martes, 26 de agosto de 2014

¿Y SI TODOS TRATÁRAMOS MAL A LOS MAYORES SIN SABERLO?

El maltrato físico es el más evidente y detectable, que se ha visto relacionado con los niños y las mujeres especialmente, y en los últimos años también con las personas mayores. Por otro lado, y relacionado con este último grupo, está el maltrato económico o el psicológico explícito. Sin embargo, hablamos de «mal trato» en lugar de «maltrato» cuando nos encontramos con pequeños detalles que se cuelan en nuestra vida diaria, llena de estereotipos. De todos ellos habló la psicóloga Gemma Perez Rojo en su ponencia «¿La sociedad es justa con los mayores?» dentro de los cursos de verano de la UPV en el palacio Miramar de Donostia.

La sala estaba prácticamente llena de mujeres, a excepción de un par de hombres interesados en la materia; el cuidado de las personas mayores en el ámbito profesional o personal sigue relacionándose principalmente con las mujeres. Ellas son las cuidadoras. También las mujeres son las más afectadas cuando hablamos del mal trato sutil a las personas mayores. «Cuando una mujer está casada toma las decisiones en pareja, pero si se queda viuda alguien más joven toma las decisiones por ella, a pesar de que haya sido independiente toda su vida», explicó Perez Rojo para poner un ejemplo un tipo de mal trato que habitualmente no suele considerarse como tal.

Al comienzo de la ponencia, para situar a los asistentes, les pidió que leyeran un caso: el paciente tiene una apariencia acorde a su edad, no habla ni hace esfuerzo por comunicarse, no puede controlar sus necesidades ni le importa estar limpio o sucio, tampoco le importa su aspecto. A veces refleja sus emociones balbuceando. Tiene que comer alimentos blandos porque no tiene dentadura y babea constantemente. Por la noche suele despertarse entre gritos y llantos sin ningún motivo aparente. Lleva así varios meses.

Cuando los asistentes terminaron de leer el texto la experta pidió que evaluaran la situación. Aunque algunos callaban pensativos, otros manifestaron que cuidar a esa persona es difícil, una tarea ardua y cansada. Todos cambiaron de opinión cuando la siguiente diapositiva mostró la imagen de un bebe.

El hecho de que la psicóloga comparara a los bebes con las personas mayores no quiere decir que crea que haya que tratarlos igual, al contrario, ella piensa que la infantilización también es un tipo de mal trato en algunos casos. Solo era un ejemplo para ver de qué manera cambia nuestra actitud, porque se da por hecho que a partir de los 20 años tenemos que ser capaces de valernos por nosotros mismos durante el resto de nuestra vida y puede que, por ciertos problemas, volvamos a necesitar ayuda, pero puede que no.

La ponencia tenía como objetivo romper con los estereotipos. «Si yo me imagino una persona mayor, es una mujer que viste de negro, tiene moño y está encogida. Pero mi abuela no es así, ni muchas otras. Las personas mayores han cambiado mucho en poco tiempo, pero la sociedad sigue imponiendo sus estereotipos, negativos: fragilidad, dependencia, asexualidad, pérdida de memoria e interés... ¿a que nadie se ha imaginado a los Rolling Stones? y también son mayores» subrayó, dando a entender que no siempre se cumple esa regla.

A su vez, puso como ejemplo de los estereotipos los anuncios en los que aparecen personas mayores: compresas para la perdida de orina, audífonos, pegamento para las dentaduras, cremas antiarrugas y tratamientos antiedad, «que por cierto -recordó-, no existen, porque no se puede frenar el envejecimiento». Así, se preguntó por qué nadie quiere hacerse mayor: «porque solo hay estereotipos negativos. Si yo ofrezco un billete de 200 euros, ¿lo queréis? -dijo la experta, y todos dijeron que sí- si lo arrugo, lo piso y le quito un pedazo, ¿lo seguís queriendo? ¿Por qué el dinero sigue teniendo el mismo valor y las personas no? Si existen cursos que explican a las personas mayores que siguen teniendo derechos algo estamos haciendo mal».

En cuanto a la infantilización ya mencionada, dijo que es una tendencia generalizada el utilizar el «habla patrón» que consiste en dulcificar el lenguaje para dirigirse a las personas mayores utilizando frases simples o palabras como «cariño» o utilizar la primera persona del plural -«¿estamos preparados para ducharnos?». «Las personas con deterioro cognitivo lo aceptan bien, porque lo primero que pierden es la capacidad de lenguaje pero lo último las emociones, y este lenguaje es muy emotivo. Sin embargo, para las personas que no tienen deterioro cognitivo es una falta de respeto y de profesionalidad. No les gusta que se les trate como niños, salvo que ellos lo pidan», afirmó.

En la misma línea, contó que en los centros de día o en las residencias que ha visitado las actividades no son siempre las correctas: «colorean dibujos de niños. Pintar ayuda a mejorar las cualidades psicomotrices, pero, ¿es que no hay otros dibujos?». Asimismo, se refirió a las actividades obligatorias para retratar la falta de independencia. «Cuando hay bingo todos tienen que ir al bingo, aunque no quieran. Realizar actividades es bueno, pero que sean las que ellos quieran». Según ella, en una residencia realizaron un estudio que, en su opinión, no es éticamente correcto pero dio buenos resultados. Realizaron dos grupos: al primero le dijeron que tras haber trabajado toda su vida, iban a estar en una residencia sin tener que hacer nada. Habría una planta muy bonita de la que no tendrían que preocuparse y que tendrían un menú adecuado cada día. Al segundo grupo le dijeron lo mismo, con la diferencia de que ellos tendrían que regar la planta y elegirían qué querían comer cada día. Al cabo de 18 meses se comprobó que los del segundo grupo tenían un nivel de bienestar mayor y que los primeros tenían un mayor índice de mortalidad. Resumiendo, privar a las personas mayores de su derecho de elección contribuye a su deterioro.

Lo mismo podríamos decir del «confinamiento» que muchas veces ocurre sin ninguna mala intención. «Si a una persona a la que le cuesta levantarse le decimos, por su bien, `tranquilo, no se levante, que quiere que yo lo cojo', terminará por no poder levantarse».

También ocurre que cuando una persona joven acude al médico acompañando a una mayor, el médico se dirige habitualmente a la joven dando por hecho que la persona mayor no es capaz de entender lo que se le está diciendo -en ocasiones incluso evitan que se enteren de qué patología padecen- o de tomar la decisión correcta. Eso también es mal trato.

Para terminar de romper estereotipos mencionó que se dice que las personas mayores son «poco productivas». «Pues si una persona de 65-75 años que hace las cosas de su casa, cuida a los nietos y realiza actividades es poco productiva, yo tampoco soy productiva». Achacó este tipo de creencias sobre los mayores de 65 años al «edadismo», un tipo de discriminación equiparable al racismo o machismo mucho menos visible y poco estudiado. Eso hace que incluso las propias personas mayores terminen por creerse los estereotipos y caigan en una espiral que les lleva a cumplirlos: «una persona que toda su vida ha querido tocar la guitarra pero no ha podido, ahora que tiene tiempo se pone a ello, y alguien le dice que las personas mayores no pueden aprender nada, si el primer día tiene una dificultad creerá que tienen razón, que ya no puede aprender, y tirará la toalla».

Los consejos que dio la experta no eran para hacer sentir incómodo a nadie, sino para que cada uno corrija sus actitudes si fuera necesario.

Nagore Belastegi, en GARA