lunes, 12 de octubre de 2015

EN ESPAÑA SE MUERE MAL

Hace 33 años y durante su último año de vida, mi padre, respondía a las  frases de saludo habitual con un irónico “aquí, no poder acabar”. La gente creía que era su socarronería habitual pero los que le estuvimos acompañando en su enfermedad sabíamos que lo decía en serio. Entonces, se moría extremadamente mal y aquellos enfermos que no conseguían encontrar la puerta de salida de la vida estaban abocados a una agonía terrible.  A  mi padre le sobraron cuatro meses de vida.
Hace 17 años un cáncer metastatizado devoró literalmente, a mi madre. Mujer recia, valiente, con profundas creencias, aceptó la enfermedad, la invalidez y la muerte. Los cuidados paliativos ya se estaban instaurando y se controló aceptablemente bien los síntomas penosos  y la pudimos atender en casa, en su cuarto, en su cama y fueron las manos de sus hijas, hijos y nietas las que le lavaron, le acariciaron y la sostuvieron en todos los momentos de su calvario.
A pesar de todo el cuidado y amor una pregunta afloraba de vez en cuando en sus labios: ¿no puedes hacer nada para que esto acabe? A mi madre le sobraron tres meses de vida.
Los que hemos tenido la suerte de tener dos madres también tenemos que pasar por dos duelos. Y aquí estoy, otra vez , acompañando a morir a mi otra madre. Cien años son muchos, cien años vividos con lucidez y serenidad dan un bagaje importante para enfrentarse a la muerte.  
Desde hace dos meses está en la cama y la vida le va abandonando con una cruel lentitud. Nada le apetece y ninguna de las propuestas que le hacemos le aporta, no ya algo de placer, ni tan siquiera algo de gusto, de agrado. La comida, la higiene, el simple hecho de estar le provocan un cansancio, una hartura inmesa.
Y no hay otra salida que la muerte.
“Que triste y largo es el proceso, si hay que morir... se muere y ya está... no se por qué tiene que ser esto tan lento”.  Hace mes y medio que dijo esto y, después, se han ido sucediendo otras frases más, todas igualmente lúcidas. “¿Que hago aquí? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuando voy a morir? “ “No quiero vivir así … no me apetece ni una pizca … vivir así”
Como poco, le han sobrado los dos últimos meses y lo que le queda.
Cuántos meses de vida que no es vida, de angustia, de sufrimiento podemos tolerar; cuántos meses acumulados más , de todos y cada una de esas personas moribundas a las que no les merece la pena vivir así y cuya única salida es la muerte, podemos ir sumando hasta que la realidad nos obligue mirar el problema de frente y buscar alternativas. Cuántos más.
Con frecuencia he hablado  y compartido experiencias con personas que han acompañado a familiares y amigos en las vísperas del morir y  una gran parte de ellas comparte la idea de que este es el momento, de que ya hay que empezar a hablar de cómo morimos, de cómo queremos morir, de cuándo queremos morir.
Desde la muerte de mi padre hasta ahora hemos hecho un largo recorrido y la sociedad está más que preparada para iniciar el debate que nos lleve a la reglamentación de este derecho.
El derecho a decidir en libertad cómo quiero que sean mis últimos días en la vida.
Y nuestros parlamentarios y parlamentarias deben llevarlo en sus programas y es hora de que este debate llegue al Parlamento.

Ana Ansa