jueves, 15 de mayo de 2014

FELIPE GONZÁLEZ DICE LA VERDAD

La campaña electoral se parece mucho a un bombardeo de consignas, declaraciones, descalificaciones, promesas, polémicas, rumores, demagogia y fuegos artificiales. Europa queda bajo los escombros del bombardeo. Falta por saber si aparecerá viva o muerta, si es ya cadáver o hay posibilidad de salvarla. No cabe duda: por muchos escombros, por muchas distracciones y manipulaciones que se acumulen, Europa está debajo.

Pongo un solo ejemplo, porque creo que es un acontecimiento histórico que ha sucedido en la última semana: Felipe González ha dicho una verdad. Desde que tengo uso de razón, y por edad me tocó la razón ante que la democracia, no había oído nunca a Felipe González decir una verdad. De hecho es un ejemplo acabado del cinismo político que configura la razón de Estado posmoderna.

A los ciudadanos concebidos como niños, se les puede tratar con mentiras piadosas. Aunque las formas exigen la representación electoral, el verdadero poder, el que conviene, el que sabe, el que lleva el timón, no puede dejarse en manos del pueblo. Está bien donde está: en las altas esferas. Por eso es necesaria la rutina del engaño.

Felipe González vivió momentos de gloria con el asunto de la OTAN. Fue una obra de arte utilizar en 1982 el no  a la OTAN para conseguir un Gobierno que tenía como una de sus tareas prioritarias el sí a la OTAN. La manipulación mediática que se volcó más tarde sobre el referéndum de 1986 fue un curso acelerado de degradación democrática. Pero si dejamos a un lado las actuaciones estelares, podremos valorar la importancia de la rutina: la mentira como equipaje imprescindible del Gobierno. Hizo escuela en la Moncloa y en esas seguimos.

Que Felipe González era partidario de una gran coalición entre PSOE y PP resultaba previsible. De hecho llevaba tiempo trabajando en este proyecto con el apoyo de algunos grandes nombres del periodismo y la banca española. Parece lógico, se trata de un capítulo más de la fascinación de Felipe González por el mundo del dinero y de su desprecio por cualquier izquierda que no acepte ser un brazo político del Banco de Santander. Quiere un PSOE que no mire a la izquierda, sino que se dedique a consolidar el sistema.

La gran coalición evidencia así que el PSOE, según Felipe, tiene más que ver con el PP que con IU. Las soluciones a la crisis deben venir de una reafirmación de votos con el mundo del dinero, el abrazo que caracterizó el glamour de sus gobiernos y que ha definido después su jubilación y sus viajes por el ancho mundo y por los consejos de administración.

Así que no es raro que Felipe González sea partidario de la gran coalición. Lo verdaderamente significativo es que lo diga, que no tape su trabajo hacia el sí con un no para andar por los mítines. En otros tiempos, Felipe hubiese hecho como Elena Valenciano, hubiese pedido el voto para detener las privatizaciones, ocultando con una sonrisa el historial del PSOE en el afán privatizador y en el desmantelamiento del Estado.

No sé si hace falta decir que el PSOE y el PP no son iguales. Y si bajamos a la militancia de base, las diferencias son claras. La lógica del bipartidismo no consiste en que sean los mismos perros con distinto collar, sino en que sean distintos perros con un mismo collar: el predominio del poder económico heredado del franquismo. Las mentiras de Felipe González y su responsabilidad de Estado han servido por tradición para encadenar el voto socialista a las élites financieras.

Si ahora dice la verdad, no es por un descuido. Si ha disparado a la línea de flotación de la campaña electoral de su partido, es porque le interesa que no tenga un buen resultado, que no se vea a sí mismo como alternativa de Gobierno, que la tan cacareada renovación no signifique un cambio de rumbo, sino una vuelta al espíritu de la Transición. El gran pacto entre el PSOE y el PP es la versión en el siglo XXI de la Transición, un gesto esperado por el rey y la banca.

La polémica desatada por Felipe González  forma parte de los escombros de esta semana. Pero un escombro bien leído nos lleva al cuerpo sepultado. ¿Es que esta Europa de la desigualdad no es la gran obra de un pacto entre conservadores y socialdemócratas? No hablo de coyunturas, sino de la creación de una dinámica política y financiera para liquidar la soberanía popular y los Estados en favor de la impunidad especulativa.

Así que el pacto PSOE-PP no supone alterar el debate europeo con asuntos de política nacional. Supone poner el dedo en la llaga, hablar de la política que nos ha hecho desde Europa más pobres y menos dueños de nuestro destino.

Luis García Montero, en Público