domingo, 21 de junio de 2015

CUÁNDO TE VOLVERÉ A VER (JOSEBA ASIRON)

Pamplona nació con vocación de ser el principal referente urbano del territorio en que fue levantada. Se emplazaba sobre un ventajoso balcón, encima del río Arga, vigilando los valles del entorno, los caminos que los atravesaban y los propios vados del río. Esta ubicación elevada garantizaba una defensa natural infranqueable hacia los lados norte y oeste, mientras que proporcionaba un terreno en suave y prolongado descenso hacia el sur, facilitando un crecimiento y un desarrollo urbano muy cómodo. Conforme a este guion transcurrieron sin duda sus primeros siglos de vida. Muy pronto, el pueblo vascón que la había fundado y que la habitaba la llamó Iruñea (“la ciudad”, la capital, el núcleo urbano por antonomasia). En ella reparó todo un cónsul de la República romana, Pompeyo Magno, que llegó aquí en el año 75 a.n.e., acampó sus legiones en los alrededores, refundó la localidad y la dotó con su propio nombre: Pompaelo, la ciudad de Pompeyo.

Pamplona fue imaginada muy pronto como capital de un país, y su destino se cumplió desde el momento mismo del surgimiento del Reino de Navarra, que no en vano, en origen y durante varios siglos, fue llamado Reino de Pamplona. Y nunca, en los ochocientos años de historia independiente de aquel Reino, fue cuestionada su preeminencia en el país de los vascos. Todavía dos siglos después de la conquista española de 1512, un vasco de nacionalidad francesa, Johanes Etxeberri de Sara (1668-1749), se referiría a la vieja ciudad vascona como Iruñea, euskaldunon hiri buruzagia, la capital de todos los vascos.

En el horizonte del año 1500, Navarra se aprestaba para su adecuación a los nuevos tiempos, a la Edad Moderna. Se configuraba como un pequeño y pacífico reino, situado a ambos lados del Pirineo, más preocupado por su propio desarrollo que por las conquistas o los rigores religiosos. Pamplona, beneficiada por su capitalidad y por su situación en la ruta jacobea, se había desarrollado convenientemente, y había además unificado sus tres burgos medievales para constituir una grande y única ciudad. Hasta se había dotado de una catedral, que llevaba el significativo título de “la Real”, situada aún hoy entre los edificios más brillantes del gótico, y coronada con el mejor claustro del occidente europeo. La ciudad entera se preparaba para un desarrollo que se antojaba inminente e importante.

Pero nada de eso habría de ocurrir. La conquista de 1512-1530 sumiría el país entero en el caos, y terminaría de un golpe con el sueño europeo de Iruñea. La ciudad de Pompeyo ya no sería más un foco cultural destacado, ni la capital brillante de un estado situado a ambos lados del Pirineo, sino que se convertiría en una ciudad periférica e irrelevante, adormecida en un rincón olvidado del Imperio español. Y su único papel reseñable, más allá de alumbrar a unos cuantos aventureros y de surtir de carne de cañón a los ejércitos imperiales, sería el de servir de colchón ante los embates militares de los vecinos franceses. Nada más se construiría ya aquí con vocación de ser brillante, trascendente o relevante. Nada, sino una última cosa, porque el Imperio habría de establecer aquí la más imponente fortaleza de la Europa de su tiempo: la Ciudadela. Había costado mucho esfuerzo hacerse con Navarra, y había que custodiar muy bien la pieza cobrada. El gigantesco castillo se diseñó como una estrella de cinco puntas. Tres de ellas orientadas hacia el enemigo exterior y otras dos apuntando a los propios pamploneses, de quienes no se fiaban nada en absoluto.

La ciudad fue además rodeada por un impresionante cinturón de murallas abaluartadas, dotadas de gigantescos fosos, escarpas y contraescarpas, fuertes artilleros, medias lunas y defensas adelantadas. Toda una mordaza de piedra que ahogaría el desarrollo y el crecimiento de la ciudad durante los siguientes cuatro siglos. Se prohibió construir nada más allá de las murallas, y se demolieron docenas de edificios antiguos, casas, conventos, iglesias y ermitas situadas fuera-puertas. Pamplona se hacinó hasta el colapso dentro de aquella jaula, se colmató y se reconcentró casi hasta la asfixia. Perdió el ritmo de crecimiento de las capitales con las que estaba destinada a rivalizar en esplendor, y se vio también superada por las capitales de su entorno más inmediato. Cuando en 1924 se eliminen por fin aquellas abusivas y anacrónicas prohibiciones, Iruñea se desbordará por sus alrededores, pero habrá pagado un peaje histórico enorme. Cuenta, en esa época, con una población que justamente supera los treinta mil habitantes, apenas ha multiplicado por cuatro el tamaño que tenía cuatrocientos años antes.

Es imposible imaginar cuántos trenes de desarrollo tuvo que dejar escapar Pamplona en los siglos que permaneció como rehén del Imperio, cuántos ilusionantes proyectos se quedaron en el tintero. Lo que sí sabemos es que, todavía hoy, los pocos visitantes que se acercan a Iruñea con intención de conocer su patrimonio histórico, se tienen que conformar, sobre todo y ante todo, con los despojos medievales de aquel destrozado reino pirenaico.

Aún así, y a pesar de los años perdidos, una vez liberadas las trabas, creció rápida e imparablemente. En 1890-1900 se había llevado a cabo un Primer Ensanche, hacia el oeste, intramural, tímido, de impacto limitado y extensión reducida. Pero ya entre 1924 y 1950 se puso en marcha el importantísimo Segundo Ensanche, que cambiaría la fisonomía de la ciudad, extendiéndola hacia el este, y todavía en 1960-1975 se ejecutaría un Tercer Ensanche, que alumbraría los actuales barrios de la periferia. En este periodo se produjo, además, el desarrollo industrial de la ciudad, coincidiendo con la llegada de las primeras oleadas de inmigrantes y con un momento político convulso, en el que tal vez el rasgo más genuino y diferenciado sea el desarrollo de una nueva y vigorosa conciencia propia. Después de cinco siglos de sujeción, y aunque parezca increíble, todavía había quien consideraba Iruñea la capital de aquel estado europeo que siglos atrás habían soñado los vascones, los vascos, los navarros.

Hoy en día, Pamplona se asoma al siglo XXI pugnando por recuperar aquella vieja identidad perdida. A las murallas de piedra del siglo XVI les ha seguido otro tipo de muros, políticos, morales e ideológicos. Levantados para anular su recia personalidad, para conseguir que se parezca menos a sí misma y más a cualquier otra ciudad. Murallas políticas que derribaron edificios históricos o los transformaron hasta la trivialización, y que expoliaron y destruyeron de manera sistemática su pasado arqueológico. Muros que buscaban la eliminación de sus señas de identidad, su fisonomía, su patrimonio menor y hasta el pavimento presente en la ciudad desde el siglo XVIII. Diques ideológicos que trataron de acotar e institucionalizar la parte más popular y espontánea de sus fiestas, y que quisieron, incluso, allanar su paisaje lingüístico, destruyendo su alma euskaldun.

Por todo ello, la vieja ciudad del Arga necesita hoy más que nunca romper estos corsés y proyectarse, expandirse hacia un nuevo ensanche. Un Cuarto Ensanche de ilusión e imaginación, que rompa con los viejos y rancios moldes y nos devuelva la Pamplona que soñaron nuestros antepasados. Está en nuestras manos recuperar aquella ciudad brillante que pudo ser. Si nos empeñamos de verdad… la volveremos a ver.

Joseba Asiron (epílogo del libro "Adiós, Pamplona"- Txalaparta 2014)