la Europa soñada es una entelequia o un marco alemán camuflado en el  trampantojo de acuñación europea que llamamos euro. Trump, que no deja de ser el tonto útil del extremismo de derechas americano, se saldrá con la suya: menos Europa, más armamento, nada de pilar europeo de Defensa y un portaaviones gigantesco en la Gran Bretaña. Y encima nos han fichado a un galáctico. 

Javier Aroca, en eldiario.es

sábado, 25 de marzo de 2017

EL VETO DE LA AGONÍA

Hace muy poco tiempo pasé días sujetando la suave mano de mi madre mientras agonizaba. Días oyendo cada estertor, que se prolongaba infinitamente, con el alma en suspenso por ver si sería al fin el último. El cáncer es cruel y cuando ya ha devorado a quien quieres, aún te reserva ese dolor suplementario. Mi madre murió el pasado Día de los Difuntos y desde aquí vuelvo a agradecer los cuidados paliativos del Hospital Universitario Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares. Sin ellos todo hubiera sido aún más insoportable. Esos últimos días fueron un dolor extra. No había esperanza. No había futuro. Sólo la constancia de que era preciso esperar a que la cruel enfermedad terminara por destrozar algún punto vital que colapsara aquel cuerpo maltratado que ya no contenía a la mujer que me amaba y a la que yo amé como a nadie.
A pesar de la irremisibilidad hay todo un camino que hacer y que sufrir cuando llega el final. Pasar de las altas dosis de ansiolíticos a la sedación conlleva un tiempo en el que ni siquiera sabes si tu ser amado es consciente del calvario por el que atraviesa. Luego, al final, viene la calma de saber que ya no sufre, que la agonía ya no le toca, que sólo tienes ante ti un pobre cuerpo lacerado, un mecanismo totalmente deteriorado, que agoniza y se convulsiona en una cama en espera de la liberación final.
En España esto que les relato incluso es un lujo. Hay lugares en los que los cuidados paliativos no llegan o llegan con dificultad o están tan saturados que no pueden atender a todos los que los precisan. En España hay médicos que, por miedo o por precaución, expanden ese periodo intermedio hasta la sedación. El tiempo más difícil de asumir. Médicos que siguen ordenando poner suero o medicación a sabiendas de que no van a parte alguna.
Nunca se le reprochará lo suficiente a Esperanza Aguirre el retroceso en esta cuestión que se experimentó en España. Fueron Aguirre y su gobierno, con fines totalmente políticos, los que emprendieron la loca carrera para castigar al doctor Montes. El doctor Muerte le llamaban, los que se escudaron en un anónimo para querer colgarle 400 homicidios mientras la Cope y El Mundo montaban un festival de infamia a su alrededor. La Audiencia de Madrid archivó el caso y retiró toda referencia a que siquiera se hubiera producido mala praxis médica. La Justicia refrendó la profesionalidad de Luis Montes pero esta persecución –inducida, espoleada y auspiciada por el poder de Aguirre– dio una voz de alarma para los médicos que recularon para curarse en salud.
Ayer el Congreso rechazó una iniciativa legislativa sobre la eutanasia y la muerte digna. Era de Unidos Podemos y quizá fuera eso lo que más pesó para que el propio PSOE, que nunca ha negado la necesidad de legislar al respecto, se echara para atrás. Según datos de Metroscopia, el 84% de los españoles está de acuerdo en que se regulen estos aspectos. Es una cuestión que de hecho nos concierne a todos. Todos podemos estar sujetando esa mano durante una agonía. Todos podemos ser el cuerpo abandonado al dolor en un lecho de hospital. Pero siempre se pospone. Nunca es el momento. Siempre hay una combinación mejor, otra prioridad, un debate más largo que hacer.
Los socialistas afirmaron ayer en el Congreso que "el debate de Podemos es precipitado". Es evidente que el suyo no lo es. Han gobernado durante años este país con mayoría absoluta y siempre han encontrado un motivo para aparcarlo. Ciudadanos también se abstuvo, dicen que ellos están por una ley de muerte digna que tampoco tiene plazo. Eso sí, lo de los vientres de alquiler –que sólo es reclamado por un porcentaje muy minoritario de la sociedad y que es una arriesgada propuesta para satisfacer a unos pocos, poniendo en peligro a las mujeres en general– eso lo tienen claro y nos lo han metido con calzador en la agenda informativa para conseguir un estado de opinión y una presión social. Lo de la muerte no. Eso no nos concierne a nadie y es evidente que lo digo en un alarde de ironía macabra.
Señores parlamentarios: ¡déjense de milongas! Mientras ustedes planean si es tácticamente mejor apoyar el texto de otros o presentar el propio o... hay familias enteras sufriendo. A la mayoría de la sociedad no nos importa quién o cómo se apunte el tanto. Cada vez que la enfermedad, el dolor y la muerte nos ponen ante la realidad de lo mal que se muere en España nos acordamos de esa ley que nunca se hizo sin que ninguna de sus excusas nos sirvan. Así que cuando dieron al botón unos para negarse –que digo yo que qué problema tiene hacer leyes que sólo son de acogimiento voluntario– y otros para abstenerse –por no darles cancha a los otros– pulsaron la continuación de agonías atroces y de dolores e indignidades infames para muchas personas.
Sólo exijo que lo piensen. Ya sé que los muertos no volverán de la tumba para reprocharnos la inacción. No hace falta. Quedamos los vivos. Hay debates y decisiones que no pueden dilatarse eternamente porque morimos un poco cada día; ustedes también, señores parlamentarios.

Elisa Beni, en eldiario.es

viernes, 24 de marzo de 2017

TE HACE FALTA YA UNA HUELGA, UNA HUELGA.......

Fui a coger el autobús, pero resultó que los conductores estaban en huelga. Así que esperé en la calle a ver si pasaba un taxi, pero los taxistas también estaban en huelga. Opté por el tren, pero el personal de tierra en Atocha estaba en huelga. Pues nada, me di un paseíto hasta una Fnac, quería comprar un DVD de alguna serie antigua con la que quitarme el mono mientras los dobladores sigan en huelga. Pero a la entrada de la tienda una pegatina me recordó que los trabajadores de Fnac están en lucha. No era mi día, no. En el kiosco no tenían ni Tiempo ni Interviú, ¿adivinan por qué? Huelga de periodistas. De vuelta a casa me encontré una concentración de trabajadores de escuelas municipales de música (en huelga, por supuesto), un grupo de “kellys” a la puerta de un hotel (donde hacían huelga, claro). Intenté comprar algo de pescado, pero no me van a creer: la plantilla de Pescanova en huelga (¡por primera vez en medio siglo!). Me gustaría tener un teléfono donde quejarme de tanto estropicio, pero ni lo intento: seguro que continúa la huelga en atención telefónica y telemarketing.
Puede parecer un poco exagerado el párrafo anterior, pero no hago más que recoger una decena de conflictos laborales de estos días. Solo unos cuantos, los que he encontrado en una búsqueda rápida, pero podría seguir hasta el final del artículo, porque hay muchas otras empresas y sectores que estos días calientan la primavera. ¿Están aumentando las huelgas y protestas laborales, o es solo impresión mía? Los datos dicen que en los dos primeros meses del año creció un 33% el número de horas "perdidas" en huelgas. Pero más allá de eso, déjenme hacer un poco de sociología de bar o, en mi caso, sociología de puerta de colegio y parque infantil.

No sé si les pasa, pero después de dos años en que cuando nos juntábamos con alguien hablábamos inevitablemente de política (elecciones, investidura, encuestas, tertulias, lo que dijo este, lo que respondió el otro), ahora, superado el bucle electoral, volvemos a hablar de trabajo. Volvemos a contarnos “lo mal que está la cosa”, el amigo al que han despedido, el que va de contrato temporal en contrato temporal, al que no le pagan las extra, el que no libra un domingo, y por supuesto el que sigue en paro. Lo mismo que monopolizaba nuestras conversaciones durante la crisis, con la diferencia de que ahora, nos aseguran, ya no hay crisis. ¿Y entonces? Si la crisis ya pasó, ¿esto qué es?
Por las mañanas, en la Cadena Ser, hay un buzón de voz para que los oyentes cuenten qué les preocupa. Durante años se llamó “Diario de la crisis”, y podías escuchar a trabajadores compartir su malestar, parados desesperados, jóvenes que emigraban, madres agobiadas por la falta de futuro de sus hijos. Hace poco decidieron cambiar el nombre a la sección: “Diario de Hoy por Hoy”. La gente sigue llamando, y cuenta lo mismo: malestar, desesperación, emigración, falta de futuro. Ya no se llama “de la crisis”, pero sus vidas no han cambiado.
Algo así nos puede estar pasando a los trabajadores: en los años más duros de la crisis, las huelgas cayeron a mínimos. Había miedo, sí, el paro desbocado presionaba para no moverse mucho, pero también había una cierta confianza, por maltrecha que fuera: que me quede como estoy, que ya pasará la crisis. Ahora nos dicen que la crisis ya pasó. Lo dice el discurso gubernamental, los indicadores macroeconómicos, los resultados de las empresas. ¿Y para los trabajadores? Sueldos menguantes o ultracongelados, peores condiciones, incertidumbre. Nos tocó pagar la crisis, asumimos los “sacrificios”  (¿recuerdan?), pero no esperemos ahora disfrutar la “recuperación”. Al contrario: nuevas vueltas de tuerca.
Puede que leyendo el primer párrafo dé otra sensación, pero no se engañen: poca huelga hay para el nivel de hartazgo en que vivimos. En las manis seguimos cantando, melancólicos, eso de "hace falta ya, una huelga, una huelga... hace falta ya una huelga general...", y algunos hasta especulan con que la próxima la convoque Podemos. Pero igual lo que te hace falta es una huelga en tu empresa.

Isaac Rosa, en eldiario.es

miércoles, 22 de marzo de 2017

EL RUIDO DE LA INDIA

Cuenta una fábula narrada por jainistas y budistas que seis ciegos se toparon en una aldea con un elefante y, dispuestos a indagar en la naturaleza de ese fenómeno cuya realidad desconocían, cada uno de ellos se entretuvo manoseando la parte del animal que tenía más cerca. Tras un minucioso repaso, llegaron a conclusiones distintas: quien había palpado una pata, el rabo, la trompa, una oreja, un colmillo o un costado defendía que el extraño ser no era otra cosa que una columna, una cuerda, la rama de un árbol, un abanico, un tubo o una pared. Fiados de su sentido del tacto, se enzarzaron en una discusión muy viva sin acuerdo posible ante lo dispar de sus experiencias. 
Un sabio pasó a su lado y, viéndoles tan ofuscados, los tranquilizó haciéndoles comprender que estaban frente a un elefante y que el animal poseía todos los atributos que individualmente habían ido descubriendo. La moraleja del relato servía a esas ramas heterodoxas del hinduismo para denotar el sesgo engañoso de la realidad, las limitaciones que nos hacen percibir solo una parte e ignorar el resto y la necesidad de respetar las opiniones discrepantes (Mosterín, 2007: 71 y 72). 
«En la India nada para ver, todo que interpretar», sostiene Henry Michaux en el libro Un bárbaro en Asia (Michaux, 1987: 19), escrito tras un viaje realizado en los años treinta por diversos países de ese continente. Más tarde, en la década de los sesenta, Octavio Paz fue embajador de México en la India, y el conocimiento adquirido durante su larga estancia como diplomático alimentó parte de su producción literaria y ensayística. «La India no entró en mí por la cabeza sino por los ojos, los oídos y los otros sentidos», declara en Vislumbres de la India (Paz, 1995: 146). Tanto la butade de Henry Michaux como lo confesado por Octavio Paz dan testimonio elocuente de la perplejidad que ese gran país de civilización milenaria causa en el forastero. 
Durante unas semanas del pasado mes de octubre, hice un viaje a la India en compañía de cuatro ciudadanos españoles, y visitamos Delhi, varios pueblos y ciudades de Rajasthan y unas cuantas poblaciones de interés monumental o religioso, situadas en Estados vecinos. Aunque no paré de trotar por un territorio amplio y diverso, que iba desde el desierto del Thar a las orillas del Ganges, tengo claro que en relación con las dimensiones del país apenas pude sobar una pata del elefante, de manera que mis impresiones sobre la India pueden quedarse cortas si las comparo con las lecciones extraídas por los invidentes de la fábula del roce de sus manos sobre la epidermis del paquidermo. 

El ruido 
Lo primero que me sorprendió tras abandonar el aeropuerto de Delhi y adentrarme en sus largas avenidas, jalonadas por extensas manchas de jardines y arbolado, desdibujadas por la contaminación, fue el ruido del tráfico, un tráfico con la viscosidad del magma, en el que acallando al runrún de los motores se imponía como el brutal clamor de una selva el sonido de las bocinas. El mismo alboroto se repetía en Jaisalmer, Jodhpur, Udaipur, Jaipur, Agra y otros pueblos y ciudades. El fenómeno provocaba incomodidad pero tenía mucho de espectáculo. 
De un solo golpe de vista, uno veía moverse a centenares, miles de vehículos, igual que si estuviera ante un gigantesco y laborioso hormiguero con su acorazado enjambre corriendo agitado por los alrededores del nido. Coches, furgonetas, motos, bicicletas, carretillas, motocarros (tuc tuc) y triciclos para viajeros (rickshaws) intentaban adelantarse unos a otros, girando a derecha o a izquierda, abriéndose hueco, pidiendo paso a golpe de claxon, sin más norma de circulación – exclusivamente orientativa– que el prurito de no chocar. El humo de los tubos de 2 escape formaba una gasa que envolvía al cortejo. En ese mar embravecido emergía a veces un camello si no un elefante –señal de buena suerte–, montados por empequeñecidos guías, o de repente a un grupo de cebúes le daba por cruzar la calzada o por tumbarse a rumiar sobre el asfalto. 
Familias enteras viajaban felices bordeando el abismo sobre una moto: un varón conduciendo, entre sus muslos un niño de pie cogido del manillar, al dorso una mujer con un bebé en brazos y otra criatura encajada atrás. Una punta del sari o del velo servía a las mujeres jóvenes como mascarilla para depurar el aire contaminado mientras pilotaban un escúter. Inmersos en el avispero, algunos individuos pedaleaban con ahínco un rickshaws ocupado por dos pasajeros o tiraban de una carretilla desbordada de mercancías; su lenta y esforzada marcha era la imagen de la desolación. 
El aluvión de vehículos rebosaba las arterias principales e iba colándose por barrios y mercados, abriéndose paso a bocinazos entre el gentío de los bazares, con la declinante anchura de los pasadizos como único filtro, y no había calleja por remota o angosta que fuera en la que no hiciesen aparición una moto y otra y luego otra. 

La calle 
La calle de las ciudades parecía poblada por gente de una clase media muy modesta, fronteriza, sin apenas transición, con una situación de pobreza digna que se iba degradando hasta la miseria. Durante el día, estaba atiborrada de hombres y mujeres yendo de un lado para otro, comprando en los bazares, ejerciendo una actividad laboral y, en el caso de algunos varones, estacionados en corrillos, haciendo tertulia o contemplando ociosos el panorama. El olor a sudor acusaba la digestión de las especias. Nunca sentí tanto agobio en una aglomeración como en el Metro de Delhi, enfrentado a la paradójica certidumbre de que la masa de cuerpos allí embutidos por sólida que fuera no tenía límite y podía comprimirse aún más con las riadas de nuevos viajeros que subían en las paradas. 
En los mercados no había carnicerías y los alimentos que se vendían eran hortalizas, legumbres, frutas y especias de diversos colores, apiladas formando afilados conos. Junto a las berenjenas, coliflores, ajos, jengibre, pimientos, habas, etc., abundaban los chiles, que, aunque originarios de México, acabaron condimentando la cocina india. Solo en un pequeño barrio musulmán, próximo a Ajmer, vi en un tenderete un surtido de pollos desplumados y decapitados, tintados de color naranja. 
La mayoría de los puestos de trabajo en tiendas, restaurantes, talleres de artesanía, servicios públicos, etc., estaban ocupados por hombres pero se notaba también la presencia femenina en empleos de desigual condición. Había mujeres barriendo en cuclillas los espacios públicos, sirviéndose de un escobón de mango muy corto, o realizando labores de peonaje, portando capazos de argamasa o graba, en obras de construcción o de reparación de carreteras, o trabajando en telares, con el sari como traje de faena; al tiempo, parecía abrírseles un pequeño hueco en las filas del Ejército o la policía, oficinas y recepciones de los hoteles. En los váteres de los restaurantes, nunca faltaban personas de un sexo u otro ofreciendo a cambio de una propina papel higiénico o toallitas para secarse. 
Quehacer diario de las mujeres en las zonas rurales era sacar agua de los pozos con una larga soga atada a un recipiente de plástico cuyo contenido vertían en vasijas metálicas; finalizada la tarea, su estampada figura se perdía por los caminos, haciendo equilibrios con los cuencos apilados sobre la cabeza. 
Uno volvía distraídamente la mirada y descubría a su lado a una joven o a una niña con una criatura en brazos suplicando limosna. La mendicidad era habitual y se espesaba en las proximidades de templos, mezquitas y monumentos. Al entrar en cenotafios, jardines, ciudadelas, etc., iban sonando y luego enmudeciendo melodías arrancadas de bastos instrumentos de cuerda –una pequeña caja, con un mástil y un 3 arco de palo– o de pequeños armonios con un fuelle como las hojas de un libro, ejecutadas por músicos que esperaban ver premiada su fugaz intervención artística. 
Bajo los soportales, en espacios acotados de las aceras o en las salas de espera y andenes de las estaciones ferroviarias, muchas familias tenían lecho y hogar, y sus miembros permanecían tumbados o sentados en el suelo, cubiertos de harapos; junto a ellos, niños o mujeres del mismo clan extendían la mano pidiendo una dádiva. Con estacas y plásticos se montaban carpas que servían de albergue a otros grupos familiares. 

Saris y turbantes 
Los varones solían ir vestidos a la manera occidental –una camiseta y unos vaqueros más o menos gastados–, aunque muchos individuos llevaban turbantes y blusones largos (kurtas) sobre unos pantalones anchos y livianos (pajamas). El atuendo tradicional masculino prevalecía en los pueblos pequeños, sobre todo de Rajasthan, donde lo normal en los hombres era lucir un voluminoso turbante de color rojo. Un paño (dhoti) amarrado entre las piernas y las caderas que dejaba al descubierto gran parte del cuerpo tiznado de ceniza constituía el vestuario de los santones (sadhus). 
Salvo algunas mujeres, sobre todo jóvenes, que usaban prendas occidentales, la mayoría iba con un sari de color rojo, amarillo o verde envolviendo el cuerpo, ceñido con una saya y un corpiño. En sus orejas, narices, cuello, manos, brazos, tobillos y dedos de los pies resplandecían aderezos llenos de pedrería: collares, pulseras, anillos, pendientes, aros, ajorcas, etc. Una mancha redonda, casi siempre roja (bindi), y una raya pintada en vertical sobre la frente –si eran casadas– completaban su aliño. Entre el abigarrado cromatismo, descollaban los velos negros de los hiyabs, niqabs o chadores. En pueblos y ciudades menudeaban los grupos de escolares uniformados con camisas azul cielo y pantalones o faldas beis.

Aldeas 
El mal estado o la estrechez de las calzadas y los rebaños de animales causaban embotellamientos en las carreteras, y las caravanas de coches, camiones y motos eran sorteadas por los conductores con la pericia acostumbrada. Según fuera la naturaleza del terreno, aparecían y desaparecían tras los matorrales grupos de antílopes, jabalíes y monos o pastaban camellos, cabras, búfalos y cebúes. En una zona montañosa y boscosa próxima a Ranajpur, unos rótulos anunciaban la existencia de una reserva de leopardos. Poco antes, al culminar un puerto, un gran letrero invitaba a saborear las delicias de «Casa Manolo, Restaurant». 
A menudo, asomaba en el horizonte, avanzando sobre la calzada, un vehículo de aspecto monstruoso, que en la cercanía resultaba ser un camión con la carrocería decorada y el parabrisas convertido en dos ojos enormes. 
Fuera de las ciudades, en pequeñas presas y lagos parcialmente colonizados por nenúfares, los niños disfrutaban alborozados del baño, lanzándose al agua desde lo alto de un muro, entrando y saliendo sin tregua; varones y hembras se aseaban pudorosamente en las orillas; grupos de mujeres hacían la colada.
Cuando recorríamos una aldea, íbamos rodeados de un tropel de chiquillos que nos ofrecían gozosos su hospitalidad. En más de una ocasión, un espontáneo coro infantil, haciendo gala de cosmopolitismo, nos dio la bienvenida entonando Frère Jacques, frère Jacques, dormez-vous, dormez-vous, etc. 
Tomamos té en una granja invitados por una familia. Las mujeres llevaban aros de pasta blanca incrustados en los brazos, tantos como años de edad, y en diversas partes de su cuerpo refulgían los ornamentos. El mobiliario de la vivienda era muy austero pero había luz eléctrica, una bobona de gas, un viejo televisor de tubo conectado a una antena parabólica y un pequeño molino de piedra que hacían girar a mano. En el corral dos búfalos amarrados volvían la cabeza para seguir, curiosos, la 4 reunión, y en un rincón del patio se amontonaba una mezcla de tierra y posta, usada como argamasa para cubrir suelos o levantar paredes. Visitamos una escuela emplazada en lo alto de un caserío. Había un aula para los niños y otra para las niñas, y de sus deslucidas paredes colgaban mapas y carteles con dibujos geométricos o de animales, frutas, objetos, etc., ilustrados con una palabra en hindi a su lado; en las pizarras una serie de pequeños círculos, algunos encerrados dentro de otros mayores, parecía dar cuenta de una lección de matemáticas. Alumnas y alumnos se sentaban en el suelo, atendidos por un solo maestro. La llegada de extraños causó su nerviosismo y sus risas, y no hacían más que levantarse y asomar la cabeza por la puerta atraídos por la novedad, desobedeciendo las llamadas al orden de su preceptor. En un recinto aparte, unas mujeres preparaban comida; la alimentación contribuía a reducir el absentismo escolar. 

Vacas y otros vecinos 
En las ciudades, los cebúes campaban libremente a su aire. Deambulaban por aceras y calzadas, holgaban sobre el asfalto, metían la cabeza por la puerta de las casas, cerraban el paso a la entrada de los monumentos y buscaban pasto en los montones de basura. Ni el tráfico ni los peatones ni el ruido los inquietaban. Durante el reposo parecían sumidos en su propio nirvana. Aunque vecinos pacíficos, se abrían hueco a empujones. Mientras hacía una foto en una calleja de Jaisalmer, sentí un puñetazo en los riñones, y al girar la cabeza descubrí a un cebú apartándome con un cuerno. 
Los perros, menudos y de color canela, imitaban a los cebúes y, además de hocicar en los vertederos, dedicaban tiempo al descanso en rincones a la sombra o compartían siesta con las vacas, amigablemente integrados en el grupo. Aunque emponzoñados por el estigma de reencarnar a individuos poco virtuosos, el respeto de los indios por la vida animal les propiciaba una existencia tranquila. Pandillas de macacos se despiojaban sobre los muros o correteaban o permanecían agarrados, entre salto y salto, a los barrotes de los enrejados, pendientes de todo lo que se movía a su alrededor. Sobrevolaban bandadas de palomas, anidadas en los huecos y troneras de los fuertes, mientras en los techos abovedados de sus gigantescas puertas, aprovechando el frescor, se arracimaban los murciélagos. 
Una recua de elefantes porteaba a los turistas, acomodados en una plataforma anclada sobre sus lomos, hasta el fuerte de Amber en Agra. Junto a los arreos que los engalanaban, manchas de despigmentación clareaban su piel. Ese constante subir y bajar la misma cumbre, era la encarnación del mito de Sísifo. Debo confesarme reo de montar esa cabalgadura, aunque por el camino el animal no dejó de vengarse escupiendo de lado una lluvia racheada y pringosa que no nos dejaba indemnes a su guía y a mí. 
En toda la excursión solo vi un gato: fue en Agra. 

El tren 
Hicimos en tren dos viajes nocturnos (de Delhi a Jodhpur y de Benarés a Delhi) y otro diurno (de Agra a Hansi), que fueron toda una experiencia. Las estaciones, unos edificios enormes de traza inglesa, disponían de un holgado vestíbulo y numerosos andenes a los que se accedía mediante pasajes elevados sobre las vías. Una muchedumbre se esparcía por el hall y las zonas de embarque o hacía cola ante las taquillas, como si medio país estuviera en incesante peregrinación. Grupos de viajeros entraban y salían arrastrando maletas o descansaban sentados en el suelo esperando al momento de partir. Acampadas de indigentes ocupaban zonas del pavimento. 
Proliferaban los maleteros ofreciendo sus servicios con una pequeña carretilla, los vendedores de chucherías y los mendigos. Una voz femenina anunciaba en hindi por la megafonía la llegada de los convoyes. Algún individuo caminaba sobre los raíles recogiendo y cargando en un saco envases de bebida vacíos; otros bajaban a las vías para mear contra sus bordillos o atravesarlas a saltos y cambiar de andén. Mozos de 5 cuerda remolcaban carretas abarrotadas de fardos, montañas imposibles de bultos embalados con una tela blanca. 
Los trenes no eran puntuales. Con excepción de los destinados a literas, los vagones iban saturados de viajeros. En el primer tren que cogimos había a la entrada del coche un enrejado de fuelle tras el que se hallaba una litera. En el curso del viaje, la verja se plegó y el espacio fue ocupado por un círculo de hombres con turbante cenando en el suelo. Un joven pasaba vendiendo té o comida empaquetada. 
En el pasillo me crucé con un señor tan gordo que por más que encogía mi cuerpo contra la pared del vagón se hacía difícil salir del atasco. Luego descubrí que ambos compartíamos departamento junto a dos mujeres de similar contorno. Una de ellas me reprendió malhumorada por no cerrar bien la puerta, quizá molesta por mi intrusión en la intimidad familiar. Un par de herrumbrosos ventiladores colgados del techo despedían aire frío y entorpecían el sueño con su enfermiza respiración. Los servicios olían a desinfectante, estaban atravesados de cañerías oxidadas y, junto a la placa del váter turco, un pocillo metálico colgaba de una tubería amarrado por una cadena. 
Hice un segundo viaje de día sentado con comodidad, y un tercero en una litera de segunda clase, oculta tras una cortina en el lateral de un pasillo emparedado por hileras de catres, dispuestos de dos en dos, cuya estrechez no permitía cambios de postura. 
El trazado del ferrocarril a la salida de las ciudades hacía una disección que dejaba al descubierto las diversas capas del tejido urbano, crecientemente ocupado por arrabales miserables, donde se apiñaban tendejones, habitáculos o casas de una o dos pisos a medio terminar, con las terrazas cruzadas de tendales. A veces en el horizonte se alzaba el cuerpo extraño de unos bloques de edificios en construcción. Según nos aproximábamos a las poblaciones, algunos viajeros –muchos de ellos polizontes que habían subido en estaciones próximas– se apeaban del tren en marcha y tras sortear vallas y tapias se esfumaban por las callejuelas. 

Palacios y templos 
La llegada a la India a través de Delhi hizo patente a mis ojos la huella dejada por los siglos de presencia musulmana, primero bajo el dominio del Sultanato y después del Imperio mogol. Las obras arquitectónicas más espectaculares de la ciudad, el Qutb Minar –el de mayor antigüedad, con un alminar de setenta y dos metros de altura–, la tumba de Humayun, el Fuerte Rojo y la mezquita Jama Masjid, tienen ese origen y lo mismo cabe decir de Chadni Chowk, el abigarrado y populoso bazar que ocupa buena parte del Delhi Viejo. Ubicado más al sur, ofreciendo otra cara distinta aunque degradada, el Delhi Nuevo, con su ambicioso trazado de avenidas, plazas y jardines, mostraba el poso del Raj Británico. 
De oeste a este, en Jaisalmer, Jodhpur, Ranajpur, Udaipur, Jaipur, Agra, Khajuraho, etc., las construcciones suntuosas, musulmanas o hindúes, se sucedían, dando vida a la imagen fantástica de la India soñada o vislumbrada en la distancia: vastas fortalezas coronando un altozano, rodeadas de murallas concéntricas; palacios de rajás o maharajás, con laberínticos interiores abrigando patios, murales, celosías, salones, pasadizos, cristaleras, arcos lobulados y soles radiantes; mansiones y cenotafios de refinado diseño; escultóricos relieves con formas vegetales o figuras humanas en las cenefas y columnas de los templos; relojes solares, semiesferas con los signos del zodíaco, torres y construcciones de singular geometría para el trabajo de los astrólogos; mezquitas de arenisca roja y mármol, puertas aquilladas, cúpulas bulbosas y alminares de planta circular; así como jardines en los que la simetría ordenaba la distribución de parterres y macizos en torno a estanques, cuyos surtidores eran fauces de leones, trompas de elefantes o picos de aves. 
A la cabeza del rico patrimonio arquitectónico, brillando por su excepcional belleza, se halla el Taj Mahal, el mausoleo dedicado en el siglo XVII por el emperador Shah Hajan a su esposa, Muntal Mahal, prematuramente fallecida. Tras cruzar una gran puerta, se 6 extiende un jardín seccionado por una larga alberca, cuya superficie refleja la palidez fantasmal del edificio. 
Según iba saliendo el sol, el mármol de su gran cúpula, puertas, muros y torres registraba los cambios de luz. La blancura, armonía y un cierto aire de ingravidez producían la sensación de que el panteón flotaba como una nube. Las puertas y numerosos arcos superpuestos que sostienen el edificio están decorados con caligrafía y dibujos geométricos y los bajorrelieves del interior contienen motivos florales y vegetales incrustados de piedras preciosas. A su lado «Notre Dame de París es un bloque de materiales inmundos, buenos para echarlos al Sena» (Michaux, 1987: 38). 
En Khajuraho, dispersos en una pradera, varios templos lucían en los frisos y cenefas de sus muros una colección de relieves escultóricos que reviven con acusado naturalismo el recetario de enseñanzas amorosas contenido en el Kamasutra. Cuerpos masculinos y femeninos, agraciados por sugestivos atributos, escenifican un exhaustivo repertorio de posturas sexuales. Los templos de Khajuraho muestran una de las curiosas paradojas del hinduismo, que predica, de un lado, el ascetismo y la pureza y, de otro, la búsqueda del placer como uno de los fines necesarios para la realización personal. 

Religiosidad 
Si algo llamó mi atención fue el carácter idolátrico de la religiosidad hindú y el manifiesto comercio de favores entre la adoración a un ser sagrado y la obtención de una gracia; pero uno siempre tiende a ver la paja en el ojo ajeno. Su congestionado panteón de dioses –la cifra oscila entre treinta y trescientos millones– y una apreciable debilidad por las supersticiones se hacían notar no solo en los templos dedicados a innumerables divinidades –hecha excepción de Brahman, castigado por una infidelidad conyugal– sino también en las fachadas de las viviendas, pintadas con la imagen de Ganesah –un simpático dios con rostro de elefante– y una esvástica – símbolo solar que representa los cuatro puntos cardinales–, portadores de progreso y buena suerte; suspendido sobre puestos callejeros o a la puerta de las casas solía colgar un pequeño haz de guindillas para ahuyentar maleficios; pegadas al salpicadero de los tuc tuc, estampas de Vishnu, Shiva o Krishna brindaban protección a sus conductores; muchos bebés llevaban los párpados embadurnados con gena para conjurar el mal de ojo. 
Los templos no eran de gran tamaño y sus cúpulas entre piramidales y troncocónicas se sostenían sobre arcos adintelados y un bosque de columnas labradas, que en algún caso, como en el santuario jainista de Adinath, llegaba a la cifra de mil cuatrocientas cuarenta pilares, todos distintos. En el centro se situaba el sanctasanctórum presidido por el dios o la diosa objeto de veneración; sentado a un lado en la posición del loto, con el tórax semidesnudo, un brahmán recogía las ofrendas de los fieles, mientras de las paredes laterales colgaban pequeños altares con otras imágenes devocionales. 
No se podía entrar calzado. Los creyentes desfilaban con las palmas de las manos piadosamente unidas, se mojaban –si lo había– con un agua sagrada, deslizaban los dedos sobre imágenes y relicarios o permanecían quietos meditando. 
En lagunas y ríos sagrados, personas de todas las edades hacían inmersiones purificadoras. El río Ganges a su paso por Benarés quizá sea el mas importante lugar de peregrinación de la India; sus aguas garantizan la definitiva liberación del círculo infernal de las reencarnaciones. En su ribera se alzan monasterios y palacios habitados por maharajás que sienten cercano el momento de la defunción. 
Numerosos ghats dan acceso escalonado al río para que los devotos anhelantes de higiene espiritual pongan sus cuerpos a remojo o para que la caudalosa corriente reciba las cenizas de los fallecidos. En sus orillas y callejas próximas se apilaban los troncos de sándalo que alimentan el fuego de las cremaciones, una tarea 7 encomendada tradicionalmente a los intocables. Un cebú muerto flotaba al costado de unas barcas. Como el mal que siempre acecha, las piras funerarias ardían sin tregua. 
Ese fervor de aire fetichista se inscribe en la tradición de un conjunto de creencias, designado por los británicos como hinduismo, que remonta sus inicios a la literatura védica, anterior en muchos siglos al cristianismo. El karma, ese vínculo fatal entre causas y efectos de cuyo devenir los individuos son sujetos activos y pasivos, la interminable sucesión de vida, muerte y vida, mediante la reencarnación (samsara), y la liberación (moksa), en la que, rotos los amarres del karma, el yo (atman) descubre su unión con Brahman –a un tiempo, dios y el universo–, son postulados que desde los Upanishads perviven en el hinduismo actual (Mosterin, 2007: 54 a 58). 
En sus orígenes, la liberación se obtenía mediante sacrificios rituales y, más tarde, a través del conocimiento logrado por el ascetismo, pero, a partir del siglo XII, se fue imponiendo la bhakti, una vía devocional caracterizada por el culto amoroso a un dios personal, réplica de Vishnu –a su vez, encarnación de Brahman– y sus avatares Krishna y Rama, de Shiva o de la gran diosa Devi. 
El encanto del hinduismo es su capacidad para serlo todo en materia religiosa. En su interior conviven el monoteísmo, el politeísmo y hasta el panteísmo, y del tronco común de sus creencias surgieron corrientes ateas como el jainismo y el budismo. La tolerancia y el relativismo en terreno tan fértil para las ideas dogmáticas, la no violencia y el respeto por la vida animal y vegetal, le confieren una estimable singularidad. «Como una inmensa boa metafísica, la religión hindú digiere lenta e implacablemente culturas, dioses, lenguas y creencias extrañas» (Paz, 1985: 61). 
El budismo desapareció de la India y el jainismo, el sijismo y el cristianismo apenas tienen peso demográfico. La otra gran religión, minoritaria pero con muchos millones de seguidores, es el islam en la versión sunnita. El vigor de ese credo se observa en la calle: se hace notar en chilabas, caftanes, mantos, pañuelos y casquetes de oración, en los barrios donde los creyentes se agrupan para residir, en las pequeñas mezquitas diseminadas por un sitio y otro, en mausoleos donde se veneran los restos de algún santo sufí o en la frecuencia con que se oye el canto del muecín llamando a la oración. 
En una ocasión, pregunté a Khan, el conductor del vehículo en el que hicimos parte del viaje, un tipo simpático y atento, que tapaba su calvicie con una desleal peluca, si era muslin. Contestó que sí y añadió: ¿Hay problemas? Me apresuré a decirle que no. Aunque los arcos de seguridad proliferaban en las entradas de templos, mezquitas, monumentos y hoteles, en la calle la convivencia parecía normal y los fieles de una y otra religión se codeaban entre sí. Pero la independencia de la India fue acompañada, junto a la fragmentación del país, de un baño de sangre entre hindúes y musulmanes y no hace mucho que, en su afán homogenizador, la derecha nacionalista india provocó, en palabras de Marta C. Nussbaum, «un genocidio en Ayurat» (Nussbaum, 2009: 41), con los mahometanos como víctimas. La propia respuesta de Khan daba pie a las dudas. 
«¿Son dos civilizaciones frente a frente en un territorio o son dos religiones en el seno de una civilización? Es imposible responder a esta pregunta» (Paz, 1995: 43). El abismo entre la diversidad de creencias propia del hinduismo y un monoteísmo que se afirma en la posesión de la verdad, su verdad, la única verdad, y, al tiempo, las tentaciones sectarias del nacionalismo hindú, a quien estorban los seguidores de otras religiones, pueden ser –ya lo fueron– germen de enfrentamientos. 
La libertad de prensa y la solidez de las instituciones democráticas indias constituyen, sin embargo, para la filósofa estadounidense una garantía para la solución de conflictos (Nussbaum, 2009: 376). Desde la esquinada perspectiva ofrecida por la pata del elefante, un poco a ciegas, así lo parece.  

Miguel Rodríguez Muñoz, en Página Abierta

domingo, 19 de marzo de 2017

COHERENCIA

La noticia más importante de nuestra historia reciente se produjo la tarde del 20 de octubre de 2011, cuando ETA anunció que terminaba su actividad terrorista. Cómo se llegó a ese momento es algo que sigue sujeto a debate. Para algunos fue el resultado de la fortaleza y persistencia del estado de derecho, que acabó mostrando a la banda la inutilidad de sus crímenes. Para otros, el resultado de un cambio en los pesos dentro del autodenominado Movimiento de Liberación Nacional Vasco, en el que se impusieron las tesis más políticas. Probablemente lo que condujo al fin del terrorismo fue una mezcla de ambas cosas, pero potenciadas por un cambio continuo y silencioso en la realidad social que hacía cada vez más anacrónica la existencia de la última organización terrorista de Europa. Llegado ese punto, muchos que hemos ejercido cargos políticos y nos ha tocado condenar atentados y argumentar contra de ETA podríamos rememorar cosas que entonces se dijeron. La idea de mayor fuerza para repudiar aquellos crímenes era la de que contravenían lo más esencial de los derechos humanos, el derecho a la propia vida y a la libertad individual, algo que constituía una asunción universal, no nada emanado de la legislación española o francesa. Además, hablamos mucho en referencia a HB y sus sucesores, apelando a que en democracia cabe defender cualquier pretensión legítima fuera de la égida de una banda armada. Se dijo también que la política penitenciaria era la consecuencia de la misma existencia de ETA, porque las medidas de dispersión se establecieron en el momento en el que se comprobó que el llamado “frente de macos” era parte esencial del entramado etarra. E incluso, en una dimensión más estrictamente política, se aseveraba que también el nacionalismo moderado sacaba rendimientos de lo que hacían los pistoleros, rememorando aquello del árbol y las nueces, la metáfora atribuida al propio Arzallus.
No quiero valorar ni poner adjetivos al anuncio del desarme final de la banda. No hace falta, cualquiera puede percibir de qué se trata y el valor histórico que tiene. Pero sí hay que recordar esos años en los que lo que se le decía a ETA era que cesara su actividad con la fuerza de todas aquellas razones, de las que están plagadas actas y periódicos de la época. Porque hoy, asentado el indudable final del terrorismo, pareciera que algunas cosas no se decían con la suficiente convicción y coherencia. ETA ha terminado. Algunos aún reclaman que anuncie solemne su disolución -Rajoy anteayer en un acto de su partido-, pero lo que resulta obvio para cualquiera es que esa autolisis ya se está produciendo, progresivamente, indefectiblemente, irreversiblemente. No hay más ETA, no se reclutan más pistoleros, no se mantienen sus estructuras. Ergo se está disolviendo. ¿Qué nueva fortaleza hay que exhibir hoy, aparentando exigir algo que ya se constata cabalmente?
Se dice que lo que comenzó tras aquel 20 de octubre es la pugna por el relato. La versión que quedará de aquellos años de plomo, y si se impondrá la idea de la derrota o la de que en el fondo hubo una justificación para todos los asesinatos. Es justo en este escenario en el que quienes hemos creído en aquellas cosas que decíamos para condenar los atentados debemos mostrar mayor coherencia. La dispersión de los presos ha dejado de tener sentido, porque ya no forma parte de ninguna estrategia de debilitamiento de una banda que ya no existe. El repudio y la exclusión política que algunos pretenden todavía mantener sobre EH-Bildu por el único motivo de ser continuidad filogenética de la batasunada es absurdo, contradictorio con lo que se dijo de que en ausencia de violencia caben todas las propuestas políticas. Y seguir tiznando a todo el nacionalismo vasco de presunto beneficiario del terror contradice la realidad, sobre todo cuando en los últimos años ha demostrado una ejecutoria política y de gobierno basada más en el pragmatismo y la moderación que en aquello que algunos denominaban la melancolía independentista. Creo que muchos podemos reclamar que se mantenga la fortaleza argumental con la que años atrás nos oponíamos a ETA, la fortaleza que empieza por la coherencia. No reconocer lo mucho que ha cambiado y las consecuencias que esto tiene que tener, esa sí, sería una derrota.

Santiago Cervera, en Diario de Noticias

LAICISMO Y PLURALIDAD INSTITUCIONAL

La visita de la imagen del ángel de Aralar a Iruñea ha originado una vez más un debate. Esta vez no se ha resuelto con la flexibilidad que exigiría la pluralidad de una sociedad moderna, como la navarra. Se siguen confundiendo cuestiones tan diferentes como laicismo, que es una estructura social básica de la democracia, con ateísmo o agnosticismo, que son actitudes personales.
En una sociedad democrática, los ateos, igual que los cristianos, o los judíos o los musulmanes tienen que aceptar y acatar el laicismo como pluralidad democrática en la que se respeten las posturas, creencias e ideas más diferentes. La libertad religiosa no significa más que la defensa del laicismo de las estructuras sociales y su virtualidad es manifiesta en los países en los que hay mayorías de creyentes musulmanes, judíos, hindúes o de cualquier otra creencia.
La cuestión es que el laicismo acoge a todas las actitudes y creencias sin excluir, prohibir o condenar ninguna, salvo las propias actitudes excluyentes. El atentado contra la democracia es oficializar o convertir en obligatoria una creencia o una postura personal incluido el ateísmo. Las instituciones, igual que la enseñanza oficial o las celebraciones públicas, tienen que ser por imperativo democrático, laicas en el sentido de integradoras de todas las creencias y actitudes, lo cual es mucho más que tolerantes.
La laicidad tiene que respetar actividades de formación, información o los ritos, celebraciones y expresiones culturales y sociales de cualquier creencia o sensibilidad, siempre que no se proclamen como oficiales y obligatorias, ni condicionen o influyan decisoriamente en el funcionamiento social o institucional.
La visita de la imagen del ángel de Aralar al Parlamento de Navarra no constituye un acto parlamentario propiamente dicho. No tiene ningún contenido ni relación con los quehaceres legalmente encomendados a dicha institución parlamentaria. Ninguna parlamentaria o parlamentario tiene la más mínima obligación de acudir a tal evento ni ello tiene ninguna incidencia en su actividad parlamentaria.
En el Parlamento de Navarra se realizan infinidad de actividades culturales y sociales (y más que se deberían realizar), que muchas veces tienen carácter de formación, información o pura celebración social sin que la asistencia a dichos actos sea preceptiva ni recomendada y que en muchas ocasiones son además actos celebrados a puerta abierta.
El laicismo es un imperativo básico de la democracia tanto para las personas que se sientan ateas o agnósticas como para los creyentes, sean cristianos, musulmanes o de cualquier otro credo. El cristianismo, y sobre todo el catolicismo que almacena siglos y siglos de historia de oficialismo religioso y del que copiaron luego religiones que habían sido tolerantes con otros credos, cumplió por fin con la proclamación de la libertad religiosa en el Concilio Vaticano II.
La guerra ideológica con los fundamentalismos, que es la única guerra que puede y merece ser ganada, se libra en la defensa del laicismo, junto con la defensa de los derechos humanos y de la libertad e igualdad democrática.
La historia de Vasconia, incluso antes de llamarse Navarra, contiene el ejemplo emblemático de la tolerancia de los Banu-qasi con los judíos, que hizo posible la existencia de ejemplos clásicos de la literatura judía en la Tudela del siglo XI y XII como Ben-Yehuda y Benjamín de Tudela. Además, el último rey de la Navarra independiente, Enrique III, es el autor de la que se considera primera proclama de la libertad religiosa en el siglo XVII, base de las futuras reivindicaciones democráticas y que probablemente le costó la vida. Me refiero al edicto de Nantes, aunque Enrique III es mucho más conocido por la frase de “París bien vale una misa”, que la tradición dice que pronunció en el edificio que aún se conoce como “Le Parlament de Navarre” y que está en la ciudad de Pau de Bearne.
El laicismo, en suma, es condición ideológica integradora y su efecto no es el excluir ni el prohibir sino el compatibilizar en la libertad. Tampoco son afortunadas la decisión ni los argumentos del actual capellán de Aralar y menos sus veladas alusiones a hechos históricos como la desamortización de las propiedades de la vieja basílica, pues aun siendo ciertos también son verdaderos otros hechos precedentes como el de que la basílica de Aralar se sobrepone a vestigios precristianos o que el primer documento escrito que menciona la lingua navarrorum en 1176 es una concesión de las propiedades de Aralar por parte del rey Sancho VI a su súbdito el conde Vela, tenente de la ciudad navarra de Vitoria-Gasteiz.
Habrá que poner sobre la mesa algún día el carácter laico de la Javierada o las significaciones del personaje de Javier que trascienden a su imagen religiosa.

Patxi Zabaleta, en Diario de Noticias

sábado, 18 de marzo de 2017

ECUADOR, LA BATALLA DECISIVA

“Caminante, no hay camino: se hace camino al andar...”. Los versos de Antonio Machado, convertidos en letra de canción por Joan Manuel Serrat, resuenan en el anochecer quiteño, en el populoso y modesto barrio de la Michelena, al sur de la capital de Ecuador, donde miles de ciudadanos han venido a escuchar el discurso de cierre de campaña de Lenín Moreno, el candidato del partido gobernante Alianza País. Va cayendo la noche, hace frío y humedad, y también, para los que venimos de afuera (Quito está situada a unos 2.500 metros de altitud) pega fuerte el mal de altura.
Muchas personas aprovechan el reparto masivo de material de propaganda –camisetas, bufandas, chaquetones, gorras–, de luminoso color verde tilo, para arroparse mejor. La tarima principal, perpendicularmente prolongada –como en algunos conciertos de rock– por una suerte de pasarela que penetra profundamente en medio de la muchedumbre, está montada en la boca de una larga y ancha avenida bien iluminada y que ha ido, poco a poco, llenándose de gente variopinta.
Hay pantallas gigantes, altavoces ultrapotentes y una orquesta y sus cantantes que intentan calentar el ambiente con clásicos revolucionarios (“El pueblo unido jamás será vencido”, “Hasta siempre, Comandante”, “Bella Ciao”, “No nos moverán”, “Cómo será la patria”, etc.). El público, andino, escucha con calma, agita lentamente banderas verdes y rojinegras, muy poco expresivo, excepto unas niñas en un balcón cercano que gritan “¡Le-nín pre-si-den-te!”, y no cesarán de gritarlo, entre risas y carcajadas, durante las dos horas del acto...
Interviene primero Gabriela Rivadeneira, la joven presidenta de la Asamblea Nacional, oradora fuera de serie, que consigue sacar a la audiencia militante de su silenciosa pasividad. Ni siquiera hace alusión al atentado del que ha sido víctima ese mismo día cuando consiguió evitar que un paquete bomba, enviado a su nombre, le estallara en las manos... Habla después José “Pepe” Serrano, abogado, ministro del Interior, muy cercano a Lenín Moreno, y que, según toda probabilidad, será el próximo presidente de la Asamblea, también con gran energía y entusiasmo.
A escasos días del escrutinio, los dos oradores insisten en el neto contraste entre las propuestas “regresivas”, “involucionistas” de los principales candidatos de la oposición –el ultraliberal ex banquero opus dei Guillermo Lasso, de CREO; y la conservadora Cynthia Viteri, del Partido Social Cristiano (PSC)– y los avances indiscutibles de la “década ganada”, o sea, los diez años de gobierno del presidente Rafael Correa, quien no se presenta y aspira, por razones personales y familiares, a un “descanso sabático” que desea pasar en Bélgica, país de nacimiento de su esposa y donde hizo una parte de sus estudios.
En aquel momento, la mayoría de los sondeos y de las encuestas preveían para el candidato de Alianza País, Lenín Moreno, unos resultados que le obligarían a ir a una segunda vuelta (1). Por eso, todos cantan y repiten como un mantra el mismo eslogan: “¡Un-a so-la vuel-ta!”.
En medio de esos cantos y esos gritos, avanza entonces por la pasarela, en su silla de ruedas, Lenín Moreno. Víctima de una agresión armada en 1998, sufre una parálisis en las piernas porque una bala le alcanzó la médula espinal. Pero es un hombre muy positivo, ejemplo de voluntad y de resiliencia, y autor de una serie de libros de humor... Lenín encarna una corriente que apuesta por la necesidad de moderar el tono de la confrontación con la oposición, y favorecer un mejor entendimiento con diversos estamentos sociales que se han ido alejando de la Revolución Ciudadana, sin cambiar sustancialmente el marco económico (alianza del sector público con el sector privado) que se ha practicado hasta ahora. No es un orador revolucionario y mucho menos un demagogo. Apuesta por la inteligencia del auditorio. Habla con tono natural y narra su programa de gobierno casi como un conferenciante. La gente –unas diez mil personas...– escucha en silencio y con atención, hasta tal punto que uno se pregunta si estamos realmente en un mitin electoral de masas... No hay estremecimientos, ni entusiasmos, ni pasiones...
¡Qué contraste con el verbo encendido de Rafael Correa! Pero quizás es el efecto deseado por Lenín Moreno: rebajar el exceso de ideología del discurso de la izquierda ecuatoriana. Dirigirse, más allá de la base dura militante, a los ciudadanos en general y, en particular, a las clases medias que, al cabo de diez años de correísmo, dan señales de estar saturadas de eslóganes políticos y muestras de deseos de cambio... Todos recuerdan aquí la inesperada derrota en las alcaldías de las principales ciudades del país en las elecciones municipales de 2014 y, en particular, en la de Quito, en cuya campaña se implicó muy directamente, en favor del candidato de Alianza País, el propio Presidente Correa, que sufrió por consiguiente, en cierta medida, un fracaso personal.
O los polémicos proyectos de ley “de herencia y plusvalía” que, hábilmente manipulados por la oposición, desencadenaron, en 2015, violentas y masivas protestas en todo el territorio nacional contra el Gobierno. A tal punto que Rafael Correa se vio obligado a retirarlos temporalmente. Todo eso, sumado a algunas catástrofes climáticas y al terrible terremoto que, en abril de 2016, afectó a la costa norte del país, más los efectos devastadores de la crisis provocada, estos últimos tres años, por el derrumbe de los precios del petróleo y de otras exportaciones (Ecuador es uno de los mayores exportadores mundiales de camarón, plátano y flores), han frenado el crecimiento ecuatoriano y degradado bruscamente la atmósfera electoral.
Sin embargo, los logros de la Revolución Ciudadana y los éxitos de Rafael Correa como gobernante son espectaculares, en particular en materia de obras públicas de infraestructuras: carreteras, puentes, túneles, aeropuertos, etc. En este país de 14 millones de habitantes, disminuyó –en el curso de esta “década ganada”– en un 6% la pobreza y casi dos millones de ecuatorianos salieron de la miseria. La clase media pasó del 29% al 47% de la población. Un cuarto de millón de niños dejó de trabajar e integró el sistema educativo. Hay más de 1.200.000 nuevos estudiantes. Medio millón de personas mayores disfrutan de nuevas pensiones. El número de atenciones médicas pasó de 16 millones a 30 millones anuales. En materia de atención a los discapacitados, Ecuador posee un récord mundial: hace una década, sólo trabajaban 1.039 discapacitados; ahora laboran más de 80.000, con todos los derechos que les corresponden, y 70.000 de ellos estudian. Las pensiones por discapacidad cubrían sólo a 5.039 personas; hoy protegen a más de 126.000. El Gobierno entregó más de 300.000 viviendas de ayuda social. En materia de ecología, el índice de energías renovables que consume Ecuador alcanzó el 95% del total. Y una gran parte de su deuda exterior se recompró a un 30% de su valor...
Pero los electores no siempre son agradecidos. Sobre todo cuando campañas sucias de la oposición conservadora, conducidas a golpes de millones de dólares, con participación de todos los “gurúes” conservadores de la propaganda electoral mundial, siembran el desconcierto inundando las redes sociales de noticias falsas, “informaciones virtuales” y postverdades.
El caso es que los resultados de la primera vuelta, el pasado 19 de febrero, no respondieron a las expectativas de la dirigencia de Alianza País. Ese sufragio se saldó, sin embargo, con tres victorias contundentes: 1) Lenín Moreno ganó la consulta presidencial con el 39,33% de los votos, o sea, 11 puntos por delante del segundo, Guillermo Lasso, que obtuvo el 28,19%; 2) Alianza País consiguió mayoría absoluta en la Asamblea Nacional con 77 escaños de 137; 3) y en el referéndum para prohibir a los funcionarios públicos poseer bienes o capitales en paraísos fiscales, el “sí”, defendido por el oficialismo, ganó por un 55% frente a un 45%. Pero, en un inexplicable error de comunicación, a pesar de estos tres triunfos, Alianza País transmitió el sentimiento de haber fracasado y de tenerle pánico a la segunda vuelta.
Ha comenzado otra elección, que se celebrará el próximo 2 de abril. El mundo entero va a estar atento a lo que aquí está en juego, a saber: si el ciclo progresista se termina en América Latina o si se consolida, como las recientes victorias de Tabaré Vázquez en Uruguay y de Daniel Ortega en Nicaragua lo dejan esperar. Desde su encierro en la embajada ecuatoriana de Londres, nuestro amigo Julian Assange sigue los debates con expectación; el candidato derechista ha prometido que, si gana, lo expulsará de allí y lo entregará a las autoridades suecas... En su confrontación contra un ex banquero corrupto (2), Lenín Moreno puede y debe ganar.

Ignacio Ramonet, en Le Monde Diplomatique