miércoles, 2 de septiembre de 2015

LA SOLUCIÓN FINAL A LOS INCENDIOS FORESTALES E EL NW PENINSULAR

En primera página de los periódicos está el incendio de Cualedro (Ourense). A cualquiera de la zona que le preguntéis, os dirá “¿incendio en Cualedro? ¡Pues vaya noticia!”
Esto no lo cuentan los periódicos, así os lo explico yo. En Galicia, como todo el mundo sabe, se dan buena parte de los incendios foresstales de todo el Estado (el 53%, seguidas de las limítrofes León, Zamora y Asturias, juntas explican el 70% de ellos). Pero esta distribución no es homogénea, sino que hay concellos que registran sistemáticamente, año tras año, la mayor parte de los incendios.
Normalmente se arguye diciendo que Galicia arde por su enorme masa forestal, pero la cuestión es que precisamente en estos municipios ya no quedan a penas árboles que arder (los que sobreviven al paso de las llamas por estar en las márgenes de cursos de agua). Os invito a daros un paseo con el Google Maps por el Concello de Cualedro y verificar lo que asevero. Toda esa zona que abarca los concellos de Oímbra, Cualedro, Baltar, Calvos de Randín, y algunas freguesías del otro lado de la raia…es el infierno, la devastación absoluta. Tras décadas sufriendo incendio tras incendio, toda esa zona de la raia seca es, sin lugar a dudas, el lugar más horrendo que he encontrado jamás (y, como sabéis, me recorro con fruición Europa de punta a punta). Aunque pueda parecer increíble en Galicia, hay zonas en riesgo de desertificación, toda vez que la concatenación de incendios han despojado al suelo de su fracción orgánica, dejándolo reducido al esqueleto, las piedras. En concreto, Cualedro, lleva ardiendo este verano un día tras otro; como el anterior, y el otro… La única diferencia es que éste se ha salido de madre y ha quemado muchas hectáreas, y es por eso que sale en las noticias y por eso os enteráis, pero no del reguero de pequeños incendios que año tras año consumen el monte hasta las piedras. Lo que ocurre en esa zona es absurdo, aberrante, hasta para el nivel de tolerancia a los incendios forestales de un gallego.
¿Qué es lo que arde? ¿Viciosos bosques de robles milenarios con los que la imaginación mesetaria se figura que está cubierta Galicia? No, arden los toxos y las xestas, el monte bajo que ha salido tras el último incendio. La concatenación de incendios no permite que medre vegetación de mayor porte. Toda esa zona, Cualedro, Baltar…es un erial, vayas por donde vayas sólo ves retamas saliendo de los restos calcinados del último incendio.
¿Por qué arden los montes? El monte no arde, no existe la combustión espontánea, al monte lo queman. ¿Quién? Hace tiempo ya procuré dar respuesta a esa pregunta (pregunta que evita hacerse la clase política y su apéndice, la fiscalía, y eluden vergonzosamente los medios de comunicación). Pues los pastores, para conseguir pastos; los cazadores, para mejor abatir a sus presas; las madereras (muchas lusas) para conseguir madera barata; los mismos que luego los apagan, para asegurarse un puesto de trabajo en una zona donde es un bien terriblemente escaso…o simplemente, cualquier aldeano que usa el fuego para desbrozar.
Aquí debemos hacer un alto y poner en antecedentes la situación. El NW peninsular es la región que más se ha envejecido y empobrecido en las últimas décadas. Debido a la emigración masiva ante la pertinaz falta de oportunidades, las aldeas se han despoblado y hoy sólo están habitadas por viejos. Debido a problemas estructurales que ningún gobierno se ha propuesto acometer (el microfundismo, en primer lugar) el sector agrícola no es rentable y todos los campos que antaño estaban cultivados, se abandonaron. Hoy sólo queda una agricultura de subsistencia y algunos pequeños rebaños de ovejas (nada que ver con los enormes rebaños castellanos), principalmente para cobrar la subvención y acabar de cotizar para la jubilación.
Este proceso de abandono del campo no tendría que ser necesariamente malo, el éxodo rural fue común a toda Europa y la Naturaleza reconquistó terrenos que le habían sido arrebatados para la agricultura. La cuestión es que una fase intermedia es la aparición de monte bajo, que prepara los suelos para la entrada de las especies arbóreas autóctonas. Pero en Galicia, este patrón de reforestación natural se detuvo. Por una parte, se promocionó la plantación de especies forestales industriales como el pino (en el interior) y el eucalipto (en la costa), desplazando a las especies autóctonas e impidiendo su retorno (los monocultivos forestales son el mayor atentado contra la conservación de los ecosistemas terrestres, mucho peor aún que los incendios).
Por otra parte y cerrando el círculo de destrucción, está el recuerdo del rural de cómo era el paisaje antes de la gran emigración (la demografía gallega se despeñó a partir de los años 60): un horizonte despejado de huertas, pastos y campos de labranza, agricultura de baja productividad para alimentar a una gran densidad de población (Galicia ha sido históricamente el vivero de seres humanos para repoblar medio mundo, desde las Alpujarras a la Pampa).
Este recuerdo ha generado la idea de que “el monte está sucio” y “el monte nos come”, que es como describen el proceso de reforestación natural tras el abandono de tierras.
No puedo comprender, pero intento describir ese desasosiego que les entra a los paisanos cuando empiezan a ver crecer arbustos y, tras ellos, robles, encinas, fresnos, alisos… a unos pocos cientos de metros de sus casas. Con una mentalidad que se puede calificar con rotundidad de medieval, entienden que los bosques, la Naturaleza, representa la barbarie, la antítesis de la civilización, y luchan por dominarla y acallarla, humanizando el paisaje si no ya con cultivos, al menos con fuegos periódicos que mantengan la frontera natural a raya.
Por favor, os ruego que volváis a visitar el Google Maps y recorráis la provincia de Ourense. Internet os permite constatar el efecto del proceso descrito, sin tener que fiaros de mi palabra.
Podéis cruzar virtualmente la frontera y seguir por todo el Norte de Portugal hasta o Douro, cultural y sociológicamente tierras hermanas.
Ahora quiero proponeros unas cuentas. Galicia gasta cada año en torno a 100 millones de euros en extinción. Cataluña, con una extensión semejante y también bastante incidencia de incendios, gasta en esta partida sobre la cuarta parte. En Aragón, la octava parte; en Extremadura, un tercio; la descomunal Andalucía, la quinta parte.
Y no nos hemos salido de España. Vamos a confrontar más crudamente estos cien millones que se gasta Galicia saliendo de nuestras fronteras. La región francesa de la Aquitania, con una superficie forestal similar a la gallega, se gasta 4 millones de euros en la extinción. El Québec, una provincia canadiense con una extensión que triplica la de toda España y una superficie forestal cientos de veces superior a la gallega, emplea 45 millones de euros. Rusia, el país más extenso, con la cuarta parte de la superficie forestal del planeta y en el cual los incendios representan un severo problema, gasta 1.200M€ de lucha contra los incendios (y les parece mucho). Fijaos en la proporción, Rusia gasta 12 veces más que Galicia en extinción de incendios, siendo 600 veces más grande.
Podemos estimar que el presupuesto del servicio de extinción de incendios, debería ser de unos 1-2 millones de euros por provincia. Allá donde habita gente más o menos civilizada, que no provoca incendios: la Diputación de Bizkaia, 2M€ de presupuesto; la de Araba, 1,3M€; y es que no me imagino a un vasco, como no me imagino a un alemán, quemando su propia tierra (como imaginar a un hijo abofeteando a su madre). En cambio, en Galicia, llevamos siglos siendo enseñados a odiarnos a nosotros mismos; a despreciar, malvender y aniquilar nuestro patrimonio natural, descuidar y avergonzarnos de nuestro patrimonio cultural (lingüístico, histórico-monumental y etnográfico). Como nota curiosa: hace unos días se molestaba un paisano porque le sacase fotos a la arquitectura tradicional de su aldea, ya casi toda en ruinas, y no a los horteras chalés con parcelita que había en las afueras; “sólo sacáis lo malo”, me reconvino ese palurdo).
Así pues, el presupuesto del servicio de prevención y extinción de incendios de una comunidad con 4 provincias que no estuvieran habitadas por gallegos, debería ser de unos 8, redondeemos en 10 millones de ouros. Es decir, la décima parte de lo que todos los años se quema en el altar de la estupidez galaica (y leonesa, y sanabresa, asturiana y portuguesa).
Volvemos al incendio de ayer en el culo del mundo, también conocido como Cualedro. Público nos cuenta que:
[…] Para controlar este fuego, han sido desplazados un técnico, nueve agentes forestales, 20 brigadas, 13 motobombas, dos palas, seis helicópteros y nueve aviones. También han acudido miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME).
Y es cierto, a los militares me los crucé por la autovía a eso de las 17:00. Iban con maquinaria pesada para hacer cortafuegos. En cuando al enjambre de aviones y helicópteros, eso parecía una peli de Vietnam, sólo faltaban las Walkirias.
Ahora, echad cuentas. Cada hora de vuelo de los helis sale por un kilo (6.000€ para los que seáis más peques), los hidros por 4.000€, 230€ por brigada. El fuego ya estaba activo (se ve desde media provincia) a eso de las 9:00 y al caer la noche seguía ardiendo.
Y todo, para apagar un fuego en una zona sin ningún valor ecológico, paisajístico o de ninguna otra clase, paisaje lunar con aldeuchas despobladas que, todas juntas, no valen ni lo que una motobomba (ayer ardieron dos, por suerte no hubo víctimas mortales).
Y yo me pregunto, y avanzo por fin a mi conclusión final ¿por qué el Estado (vía Ministerio de Defensa), y sobre todo los presupuestos gallegos, tienen que cargar con unos presupuestos de extinción, cuando la mayor parte de los incendios son provocados por los lugareños y concentrados en unos concellos muy concretos? ¿Por qué un ciudadano de la Galicia urbana, la que genera riqueza, tiene que ver lastrados los presupuestos, detraídas de otras partidas que pudieran impulsar el crecimiento (con esos 100M€ se podría duplicar el presupuesto de I+D de las universidades gallegas), para jugar al juego de yo prendo y tú (o yo mismo) vienes a apagarlo? No es justo, para con aquellos que no participan de esa cultura, de ese negocio estacional de los incendios forestales. Cada vez menos estacional, pues ya se prende fuego hasta en Diciembre (he visto monte, blanco por la helada, ardiendo…mucha gasolina le debieron echar para que aquéllo ardiese).
Por lo tanto, yo propongo: que los gastos de extinción de los incendios se carguen al concello en cuestión. En vez de premiar a los concellos incendiarios con más inversiones y puestos de trabajo, castigarlos pagando la extinción de los fuegos que sus mismos vecinos provocan. La inveterada política del palo y la zanahoria, o más técnicamente, de promover comportamientos deseables, premiando a aquellos concellos que sepan proteger sus valores naturales y castigando aquellos habitados por energúmenos (y no, no viene nadie de Cádiz, de Toledo, ni siquiera de Becerreá o Cuntis a quemar en Cualedro).
Entiendo que todo ayuntamiento puede sufrir un incendio, pero si ése es esporádico, simplemente la factura de su extinción será un bache presupuestario que se podrá repartir en los presupuestos de varios años, vía financiación. Ahora bien, en aquellos concellos en que los incendios son recurrentes, el entretenimiento de todos los veranos, verán cómo el dinero para otras partidas disminuye para atender a la afición incendiaria de sus vecinos. Democracia es responsabilizarse de las propias decisiones colectivas y asumir las consecuencias.
De esta forma, allí donde persista y se obcequen en esta manía incendiaria, verán cómo los servicios que presta el ayuntamiento decaen (carreteras sin arreglar, equipamiento urbano deteriorado, tasas más altas…) y los pueblos se empobrecen. De igual forma, aquellos que vivan en zonas bien protegidas, donde no se reproduzca ese negocio del fuego, verán cómo sus pueblos medran, son más prósperos debido al excedente del presupuesto que no se dedica a extinción, se puede dedicar a otros cometidos (por ejemplo, mejorando su excelencia en biodiversidad, promocionando el agroturismo o una silvicultura sostenible y compatible con el bosque autóctono, poniendo en valor esa riqueza natural que han sabido conservar).
Diluyendo la extinción de incendios en los presupuestos de las comunidades y del Estado, no estamos generando ningún sistema de incentivos para erradicar de una maldita vez de la conciencia popular esta costumbre, tan gallega como la queimada (humor negro). De hecho, con el flujo de dinero de la extinción de incendios, estamos promocionándola, máxime en una zona empobrecida donde el desempleo es endémico.
No deja de ser una consecuencia más de la mayoría de edad política de un pueblo. Por lo mismo que, por ejemplo, no estoy de acuerdo con que el Estado rescate a la Comunidad Valenciana, pues un pueblo que ha elegido mayoritariamente un modelo político y económico para su región basado en el ladrillazo, la economía espectáculo de F1, regatas, parques de atracciones y edificios extravagantes, todo ello trufado de corrupción, debe apencar con las consecuencias de sus decisiones. Los valencianos con las suyas, los gallegos con A Cidade da Cultura, etc, que todos tenemos motivos sobrados para avergonzarnos. Votar desgobierno y corrupción no puede salir gratis, y de la misma forma el resto de los gallegos, de los españoles, no deben gastar millones de euros en apagar una y otra vez lo que unos cafres de una aldeucha de mierda se empeñan en quemar verano tras verano. Los fuegos que provocan los de Cualedro, que paguen su extinción los de Cualedro (la otra opción sería aún más dura, que los apaguen los de Cualedro, y si tiene que arder el municipio de lado a lado, que arda, que tampoco se pierde nada…con asegurar la evacuación de las personas, allá se apañen ellos con lo que armaron).
Pongamos el caso de un incendio de una vivienda en una ciudad. Yo entiendo que pueda existir un servicio de bomberos para prestar servicio ante este tipo de casos fortuitos. Pero si siempre es la misma vivienda la que arde, porque el cretino de su dueño provoca el fuego, me parece de lo más justo del mundo pasarle la factura de la extinción al propietario. No consideraría apropiado que la ciudadanía tuviera que costear un servicio de bomberos sobredimensionado, porque un vecino en concreto se decida a quemar todos los años su vivienda. Pues para los incendios forestales, reza lo mismo.
Podríamos argüir que no sería justo que vecinos que no causan incendios, sufran las consecuencias de sus vecinos desalmados. Pero también hay muchísimos valencianos que, retomando el ejemplo, execraban del modelo económico que les imponían. Lamentablemente, las consecuencias de las decisiones de una sociedad también recaen sobre aquellos que se opusieron a ellas, sean positivas o negativas.
En cualquier caso, si es cierto que los incendiarios son una minoría, la comprensión, cuando no connivencia es común en todo el medio rural, pues todos participan de la idea de que “el monte está sucio” (muy similar a la boutade de Bush Jr, de que los bosques arden porque tienen árboles). Por poner otro ejemplo, cuando estando mi compañera en su aldea llegó otro incendio, procuró evitar que salvase la carretera como pudo, sofocándolo con unas xestas. Sólo un chaval se prestó para ayudarla; el resto del pueblo estaba riéndose de ella y diciéndole “deixa que arda, muller!”. Así que lamento romper la imagen que os crean los medios de abnegados vecinos luchando a brazo partido contra las llamas. Estos vecinos, que observan con pasividad, suprema indiferencia el avance de las llamas, sólo procuran apagarlo cuando, como ayer, se les va de las manos y el fuego amenaza sus propiedades. Pero si sólo es el monte que arde…ellos tan satisfechos.

NOTA: Un aplauso a la increíble, inaudita estupidez, ineptitud de la fiscalía y la Guardia Civil que no son capaces, no ya de detener a los culpables y frenar este fenómeno recurrente, sino ni tan siquiera de ofrecer una explicación solvente a la sociedad de sus causas, para poder artillar una solución política. Arde una y otra vez, y son los únicos que no se enteran (o fingen no enterarse) ni del quién ni del cómo. Sólo sabiendo que se va a seguir cobrando un sueldo seguro a pesar de los nulos resultados de su trabajo se puede lograr ser tan metódicamente incompetente como los miembros del SEPRONA.

NOTA II: ¿Cuál es el beneficio de tener a militares (no me refiero por supuesto a la UME o a los valientes pilotos de los Canadair) gastando gasóleo mientras apatrullan carretera arriba, carretera abajo? ¿Han logrado alguna detención de algún incendiario? ¿Han siquiera logrado un descenso estadístico en el número de focos? Hasta mi cochiño pisa más la tierra que las motos de los primeros y los aguerridos todoterrenos militares de los segundos. Desde luego mis sandalias, mil veces más que sus botas. Así, motorizados y ruidosos, cubriendo un espacio descomunal ¿cómo van a atrapar in fraganti a alguien que se mueve por los caminos y veredas de su propio pueblo? Esa ridícula idea sólo se le puede ocurrir a quien jamás ha salido de la moqueta de su despacho (creo que fue de cierto hijo de falangista con pelo postizo, pero mi memoria puede fallar así que no lo afirmo con rotundidad).

NOTA III: El dinero tirado en echar al monte sin ton ni son a pistoleros a la búsqueda (inútil ¿cuántos están en la cárcel?) del incendiario, sería mucho mejor invertido en campañas de concienciación y de educación ambiental en el medio rural (abride escolas…). En enseñar a los adultos el valor de esa tierra que desprecian y, sobre todo, a los niños a que no reproduzcan los comportamientos de las bestias de sus padres: verbi gratia, tirar la nevera vieja al cauce del arroyo, la televisión en la cuneta de una pista, disparar a cualquier cosa que se mueva y poner lazos y cebos envenenados a los que se hayan escapado y, finalmente, provocar incendios en cuanto las retamas que salen del anterior incendio ya impiden ver en lontananza.
Pero el enemigo no es tanto la gente del rural, sino la incultura y la miseria con que se les ha castigado desde siglos atrás, reduciéndolos a un estado próximo a la animalidad. Éstas son, realmente, las verdaderas y últimas causas de los incendios, el elemento diferencial que explica por qué los bosques gallegos arden y los vascos y navarros, no. Es contra ellas que hay que combatir a muerte. Meter a alguien en la cárcel, además de que sólo van a coger al único desgraciado que se dejó atrapar, no va a dar solución a un problema que es de naturaleza sociológica y solución política. Cultura y progreso, mucho mejor que helicópteros y motobombas. Nadie con estudios y un buen trabajo, nadie que ame su tierra se dedica a provocar incendios en ella.
Alemania es sin duda, también en esto, un modelo a seguir.

NOTA IV: Hay que terminar con la cultura de complicidad ante los incendios, útiles para “limpiar el monte”; erradicar la tóxica idea de que el monte arde porque “está sucio” o “no se cuida”. Estos comentarios tan populares, también entre la clase política, comparten razones con los incendiarios al identificar maleza = suciedad. Pues no, el sotobosque es una parte inherente del ecosistema boscoso, tan valiosa como las especies de gran porte, que dan alimento y cobijo a sinnúmero de especies. Si lo eliminas, no tienes un bosque (un ecosistema íntegro) sino una plantación de árboles. Es un error muy típico en Galicia, donde todo m² es susceptible de ser dedicado a este cometido, sin que quede resquicio en este sistema para las especies autóctonas (de ciclo largo), desplazadas por la necesidad acuciante de monetizar en breve tiempo la inversión con los pinos y eucaliptos (ciclo corto). Otro dato de crucial interés para comprender el fenómeno: en Galicia, a diferencia de otras partes España y Europa, el 96% del monte es de propiedad privada, y el propietario (normalmente comunal, las malhadadas comunidades de montes, recua de mulas tordas) quiere dinero ya, sin consideraciones ambientales que tampoco la Xunta exige.
Un bosque no se “limpia” (no existe el concepto de “suciedad” en la Naturaleza), un bosque se le deja evolucionar inalterado. Los bosques estaban ahí mucho antes de que nuestra especie evolucionase y saliese de África, pueden existir perfectamente sin nuestra ayuda.
El bosque no arde si no lo queman.
Pero en Galicia no tenemos bosques, tenemos plantaciones de árboles. Ésa es la gran desgracia.

La Mirada del Mendigo