lunes, 5 de octubre de 2015

LA VENGANZA DE LOS RICOS

¿Cambio o estafa fiscal? 
El año pasado todavía había grandes esperanzas en Bélgica. El gobierno se había dirigido únicamente al trabajador ordinario con la primera serie de medidas de ahorro: alargamiento de la jornada de trabajo, aumento del índice de precios y otras medidas que habían evitado cuidadosamente afectar a los poderosos. Pero, no nos alarmemos, el famoso cambio fiscal (tax shift )  iba a reequilibrarlo todo y por esta vez se iba a dirigir al capital.

Pero el resultado resultaría ser muy diferente. Como en ocasiones anteriores, el hombre de la calle es quien paga los gastos de la boda y la factura está bien hinchada. Se carga a las familias con casi 1.000 euros al año. Los pensionistas y los enfermos también se ven afectados. En el mejor de los casos, con el beneficio que se espera hacia 2018, los salarios más bajos, del 5 al 25% del total, verán aumentar sus ingresos unos 40 euros netos al mes. Mucho menos de lo que perderán debido a las demás medidas. ¿Y los ricos? Está la tasa a la especulación, la tasa Caimán al dinero negro en el extranjero y la lucha contra el pequeño fraude fiscal. En total supondría unos 800 millones de euros, según el gobierno. Una valoración muy optimista ya que las previsiones más admitidas calculan que estas medidas reportarán mucho menos, una minucia, a fin de cuentas.

En resumen, quien paga el pato es el trabajador ordinario, el parado, el pensionista y el enfermo. Se rascarán el bolsillo para cubrir un 83% de este «deslizamiento fiscal». El 17% restante vendrá de los ricos, si es que se llega a este porcentaje. A la inversa, el cambio fiscal sirve obedientemente a los intereses de esta clase superior. Con la disminución de las cargas patronales en la seguridad social los empresarios se embolsarán no menos de 2.000 millones de euros, que vendrán a sumarse a los muchos miles de millones acumulados durante las anteriores reformas fiscales. 

¿Cómo que no hay dinero? 
Es incomprensible y absolutamente escandaloso que hoy se ahorre a costa de los enfermos, los parados o los pensionistas. Bélgica es uno de los países más ricos del mundo. Los ingresos medios de un hogar con dos hijos son de casi 8.000 euros al mes. No hay el menor motivo de tocar el bienestar de la población. Nuestro país y los demás países de Europa son lo suficientemente ricos como para garantizar a cada habitante unos ingresos (alternativos) generosos.

Se suelta constantemente el leitmotiv de «no hay dinero» que probablemente es la mayor mentira de la historia de la posguerra. En todo el mundo las grandes empresas están sentadas sobre una montaña de 7.000.000 millones de dólares con los que no saben qué hacer. Es, por así decirlo, un excedente de capital. En el caso de Bélgica este «excedente» asciende a varias decenas de miles de millones de euros. Por consiguiente, no se trata en absoluto de una cuestión de falta de dinero. Por una parte tenemos un excedente de capital de los grandes empresarios, mientras que por otra tenemos una falta de dinero en el presupuesto del Estado. El colmo es que el propio Estado entrega sus fondos a estas empresas que no saben qué hacer con su capital y luego acuden a recuperarlos al trabajador medio y a las personas más débiles de nuestra sociedad. El Efecto Mateo (**) ha adquirido unas proporciones surrealistas.

Una sola cifra basta para aclarar la injusticia de todo este sistema del cambio fiscal en Bélgica, que asciende a un montante de 3.700 millones de euros. Comparémoslo con los 4.800 millones de euros que el año pasado se embolsaron los accionistas de la empresa InBev (una transnacional de la cerveza con sede en Bélgica). ¿Cómo que no hay dinero?

La venganza de los ricos 
Para comprender lo que nos ocurre hoy en día y lo que está en juego, tenemos que examinar el aspecto histórico. El reparto de las riquezas es la cuestión socioeconómica fundamental para toda la sociedad. En la época de Daens (un célebre sacerdote católico flamenco defensor de la causa obrera), hace algo más de cien años, el abismo entre ricos y pobres era indignante. El largo y encarnizado combate social llevado a cabo por el recién nacido movimiento obrero debía permitir entonces una mejora progresiva de la desigualdad extrema en el reparto de la riqueza. Esto llegó a su punto culminante tras la Segunda Guerra Mundial. Se había vencido al fascismo, la (extrema) derecha estaba fuertemente desacreditada y el movimiento obrero era más fuerte que nunca. El miedo al comunismo forzó a las elites de la época a hacer muchas concesiones. El político socialdemócrata y ministro belga Philippe Mouraux lo expresa claramente: «¿Por que asistimos en el periodo que sigue a la guerra a un progreso social tan importante? Porque el comunismo aterrorizaba a la burguesía». En esas condiciones nació y se desarrolló el Estado del bienestar.

Pero esto no agradaba a la clase dominante, que veía disminuir sensiblemente su riqueza (cfr. gráfico). Meditaba su revancha. Los ricos del planeta comprendían que de lo que había que apropiarse era del propio espíritu de la gente. Iban a invertir decenas de millones de dólares en el laboratorio de ideas más de derecha que tenía la tarea elaborar una ideología convincente como alternativa al Estado del bienestar.

Exactamente de la misma manera que los sabios más eminentes se habían reunido en la década de 1940 para desarrollar la bomba atómica, se había rogado a las cabezas pensantes más eminentes que pusieran a punto una especie de arma nuclear ideológica. 

Más adelante se denominaría neoliberalismo a esta ideología. Se trataba de una política socioeconómica caracterizada por una disminución del impuesto sobre el capital, el ahorro en gastos sociales, la disminución de los gastos del Estado, las privatizaciones y los intercambios comerciales libres.

Es esencial señalar aquí que, según los fundadores del neoliberalismo, la condición sine qua non para que funcione su modo de gobernanza era la neutralización del perro guardián del Estado del bienestar: los sindicatos. Así es como esta ideología socioeconómica se armó de un componente antidemocrático.

El empujoncito de la crisis 
Era una ideología poderosa, pero en los años posteriores a la guerra la relación de fuerzas era desfavorable a su arraigo. Esto iba a cambiar durante la crisis económica de 1973. El fuerte paro provocó un debilitamiento importante de los sindicatos. Las ideas neoliberales, que tras la Segunda Guerra Mundial habían sido marginales, fueron lanzadas con fuerza y esta vez con éxito ya que la caída del Muro de Berlín en 1989 dio aún más impulso a esta ofensiva. Las ideas altamente asociales del neoliberalismo iban arraigando muy lentamente y se iban haciendo un hueco en la opinión pública, mientras que el movimiento obrero se ponía cada vez más a la defensiva.

En este contexto es donde hay que situar el cambio fiscal y el desmembramiento del Estado del bienestar. Hay que verlo en el marco de una ofensiva lanzada en todos los países desarrollados. Se trata de un intento de las elites (bien camuflado, es cierto) por reconquistar su «reino perdido». Además, los populistas de derecha resultan ser cada vez más hábiles en este arte del camuflaje. Actúan de manera astuta basándose en las incertidumbres y angustias de la población, y desvían la atención hacia otras cuestiones: las amenazas terroristas (que se exageran), una crisis de la emigración (autoorganizada), etc. Su ofensiva antisocial, conforme en todo a las teorías neoliberales, va acompañada de ataques a los sindicatos y de poner fuera de juego al ámbito de lo social.

No se engañen, la bulimia del capitalismo está lejos de estar saciada. El gráfico anterior muestra que las elites solo han recuperado una parte de su reino. Dependerá de las relaciones de fuerzas (es decir, de usted y de mí), y de la medida en la que puedan debilitar aún más a los sindicatos, de ver si pueden o no hacerse con más riqueza y bienestar. Cuanto más débil sea nuestra respuesta a la ofensiva antisocial, más fuerte golpearán la próxima vez. La consigna es, más que nunca, “¡manos a la obra!”. 

Marc Vandepitte en Investig'Action (traducido por Rebelión)