sábado, 17 de enero de 2015

MOMENTO CATALÁN

Breve retrato del momento político catalán. CDC, el principal partido de gobierno desde las primeras elecciones al Parlament de Catalunya en marzo de 1980, murió sin morir el 25 de julio del 2014, cuando Jordi Pujol confesó su fortuna en el extranjero en pleno derrumbe moral del sistema de partidos de la transición. Se confirmó entonces la imperiosa necesidad de nuevo sujeto político capaz de dar continuidad al eficaz hegemonismo de la fórmula CiU. Una fuerza con capitán, nuevos oficiales, fuerte ariete y flancos resistentes. Capitán: Artur Mas, hasta que diga basta. Nuevos oficiales: independientes con notoriedad pública. Ariete: determinación soberanista. Flancos fuertes: más acento social y absorción de las demandas de ‘nueva política’, especialmente populares entre los jóvenes.
Una ‘nueva’ fuerza política sin el viejo moderantismo autonomista, para superar la caída de los Pujol y el desgaste de la crisis. Una reagrupación de fuerzas. Aquello que los franceses llaman un “rassemblement”. En catalán, “reagrupament”. Llamémosle, por ahora, el Partit del President. Me explico. Partit del President, porque en esta primera fase, la refundación de CDC depende básicamente de la autoridad y de la capacidad de resistencia de Artur Mas, un hombre al que, según confesión propia, la política nunca le ha acabado de entusiasmar. Mas no vive en el interior de la pasión política. Es un hombre educado en la escuela francesa con mentalidad de directivo y con un fuerte sentido del deber respecto a los objetivos trazados. Si se compromete a una cosa, debe realizarla. Es resistente. No está educado para el fracaso.
La muerte en vida de CDC también significó, en julio, un fuerte estímulo para la idea un bloque alternativo de centroizquierda, durante años teorizado, con distintos acentos, por los hermanos Maragall, socialistas, y los profesores Enric Marín y Joan Manuel Tresserras, vinculados al independentismo republicano. Los dos gobiernos tripartitos del periodo 2004-2010 intentaron caminar en esa dirección, sobre todo el gobierno de Pasqual Maragall, pero les estalló el nuevo Estatut y la crisis económica en las manos. La semilla, sin embargo, fue sembrada. Una CiU de izquierda-centro. Un nuevo bloque hegemónico que ahora pivotaría alrededor de ERC, tras el eclipse del PSC. Esquerra y los maragallistas que han abandonado el PSC, emulando la alianza ERC-Unió Socialista de los años treinta. Sumar, sumar y dar el salto en las elecciones municipales de mayo, hasta desbordar a la oxidada CiU. Para ello era necesario que Artur Mar fracasase el pasado 9 de noviembre, en una legislatura de fortísimo desgaste.
Puesto que Catalunya tiene mucho de Little Italy –lo he escrito ya en más de una ocasión- , podríamos decir que ambos proyectos persiguen, a largo plazo y con divisa soberanista, la creación de un gran Partido Democrático catalán: una fuerza hegemónica de amplios confines. La versión propulsada por CDC tendría más centro. La de ERC, un poco más de izquierda. Dado que no hay pugna más refinada que la que se expresa en forma de colaboración, el proceso de decantación cuenta con dos cámaras arbitrales: la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium. Y un público muy movilizado: un bloque social de más dos millones de personas, sobre un censo electoral de cinco millones.
Cooperación, pugna e ilusión. Esa dialéctica explica los picos de euforia de los últimos tres años y el bucle depresivo de las últimas semanas, que parecía haber noqueado el denominado ‘proceso’. El suceso del 9 de noviembre, la consulta a medias, la consulta informal, tuvo una fuerte proyección en la opinión pública, pero marcó un límite. Acudieron a votar 2,4 millones de personas y 1,8 millones lo hicieron a favor de la independencia. Es un contingente social muy grande –y muy movilizado-, pero no la incontestable mayoría de Catalunya. El 9-N dibujó un límite y la sorprendente proyección de Podemos en las encuestas, a partir del mes de octubre, empezó a esbozar la posibilidad de un Parlament ingobernable, si las elecciones llamadas plebiscitarias eran inmediatas.
El reciente acuerdo Artur Mas- Oriol Junqueras adapta la espesa pugna entre ambos a las nuevas condiciones del terreno. Tácticamente, gana Mas. Obtiene ocho meses para gestar el Partit del President, el embrión de la necesaria refundación de CDC. Se asegura la aprobación del presupuesto del 2015. Bloquea la posibilidad de un frente de todas las izquierdas en las elecciones municipales, con la consiguiente ventaja para Convergència en la ciudad de Barcelona. Deja a la coalición ERC–maragallistas ante una difícil frontera con la impetuosa CUP, el Podemos catalán que nació antes que Podemos, aunque de una manera distinta: la CUP es más comunitaria, más pegada al terreno, más franciscana e ideológicamente más radical, netamente independentista. Evita –Artur Mas- ser el primero en abrir los colegios electorales en pleno auge demoscópico del Podemos de Pablo Iglesias, impulsado ahora por el rebufo griego. Evita, en definitiva, el riesgo de unas elecciones greco-catalanas. Y empieza a preparar, con argumento, las elecciones generales del mes de noviembre. Este último aspecto creo que es de gran importancia. Los catalanes acudirán a las urnas el 27 de septiembre tomando posición ante el nuevo Parlamento español, cuya composición se decidirá al cabo de dos meses.
Es denso el momento catalán, pero no den nada por muerto o acabado. El momento Catalunya forma parte del reajuste general de la política española.

Enric Juliana, en La Vanguardia