miércoles, 2 de julio de 2014

"NO COJÁIS ESOS TRENES......."

“No subáis a esos vagones, los soldados franceses son vuestros hermanos…!”, gritaba ahora hace cien años una heroica Roxa Luxemburgo. En las plazas, en las estaciones de tren alemanas se dejaba la garganta, se dejaba la vida. Pero subimos, subieron. En realidad hemos subido hasta ayer mismo a todos los vagones que nos llevaban a la guerra. Recién hacemos caso al llamado de la líder visionaria y de sus compañeros espartacos para evitar la conflagración fraticida.

El 28 de julio de 1914 estalla el conflicto mundial. El Imperio astrohúngaro declara la guerra a Serbia. A los pocos días, el 3 de agosto, el Imperio alemán hace lo mismo con Rusia. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo constituyó el detonante, pero en realidad el espíritu batallador y patrióticamente agresivo aún estaba muy arraigado en las conciencias de los europeos del momento. La valiente líder obrera de origen polaco ya veía venir el conflicto. En 1912, en un congreso de socialistas europeos que tuvo lugar en París, había propuesto, junto con el líder francés Jean Jaurès, que en el caso de que estallara la guerra, los partidos obreros europeos declararían la huelga general.

Era aún demasiado pronto para tamaño alarde pacifista. Esa altura de conciencia sólo se alcanzaría tras dos despiadadas guerras mundiales, tras una enorme cuota en forma de dolor colectivo. El sufrimiento todavía no había cosechado la suficiente conciencia para detener toda la maquinaria de guerra del momento, para neutralizar los enormes intereses en juego en medio de aquel complicado tablero. Era también grande la consabida tajada que ansiaban llevarse los poderosos del momento.

Rosa Luxemburgo a punto estuvo de quitarse la vida cuando constató que todos los representantes socialdemócratas en el Reichstag votaron a favor de financiar con los bonos de guerra la batalla recién estallada. El 15 de enero de 1919, y tras haber pasado dos años en prisión durante el conflicto, Rosa Luxemburgo fue capturada junto con el otro líder espartaquista, Liebknecht, por los Cuerpos Libres (Freikorps). Fueron asesinados ese mismo día. Las crónicas del momento hablan de que la dirigente socialista fue golpeada a culatazos hasta morir y su cuerpo arrojado a un río cercano.

Tras la fallida exhortación antimilitarista, vendrían los nueve millones de combatientes muertos, el hambre, la destrucción y las epidemias; gracias a Dios también los cuatro imperios menguados o desaparecidos. Ha tenido que pasar un siglo para saber que no deberemos volver a tomar esos trenes. Han corrido ya cien años, pero deberemos sujetar bien la memoria. El dolor multiplicado nos ha pisado hasta ayer los corazones, el dolor masificado ha sido el detonador de una siempre cara comprensión colectiva. A la vuelta de siglos de confrontación tocaba abrazar ya una conciencia planetaria. Sólo se nos encendió la bombilla a punto de terminar de matarnos en esa guerra grande y en la que vino después.

Los aniversarios son una oportunidad para afinar el oído y tratar de atender a lo que nos susurra la historia. No prescindiremos del recuerdo de tal cúmulo de sufrimiento y por ende de enseñanza. Sin esta última no podremos construir el otro futuro. Se cumplen cien años de aquellos barros, de aquellas trincheras en las que se desangró la juventud europea. De aquella orgía de mutua destrucción que sacudió el viejo continente, emerge una Europa armonizada. Volvamos sobre la historia para no tener que repetir el trance acontecido; para no vernos en la obligación de cargar de nuevo las bayonetas, salir de la infecta guarida y correr a matar al contrario, también hijo de una madre, también suprema creación de Dios. Contrario, enemigo… malditas palabras que permanecieron más tiempo de lo debido en nuestros vocabularios. Se graben en las retinas de los jóvenes aquellos escenarios de nunca jamás. Si sobreviene la amnesia, podemos atraer de nuevo a la catástrofe. Recordar aquellas trincheras para nunca más volverlas a cavar, para nunca más pelearnos contra el hermano, aunque hable otra lengua y vista otro uniforme. Recordar aquellos barros para nunca más hundirnos en ellos.

En el centenario de la primera Guerra Mundial, no sólo logaritmos y prospecciones de eventual mercado, también memoria en las aulas. Hoy más que nunca humanidades en las institutos y universidades para valorar el presente, para agradecer a quienes lo labraron en duros campos de tantas batallas. Bienvenidos los centenarios si nos sirven para concluir que nada es gratuito y menos el ahora privilegiado; para tomar conciencia de la deuda nada desdeñable.

Se alejan aquellas cornetas y todas sus heridas, aquellas patrias y toda su servidumbre, aquellas trincheras y todos sus infiernos. Nunca más la guerra, menos aún de aquellas que no tuvieron ni principios ni fronteras. Ceda aquella prehistoria del hombre contra el hombre. Que el dolor no haya sido en balde; que traiga su debida recompensa en forma de un continente de día en día más unido, en forma de perenne paz y sentimiento de profunda fraternidad

Koldo Aldai, en Grupo Noticias