Y
después de todo lo que nos ha tocado vivir, reasulta que todo era mentira, todo
total y absolutamente falso. Una pura falacia, todo, salvo alguna cosa, que ya
sólo queda en pie una verdad: que todo es mentira. “Mentira la mentira, mentira la verdad”, tal y como proclamaba
aquella rola. O como 40 años antes había retratado el situacionismo: “En un mundo realmente invertido, la verdad
no es sino una fase de la mentira”. Don Mariano, ahí es nada, en algún punto del camino entre Manu Chao y Guy Debord...
Una gran mentira cumple ahora 10 años. Me refiero al atentado
perpetrado contra el diario en euskara Euskaldunon Egunkaria, bajo el argumento del todo es ETA, y en forma de cierre judicial. Mientras presenciaba
el registro de la delegación de Vitoria-Gasteiz en calidad de testigo, así como
en los días posteriores, no supe calibrar bien todo aquello, bastante teníamos
entonces con reconstruir la tierra quemada. Pero al poco tiempo intuí que había
sido una operación de castigo con vocación ejemplarizante. Un golpe del Estado
en el plano de lo simbólico contra el imaginario colectivo vasco. Lo advertí cuando supe que habían torturado a Martxelo (Otamendi,
director del periódico). Quien maltrata a alguien como él sabe
que es cuestión de tiempo que se enteren en medio mundo. La cosa es que se
trataba, precisamente, de que los detenidos lo relataran con todo lujo de
detalle al salir del secuestro, para que así decenas de miles de cerebros
procesaran e integrasen el ejercicio de autoridad suprema que de aquello se
desprendía. Y salió una muchedumbre a protestar, algo emocionante y necesario,
pero también fue la prueba del éxito del impacto buscado en la psicología de las
masas. El electro-shock había tocado la fibra. "Que tomen sus calles, si quieren -pensaron- el combate no es a superficie".
Había otra cosa a tomar en
cuenta. Fue un asalto contra la avanzadilla de la frágil caravana de la
construcción nacional vasca, la euskalgintza (pléyade de
organizaciones que trabajan a favor de la normalización del euskara). Y es que
-hoy lo vemos tan claro, entonces no tanto y en los 80 o 90 ni se olía-, la
soberanía se roba, no se concede graciosamente; se arranca, no se recibe; se
construye y no se aguarda. O te lo curras o no hay nada que hacer.
Unilateralidad o seguir en el barro. No esperar a que el enemigo ceda espacios,
no perder el tiempo esperando hasta que te de lo que jamás te dará porque no le
conviene. Una lectura que vale para la última fase de la historia política
vasca o catalana, pero también para comunidades en lucha en Latinoamérica o
para lo que haya de ser para esa amalgama que late en el llamado 15M, por
ejemplo. El Estado español sabía que Egunkaria encarnaba bien ese universo de
proyectos encauzados en Euskal Herria en el ámbito popular. Había que actuar
contra la soberanía-en-la-práctica: neutralizarla, cortocircuitarla y
acogotarla, enseñoreándose en el autoritarismo que emana del mazazo del quién
manda aquí.
Todo eso era muy relevante y por eso se hizo como se hizo. Se aprovechó el inigualable contexto mediado por los atentados del
11S. Era la gran ocasión para lanzar, además, un mensaje de
calado en los previos del amago soberanista del Plan Ibarretxe. Sí, señor
Aznar, ya sabíamos que se atreverían, eso sí, sólo si contaban con la coyuntura
de un viento a favor. Luego quedó todo en agua de borrajas, y hasta incluso les
vino bien que el juez dictaminara el absurdo en 2010, pues eso vuelve a
golpearnos en términos de impunidad y humillación. "Era todo mentira, todo no era ETA, ¿y qué? Hacemos lo que nos place,
hasta lo más absurdo, cuando y como nos place; y lo volveremos a hacer cuando
sea menester". Cuestión de soberanía.
La moral
Aterrizamos en el presente
para enlazar ideas y entender, porque enormes mentiras de ayer se entreveran
con las del presente para darnos una idea global de las cosas. El presidente español asiste hoy atribulado y más silbante que
nunca al espectáculo que han traído consigo organismos putrefactos.
Pero yo no olvido, con el cadáver de Egunkaria aún caliente, cómo declaraba que era “claramente inmoral” el dinero que
instituciones vascas destinaban a Egunero, diario
inmediatamente posterior al clausurado. Y no lo olvido porque los
papeles de Bárcenas dicen que Mariano Rajoy ingresaba 12.620 euros mientras
decía tal cosa; un 24 de febrero exactamente, cuatro después
del cierre. ¿Inmoralidad?
Esos mismos apuntes
contables que señalan que, poco después, mientras algunos hacíamos cola en el
INEM, Pedro Arriola, mano derecha del a la sazón presidente -José María Aznar-,
recibía una ayudita en B cifrada en… ¡120.000 euros! Hablando de indecencias;
según se cuenta, cobraba justo una semana
después de que su jefe pusiera en marcha junto a Bush y Blair la agresión
contra Iraq, una matanza, y un expolio.
Por lo demás, hoy, uno no
puede evitar la tentación. En 2003 el Estado
responsabilizó a toda una empresa de una eventual actuación delictiva de sus
directivos, una aberración que fue impulso recurrente en la
década prodigiosa de la llamada democracia española, por cierto, egomaníacos jueces que hoy aúllan sus penas incluidos.
Y digo yo: ¿qué tal aplicar esa misma doctrina hoy y poner fuera de circulación
a todo un partido por el hipotético delito de muchos de sus dirigentes? Y luego
a la Corona y luego al empresariado y...
La decadencia de la mentira
Despertemos del sueño. En
pantalla habla un presidente salivante. ¡Es… falso! Nos guiña un ojo pero no es
de complicidad. Él tiene la apariencia de no saber ni lo que le han dicho que
diga; con qué razón señaló Oscar Wilde en La decadencia de la mentira que “la mentira y la poesía son artes -artes que, como observó Platón,
no dejan de tener relaciones mutuas-, y
que requieren el más atento estudio, el fervor más desinteresado”. No es el
caso de este tipo. Pero, es igual, hace tiempo que entendimos el mensaje: efectivamente, todo era mentira, todo no era ETA; y la democracia
española no era tal, las dos Españas nunca se reconciliaron, la
modélica Transición fue una burda parodia, es incierto que la mayoría en
Catalunya desee continuar como hasta ahora y lo es también en el caso vasco, el
milagro español no era sino una burbuja ficticia, su sistema financiero un
queso gruyere, la feliz España de las autonomías una irrealidad, el
bipartidismo el paraguas de gestión de un negocio mafioso y el Pacto Social una
entelequia para tener la calle en paz. Se desmonta el decorado postfranquista.
Poco después del cierre de Egunkaria, así escribía el antropólogo vasco Joxe
Azurmendi en el libro de Lorea Agirre Gezurra ari du:
“Menturaz, denek elkarri gezurra esanez,
denek elkarri sinesten ikasi dute” (más o menos, esto: “Tal vez, mintiéndose los
unos a los otros es como han aprendido a creerse entre ellos”).
Y, sí, es algo así.
El caso vasco -junto a la
Transición- ha sido el gran laboratorio de la mentira. A muy pocos les pareció
importar en España. Sin embargo, así se iba cociendo a fuego
lento la pústula que hoy estalla y lo llena todo de pus.
Luis Karlos García, en
Diagonal
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