lunes, 18 de abril de 2016

IDENTIDADES MÚLTIPLES EN NAVARRA

Dice Bernardo Atxaga que su Euskal Hiria, la metáfora de la ciudad vasca plural, no verá la luz. Dijo Eduardo Galeno, fallecido hace ahora un año, que la utopía sirve para caminar en un tránsito siempre incompleto. También la democracia es un proceso inacabable, entrecruzado con la pluralidad; conglomerado de puntos de vista y voluntades cambiantes que son las sociedades pluridentitarias. En el fondo todas, aunque algunas especialmente, como las del área vasconavarra. Llámenla Vasconia, Euskal Herria, Euskal Hiria, o como quieran, con sus dos Estados, dos comunidades autónomas, dos Navarras (Behera y Garaia, por de pronto), tres visiones nacionales, tres nacionalismos, siete provincias o herrialdes, cuatro lenguas (como mínimo) y dos sistemas y proyectos de jefatura de Estado, además de los ejes izquierda-centro-derecha. Un archipiélago minúsculo ahogado en mareas de incomunicación, pasados severamente enfrentados, y un presente huérfano de consensos básicos, ni siquiera nominales; algunos de los cuales no provocaban tantos quebraderos de cabeza hace décadas. Como el hecho de que buena parte de la población navarra que no sabe euskera asuma natural la existencia de la realidad latina o hispana, y rechace de plano cualquier mención a ese espacio comunitario y no transoceánico que comparte la lengua vasca, descrito en 1643 por el navarro Axular como Euskal Herria. Hasta el punto que “vasco” pasó a ser de facto un término proscrito fuera del nacionalismo, sustituido por vascófono, para dividir en el pasado reciente al territorio y a sus habitantes, por medio de una ley.
Del entramado de identidades navarras intenten hoy armar una propuesta aceptable para todo el mundo. No es nada sencillo. E imposible sin el reconocimiento de esta compleja realidad, por molesta u obstinada que resulte. Imposible y dañino, como se ha sufrido por vías interpuestas. No hay pueblo que vaya a una, salvo Fuenteovejuna en el teatro, o Shangri-La. Como recuerda el periodista Javier Pagola “a la unidad no se llega desde el poder sino desde la libertad”. Pagola, colaborador en este periódico e intercultural practicante, fue el presentador de Atxaga en la conferencia organizada por el Gobierno de Navarra, y cerró el acto diciendo que aspira a vivir en un país templado. Formidable horizonte que ojalá se formulase más a menudo.
Habló Atxaga de Euskal Hiria y me acordé de la Catalunya centralizada en la ciutat de Barcelona, no como modelo ni como antítesis, simplemente como ejercicio de comparación. Barcelona como un país en sí mismo con salida al Mediterráneo. Barcelona centro del nuevo soberanismo y capital menos independentista. Núcleo editorial, teatral, y cultural bilingüe. Eje internacional y plurinacional. Con dos realidades impepinables: catalán entendible a base de escucharlo y comunidad lingüística muchísimo mayor e ideológicamente más transversal que la euskaldun.
La CAV es territorialmente otra historia, viene de otra historia y tiene otra demografía. Con un clima y un pasado inmediato cargado de nubes, pero también con paralelismos. El Estado, por si acaso, se curó en salud en 1978, y la Constitución prohibió la confederación de comunidades, en un blanco o negro sin más alternativas. Así que lo de los Països Catalans, con escasísimos kilómetros de muga entre Catalunya y la Comunitat Valenciana comparados con la CAV y Navarra, se quedó hasta más ver. Aquí en cambio nunca se ha hablado de países formulados en plural. Tal vez por tratase de piezas pequeñas, a pesar de nuestra pluralidad nuclear y hasta disonante. Es decir, se habla de País Vasco, Pays Basque o Euskal Herria, y jamás de Países Vascos o Euskal Herriak. Y sin embargo sí se ha interiorizado la existencia de un País Vasco francés, que unos llaman Iparralde y otros zanjan como Francia. Nominalismos que entiendo que a muchos les parezcan un pasatiempo, cuando sufrimos una crisis económica galopante, tantas decisiones se toman en Berlín-Bruselas, y tanto hemos de avanzar en la convivencia con el diferente, “no solo con el diferente que se nos parece”, en palabras de nuevo de Pagola, que reclama asumir los daños infringidos por “acción u omisión, por ignorancia o empecinamiento”.
Efectivamente. En Navarra y en la CAV la asunción y debilitamiento de los odios es una cuestión política, social y cultural de primer orden. Reconocernos no solo obligados sino también necesitados de taponar los sufrimientos existentes, y enseñar menos el colmillo. Cultura pluridentitaria, según la realidad de cada municipio y cada comunidad, sin renunciar de entrada a lo que cada cual considere fundamental. Cultura cívica y deliberativa, procurando prestigiar entre todas las fuerzas el valor de la concordia. En definitiva, humanismo; política en su sentido más excelso. Al menos con mejor estilo.

Jesús Barcos, en Diario de Noticias