sábado, 27 de diciembre de 2014

FRANCO, HIJO ADOPTIVO DE NAVARRA

Uno, que tiene urgencia por superar el crepúsculo político de otrora, siente vergüenza de que Franco siga ostentando el título de hijo adoptivo de Navarra. Inquieta sobremanera que la derecha lo mantenga, pues no deja de ser una exaltación pública de una época nefasta y una nostalgia errática y prolongada respecto de aquel hombre y sus malévolas perpetraciones. Me sumo, pues, a la exigencia de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra para que se anule tan insultante entusiasmo por el dictador. Nuestra democracia, que nació caliente, el Gobierno de Navarra la ha ido enfriando hasta ponerla en hibernación. Y así va incurriendo en las formas y fórmulas caudillistas, que parecen más acordes y adecuadas a su nostálgico sentimentalismo. Franco era un señor que inauguraba pantanos no por política hidráulica, sino porque creía que los pantanos atraían la lluvia. Y es que todo caudillismo es irracional y así hay que entenderlo y juzgarlo.

Según relata el psiquiatra Enrique González Duro, Franco tuvo una infancia marcada por la figura de un padre autoritario, mujeriego y juerguista y una madre obsesivamente religiosa y de fuerte carácter. Su juventud no fue fácil pues tuvo que enfrentarse a distintos complejos físicos que dejaron en él una huella indeleble. En su vida adulta fue víctima de frecuentes burlas y mofas, siendo su paso por la Academia Militar de Toledo bastante mediocre. En un intento de resarcirse de sus heridas narcisistas, desarrolló una personalidad tenaz, dura, fría y desmedidamente ambiciosa y megalómana. Su biografía, en fin, delata el perfil de una personalidad psicopática que no albergaba el menor sentimiento de empatía ni de culpa. El culto a sí mismo fue ridículo. Creía ser un elegido de Dios para salvar a España. Y durante cuarenta años mantuvo a Cristo a la intemperie, porque el que iba bajo palio era él. Su fama de militar despiadado creció rápidamente. En la Legión española, durante la guerra de África, se distinguió por su frialdad e indiferencia al dolor ajeno. Permitió a sus tropas cometer todo tipo de atrocidades con los prisioneros, como violaciones, ejecuciones y mutilaciones. Asimismo, descolló históricamente su brutal represión contra los mineros durante la huelga de Asturias de 1917, que acabó siendo una masacre. En julio de 1936, Franco, diezmado por la alopecia, su baja estatura y su voz atiplada, se puso al frente de la conspiración y sublevación militar o golpe de Estado que dio lugar a la Guerra Civil que, según estimaciones de diversos historiadores, el número de víctimas mortales se cifra en 540.000, a las que hay que añadir unas 50.000 ejecuciones durante la represión dictatorial. Además, 270.00 personas llenaron las cárceles en condiciones infrahumanas y 400.000 españoles tuvieron que exiliarse por temor a las crueles represalias. Es la suya, sin duda, una vida que se fue hundiendo y anegándose en una paz sangrienta, halago de cuartel y merienda solitaria en tertulia con sus muertos, mientras se acariciaba su bigotillo fascista, muy parecido al de su aliado Hitler. Y así, envuelto en la aureola de la mitología del alzamiento nacional, cautivo y desarmado el ejército rojo, arropado por su africana Guardia Mora, enardecido por el fragor de los claros clarines, con su yugo y sus flechas, el brillo negro de sus lujosos automóviles y el sol avalando con su luz los metales de sus mortíferas y sanguinarias armas, Franco ascendió al azul católico de una España rota, en la que montó su feudo imperial a la sombra del Cid Campeador. Hoy, tras matarlo de muerte natural en su propia cama, reposa en el valle de los Caídos. No pretendo liarme a contar más muertos, pero tan colosal mausoleo fue construido por muchos infortunados que dieron su vida para que el diminuto dictador descansara de tanta barbaridad.

El protervo de toda la laya fascista, haciendo mucho gasto de violencia y represión, se ofuscó en una patética persecución contra la intelectualidad española, hasta que un día no se volvió a ver a Miguel de Unamuno pasear por la carretera de Zamora, pues encarcelado en su propia casa, murió de un infarto. Franco, glacial e impávido, retemblando los cimientos de toda nuestra cultura, que se estremeció como livianas hojas ante un vendaval, nos dejó un país intelectualmente yermo. El generalísimo, hecho de un esparto militar que no cedía a nada, contra un fondo de enormes tapices heráldicos, con la pluma en la mano despachaba en tareas de rúbrica administrativa la muerte o reclusión de miles de periodistas, intelectuales, maestros, obreros, funcionarios, poetas, homosexuales, políticos, ateos, anarquistas, republicanos, estudiantes y nacionalistas. No dejó de firmar sentencias de muerte hasta su último año de su vida. Cinco fueron sus últimas víctimas fusiladas al alba, dejando al país en un enlutado silencio colectivo, largo, tenso y, a la vez, hostil, pues muchas fueron las protestas y condenas contra el Gobierno de España. Luis Eduardo Aute puso letra y música a semejante atrocidad, supongo que para que nadie la olvidara, pero en Navarra el dictador sigue siendo hijo adoptivo, supongo que gracias a la nostalgia de sus legítimos herederos. En fin, ya es hora de borrar del mercadillo de la Historia a este personaje con todo su ominoso atalaje militar y exaltación fascista.

Fabricio de Potestad Menéndez, presidente de la Comisión Ejecutiva Regional del PSN-PSOE