martes, 20 de octubre de 2015

DE PALOMARES A LAS BARDENAS

El 17 de enero de 1966, los escasos y voluminosos aparatos de radio que había en Palomares, una pedanía del almeriense Cuevas del Almanzora, ronroneaban melancólicos El sonido del silencio, de Simon y Garfunkel. De repente un estruendo dejó boquiabiertos a los pescadores que esa mañana rondaban la desembocadura del río Almanzora. Acababan de colisionar un bombardero B-52 y un avión nodriza de la base de Morón de las Fuerzas Aéreas de EEUU. Allí despeñaron cuatro bombas de 1,5 megatones cada una y se detonaron los explosivos convencionales que llevaban aunque no se produjo una explosión nuclear en cadena. El último de los artefactos atómicos tardó 80 días en localizarse. Para entonces nueve kilos de combustible nuclear se diseminaron por la zona, en forma de óxidos de plutonio, uranio y americio fundamentalmente. La dictadura franquista, presionada por Washington, mantuvo en secreto cualquier información científica o médica. Y sus brazos ejecutores se encargaron eficazmente de reprimir cualquier protesta por el incidente. El propagandístico baño de Fraga en el litoral afectado intentó sin éxito tranquilizar a la aterrorizada población. Pero la radiactividad no perdona y una década después las mediciones constataban niveles miles de veces superiores a lo permitido. Casi 50 años después el secretario de Estado Kerry y Margallo han firmado una declaración de intenciones para la rehabilitación de Palomares y el traslado a EEUUde la tierra contaminada. Los expertos señalan que hay aún 50.000 metros cúbicos de tierra contaminada (unas 20 piscinas olímpicas). Pero con el mismo secretismo: ninguno de ellos ha aceptado informar sobre plazos o quién financiará el coste de la operación. Palomares pudo ser una infausta catástrofe, pero se quedó en un previsible desastre. Riesgo que también se corre medio siglo después también aquí, en el polígono de tiro de Bardenas, donde -a escasos kilómetros de núcleos poblados- aviones españoles y estadounidenses vomitan toneladas de fuego destructor. Y con el mismo secretismo, falta de transparencia y desprecio del Gobierno central hacia Navarra y sus gentes. Y no escarmentamos. 
Rafa Martín, en Diario de Noticias