martes, 8 de diciembre de 2015

LA DIPUTACIÓN SIGUE SIENDO FRANQUISTA POR DENTRO

Hace tan solo unos días, técnicos de Patrimonio del Gobierno de Navarra se subieron a un camión de bomberos para estudiar la mejor manera de quitar la corona de laureles que envuelve el escudo que está tallado en la fachada principal de la Diputación, la que da al Monumento a los Fueros. Se trata de la Laureada de San Fernando, una «distinción» que el dictador Francisco Franco hizo a Nafarroa por su participación en el golpe de estado de 1936. Según el pomposo lenguaje fascista, «por sus gestas heroicas en el Movimiento Nacional».
La eliminacion de la corona de laureles, popularmente conocida como «la berza», fue una de las primeras medidadas que tomó el Consejo de Navarra (germen del actual Parlamento) al poco de aprobarse la Constitución española. Pero este símbolo jamás se borró en los salones de la Diputación, pese a haber pasado ya casi 40 años y que su presencia vulnera las leyes de Memoria Histórica aprobadas en el Parlamento que se encuenta justo al otro lado de la calle.
Durante todos estos años, la sede del poder político en Nafarroa ha mantenido su esencia franquista, al parecer, sin que a los sucesivos gobiernos les molestara demasiado.
La última gran remodelación interna del Palacio de Navarra data de la década años 50, cuando el nacionalcatolicismo estaba embebido en su propia soberbia. Y eso se hace notar. En los pasillos hay marmol y raíz de cerezo por todas partes y predominan decoraciones doradas y barrocas, muchas de ellas provenientes de iglesas. Y el elemento central de la decoración interna no es otro que la berza.
Las puertas de acceso a la primera planta son enormes, muy altas, con un enrrejado metálico de color negro cerrado con cristales. En el centro y de color dorado para que resalte, aparece el escudo con las cadenas bordeado por la corona de laurel. De hecho, la puerta de acceso principal que da a Sarasate también estaba presidida en su día por el emblema de San Fernando, aunque después se quitó por demasiado cantosa. Hoy, si alguien se fija, podrá apreciar que aún queda un lazo dorado bajo el escudo navarro. Esa cinta unía las dos ramas de laurel y hace juego con el resto de puertas que se han conservado intactas en el interior. Los otros dos portones de la calle, por contra, están rematadas por dos arranos, un símbolo de Nafarroa que hoy parece proscrito y que sin embargo es muy común en las estancias del palacio.
La estética marcada por esas puertas metálicas se traslada también a las ocho lámparas que iluminan los pasillos de la primera planta. Son pura fantasía nacionalcatólica. Cada luminaria está conformada por dos coronas de laurel cruzadas y unidas entre sí por las cadenas. Se trata de lámparas doradas, enormes, pesadas y muy feas.
En esa planta, además de los despachos de la mayoría de consejeros, se encuenrtan tres grandes salones: el Salón del Trono, el Salón de Presidentes y el Salón Isabelino. El primero se usa para las ceremonias oficiales, mientras que los otros dos se emplean de modo ordinario para reuniones de consejeros.
En ese Salón Isabelino es donde se encontraba una pieza más escandalosa que las fastuosas lámparas. Se trata de una alforma enorme que supera los quince metros de largo por más de dos de ancho. En ella se aprecian con enorme colorido dos escudos laureados. Hay también águilas en posición de ataque y en sus extremos aparecen los cuatro monumentos de Nafarroa que más valoraba el franquismo. En una punta se aprecian los castillos de Xabier y Erriberri y, en la otra, Leire y el otro gran foco espiritual de la navarra franquista: el Monumento a los Caídos, que en realdiad es el mausoleo del general Emilio Mola, líder del golpe.
Resulta significativo que la pelea por la memoria histórica en la capital navarra se haya centrado en Los Caídos cuando, en realidad, allá solo se reúnen cuatro nostálgicos. La pieza clave de la continuidad de aquel régimen dictatorial siempre fue la Diputación, pues en ella reside el poder político y a su sombra han medrado las familia que llegaron a copar práticamente todo el poder político hasta el día de hoy. De ahí que la decoración se conserve.
De hecho, la decisión de quitar la alfombra del Salón Isabelino surgió de la propia presidenta Uxue Barkos. Cuentan que al verla, tuvo un arrebato y ordenó que se retirara del salón de inmediato. Hoy se conserva enrollada en una de las estancias del archivo que la consejera de Presidencia, María José Beaumont, ha anunciado que reformará, pues el estado es ruinoso.
Tampoco el Salón del Trono se libra de inconografía franquista, aunque más estilizada. Esa sala es la estancia más conocida del Palacio de Navarra, puesto que en ella se celebran los actos más solemnes, como la jura de los consejeros, etc. Y justo en el centro del suelo de madera, hay un delicado trabajo de marquetería con laureles bordeando el escudo, aunque esta vez van acompañados de ramas de roble que lo hacen más ambiguo.
Precisamente, el salón se ha visto sujeto a una pequeña polémica ya que UPN ha denunciado que se han cambiado de ubicación las banderas y ahora no aparecen tanto en las fotos. No obstante, el verdadero protagonista de la estancia son los dos supuestos tronos reales. Pero ni siquiera esos sillones rematados con arranos están exentos de laureles. Si bien, se trata de unas ramas más discreta, sin cruz ni corona.
Una de las particularidades de este salón real –en una burla más a la separación entre Iglesia y Estado– es que tiene una puerta que da acceso directo a una capilla. Presiden el retablo los dos patrones de Nafarroa: San Franciso Javier y San Fermín. Ambos sin laureada, pero no le ocurre lo mismo a la réplica del angelico de Aralar, que la sufre tallada en su peana. Y en todos y cada uno de los bancos, escudos y más escudos laureados para remarcar que era el lugar de rezo de los lacayos Franco.

Aritz Intxusta, en GARA