sábado, 27 de febrero de 2016

UN IDIOMA SIEMPRE SUMA, NUNCA RESTA

Cuando nací, hace 28 años, nadie en mi casa hablaba euskara. Ni mi madre, ni mi padre. Tampoco mis familiares más allegados, muchos de los cuales habían llegado a tierras vascas en busca de trabajo y de un futuro mejor. A decir verdad, nunca tuvieron una especial vinculación con el euskara, pero si hay algo que les agradezco es el haberme dado la oportunidad de aprender esta lengua desde el primer día en que pisé un centro escolar.
Aunque lo he pensado a menudo, no alcanzo a imaginar cómo habría transcurrido mi vida si no me hubieran matriculado en el modelo D. Es imposible averiguarlo, obviamente, pero seguro que no hubiera conocido a la mayoría de mis amigos, tal vez frecuentaría otros lugares y quién sabe si me hubiera decantado por el periodismo.
No digo que mi vida en ese caso hubiera sido ni mejor ni peor, pero sí muy diferente. Las anteriormente citadas, lo sé, son simples circunstancias personales. Más allá de esas circunstancias, la verdadera grandeza del euskara –ojo, como la de cualquier otro idioma– es abrir una ventana a un nuevo mundo que nos ayuda a ser un poquito mejores.
Nadie me negará que tener la posibilidad y la capacidad de vivir, de relacionarse, de trabajar o de consumir libros, música, cine o teatro en el mayor número de idiomas posible, también por supuesto en euskara, es una riqueza, es un pequeño gran tesoro.
Es por eso que asisto no solo con asombro sino también con desazón a la polémica desatada por el hecho de que Iruñea vaya a contar el próximo curso con dos escuelas infantiles más en euskara, pasando así de dos a cuatro de las diecisiete que hay en la capital navarra. Cuatro de diecisiete, esa es la supuesta imposición por la que muchos han puesto el grito en el cielo. ¿Qué término tendrían entonces que haber utilizado las amatxos o aitatxos para quienes matricular a sus hijos en euskara era casi una misión imposible?
Admito que, aunque frecuento bastante Nafarroa, no conozco en profundidad la sociedad navarra. Creo que, en este caso, tampoco es necesario, ya que quien escribe estas líneas no pretende predicar ni sentar cátedra sobre nada. Tan solo quería explicar brevemente mi experiencia, en base a la cual me resulta difícilmente explicable que un padre o una madre niegue a sus descendientes la posibilidad de conocer un idioma, sea cual sea. Un idioma siempre suma y nunca resta.
Por ello, acabo con una humilde invitación a la reflexión para aquellas familias que sin saber euskara –de ahí la decisión de escribir este texto en castellano– estén ahora en la tesitura de matricular a sus txikis: no les cerréis las puertas de un mundo maravilloso. Os lo agradecerán.
Rubén Pascual, en GARA