
Pocos en Tafalla recuerdan de qué se les acusaba. No tenían delitos de sangre, pero pertenecían “a la banda” y eso bastaba. Sufrieron primero condenas de más de siete años y cuando salieron y se reintegraron a sus familias, trabajos y ciuadadanías, les volvieron a pedir 14 años más, en esa lotería cruel que el Estado emplea sólo con algunos. Otra vez al exilio. Porque así es la Justicia española con los vascos: en aquella misma sazón, el general Galindo era condenado a 75 años por secuestro, tortura y muertes de Lasa y Zabala. Con él, Barrionuevo, Vera, Damborenea…23 asesinatos en total. Nada que ver con nuestros vecinos. Todos tuvieron enseguida el tercer grado y en poquísimo tiempo, meses algunos, estaban en la calle, indultados. Como pasó con Urralburu, con estragos económicos mucho mayores que los imputados a nuestros vecinos.
Han pasado 20 años y siguen presos en primer grado, o exiliados. Sus familias se han arruinado dando varias vueltas al mundo en viajes, por el delito de ser familiares. La sangre no es agua. Crueldad, venganza, ensañamiento, agravio comparativo y, sobre todo, tremenda desproporcionalidad entre pena y delito. Ahora, ni siquiera se puede poner sus fotos. La “justicia” hace muchos años que pasó a ser injusticia. Es hora de que vuelvan a casa. El día 21 iré a la manifestación.
Jose Mari Esparza Zabalegi, en La Voz de la Merindad
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