domingo, 15 de febrero de 2015

¿Y AHORA QUÉ HACEMOS CON ESTE PABELLÓN DE 60 MILLONES?

Cada mañana personal del Gobierno de Navarra acude de forma rutinaria al pabellón Reyno de Navarra Arena de Pamplona como el que va a su vieja casa familiar ya deshabitada para comprobar que todo sigue en orden y que nada ha dejado de funcionar por la falta de uso. Encienden y apagan todas las luces, recorren los enormes pasillos y pasan un rato en alguna de sus salas. A la espera de deportistas, ellos y los vigilantes de seguridad son los únicos ocupantes de un imponente recinto multiusos que aguarda a oscuras desde hace casi dos años su inauguración. Después de 58 millones gastados, la Administración foral no sabe qué hacer con él.
El proyecto, víctima ahora de la crisis, se aprobó en 2008 como una respuesta a las primeras dificultades económicas. “El viejo y anhelado deseo”, como lo definió la actual presidenta navarra de UPN Yolanda Barcina, entonces alcaldesa de Pamplona, se incluyó en un potente plan de obra pública de 4.500 millones para la Comunidad, siguiendo el modelo nacional del Plan E de Zapatero. Ningún grupo político se opuso a él en el Parlamento (solo la formación nacionalista NaBai e IU se abstuvieron) y aquella fue la ocasión para desempolvar la idea de un gran pabellón, aunque corregido y aumentado.
Un año antes el Ejecutivo foral había anunciado un recinto para unas 6.500 personas dirigido, principalmente, al San Antonio, que se había colado en la elite europea del balonmano bajo el patrocinio de cementos Portland en los años locos de la construcción. Pero a la Administración esa nueva infraestructura no le pareció suficiente y pocos meses después dobló su apuesta con más aforo (hasta 12.000), una pista auxiliar con frontón incorporado y palcos vips, con la intención de acoger también espectáculos culturales. "En todos los pabellones que visitamos en España y en Europa para coger ideas nos recomendaron que no nos quedáramos cortos, que esto era para 50 años", explica Nacho Arbeloa, máximo responsable de infraestructuras deportivas de Navarra. En total, 60 millones de presupuesto, de los que se han gastado 54 en levantar el edificio más cuatro en urbanizar la zona.
Sin embargo, el San Antonio desapareció por el camino. Pinchó la burbuja inmobiliaria, se quedó sin sponsor y murió en 2013 ahogado por las deudas, con la obra casi terminada. Su declive transcurrió en paralelo a la construcción del Reyno de Navarra Arena. El resto de clubes de la ciudad, lejos de la elite, no atraen a sus encuentros a más de 2.000 personas de media y los eventos culturales, el otro eje, tampoco ofrecen de momento garantías suficientes para impulsar su apertura.
“Queda por ejecutar el 10%, aunque hay partes a las que hemos renunciado. Creo que con 1,5 millones más lo podríamos abrir”, detalla Arbeloa. Pero no se abre y no hay señales de que eso vaya a ocurrir a corto plazo, sobre todo con las elecciones autonómicas de primavera en el horizonte. En septiembre de 2009 se puso la primera piedra y en mayo de 2013, con dos años de retraso, la obra quedó acabada al 90%. Desde entonces el recinto aguarda cerrado y vallado el último empujón. La vigilancia y mantenimiento cuestan 250.000 euros anuales.
El plan de gestión, entregado en 2009, ha quedado "obsoleto" y "arrollado" por las circunstancias económicas, reconoce IDOM, la empresa que lo realizó. ¿Cuando pase la crisis volvería a ser viable? "No lo sé, habría que repetir el estudio. Hoy, por ejemplo, ya no existe el San Antonio, y las demandas y costumbres de la gente también han podido cambiar", responde Ángel Vázquez, responsable de todo el proyecto de asesoría.
“Es una patata caliente y hay que tener valentía para abrirlo. Desde el punto de vista de la cuenta de explotación, no creo que sea viable, y si vamos a los gastos de amortización, mucho menos, pero una infraestructura pública también genera empleos indirectos en la hostelería y en otros sectores”, apunta Roberto Jiménez, parlamentario del PSN, grupo que dio su voto favorable al edificio. “Si pudiéramos volver a 2008, nadie tomaría esa decisión, pensábamos que la crisis tendría un recorrido menor”.
Lo que sí parece claro es que el Ejecutivo ha descartado la gestión pública, que era la idea original, y explora ahora la opción público-privada. “Hemos hablado con empresas y les parece un recinto interesante, pero tendrían que ver las condiciones exactas del concurso que saquemos”, cuenta Nacho Arbeloa. Un concurso que de momento no tiene fecha. ¿Era esta la máxima prioridad en infraestructuras deportivas en Navarra para gastarse 60 millones? "Bueno... [sonríe] Nuestro mapa de instalaciones es muy completo, aunque empieza a tener carencias de mantenimiento", responde sin querer entrar en más detalles. EL PAÍS se ha puesto en contacto con el consejero de Políticas Sociales, Íñigo Alli, encargado de encontrar una salida para el pabellón, pero ha rechazado hacer declaraciones.
Situado junto al estadio de Osasuna, su fachada blanca compuesta por 933 cubos que se iluminan destaca sobre el resto en una zona con poca vida en las calles más allá de los domingos de fútbol. Dentro, una pista central para 10.000 personas y otra auxiliar para 3.000 más un avanzado sistema de gradas, hoy cubiertas con plásticos negros, que se extienden, se repliegan, se giran y hasta se esconden bajo el suelo dan la opción de celebrar casi cualquier deporte bajo techo.
Ahora, los principales clubes de la ciudad disputan sus partidos en el Anaitasuna, un vetusto pabellón con unos 3.500 asientos que encaja en sus necesidades reales. Su propietario, el balonmano Anaitasuna, de la liga Asobal, descarta en cualquier caso irse de casa. "Nuestros socios no lo entenderían. Además, siempre nos pareció excesivo el Navarra Arena. Ni en el mejor momento del San Antonio hubo una demanda tan grande de aforo", asegura Ángel Azcona, su gerente.
El Planasa de baloncesto y el Xota de fútbol sala sí dan por hecho su traslado cuando llegue el momento. “La mayoría de clubes recibimos subvención y entendemos que el Gobierno nos invitará a jugar allí”, opina Javier Sobrino, presidente del Planasa. El gerente del Xota, Carmelo Villamarín, se lamenta, sin embargo, de la "pérdida de ambiente" que sufrirán con la mudanza a una infraestructura que triplica a la actual.
En conciertos, la capacidad alcanza los 12.000 espectadores. "Es un edificio con buena acústica y bien preparado, pero deberá competir con Bilbao, San Sebastián o Zaragoza. A los promotores nos surgen posibilidades y luego todo depende de qué lugar nos ofrezca mejores condiciones y de las ayudas públicas", comenta Jokin Zamarbide, responsable de IN & OUT, la principal empresa organizadora de conciertos con base en Pamplona. La crisis, añade, ha dejado al sector en horas bajas y deja una crítica sobre el pabellón: "Antes hubiera cubierto la plaza de toros, donde cabe más gente y solo se usa en Sanfermín".
Un buen ejemplo de esta obra hecha a lo grande es su frontón, ubicado en uno de los fondos. Solo está previsto que se use un día al año, en alguna de las tres finales importantes de la pelota vasca (Manomanista, por parejas y Cuatro y Medio) aprovechando su capacidad para 3.000 personas. Las dos empresas organizadoras de partidos, Aspe y Asegarce, se muestran encantadas, pero aclaran que "en ningún caso sustituiría en los partidos de cada fin de semana al Labrit", una de las catedrales de este deporte y situado en el centro de Pamplona. Un frontón para una tarde y un pabellón, de momento, para nadie.

Lorenzo Calonge, en El País