jueves, 21 de enero de 2016

EL PERFIL DE UN PRESIDENTE SIN CORONA

La derecha no necesita líderes inteligentes. Ni la española, ni la navarra. Necesita líderes manejables. Mejor, por tanto, si son incluso tirando a... ¿cómo decirlo sin ofender? Líderes de perfil bajo. Políticos que circulen con luces cortas. Incluso con luces de posición. Sobran los ejemplos. Los experimentos, se dice la derecha, mejor con gaseosa. Que en cierta ocasión eligieron uno inteligente, Juan Cruz Alli, y ya sabéis lo que pasó. Que le dio por pensar, por tener ideas propias... y eso, la independencia de criterio, casa mal con la manejabilidad. Así que se lo quitaron de encima. Fue lo único decente, políticamente hablando, que ha parido UPN en su historia. Tras él llegó Miguel Sanz, del que no diré que sea tonto pues instinto no le faltaba, pero sí poco preparado. Tenía un nivel demasiado justito para ocupar un cargo de tal importancia.  No invitaba a que uno se sintiera orgulloso de su presidente. Pero se ceñía al guión marcado por la oligarquía navarra, que era a la postre lo único que a ésta le importaba.
Yolanda Barcina fue un caso excepcional. Mejor dicho, atípico. Dicen que fue una apuesta personal de Miguel Sanz, y que en un principio fue objeto de recelos por parte de los regionalistas de pata negra. Era de Burgos, apenas conocía --nunca llegaría a hacerlo-- la realidad política y social navarra... ¡ni siquiera estaba afiliada al partido! Pero Sanz se empeñó en postularla primero para consejera, luego para alcaldesa de Pamplona y finalmente para presidente del Gobierno foral... y la oligarquía dijo que sí. ¿Qué más daba si no tenía pedigrí, siempre y cuando se plegara, como su antecesor, a sus intereses? Algo debía de tener Yolanda, sin duda, para haber conseguido meterse al aparato político en el bolsillo. Pero brillante, lo que se dice brillante, no era. Tal vez era una buena gestora. De hecho sus txandrios --destrucción de la Plaza del Castillo, desalojo por la fuerza del Euskal Jai y demolición del frontón, imposición de un centro comercial en pleno corazón de la ciudad, etc.-- los gestionó de maravilla. Pero su supuesto carisma era puro artificio. Pura fachada. Cartón piedra. El final de su mandato nos permitió comprobar a todos, incluso a los más crédulos, que la emperatriz estaba en realidad desnuda.
Hoy, por fin, tenemos una presidente de altura. Lo demostró sobradamente durante su etapa como diputada. Hasta el punto de haber sido la diputada mejor valorada según el barómetro del CIS en enero de 2015. El mismo barómetro que otorgaba la peor puntuación a otro diputado navarro, el regionalista Carlos Salvador. Es lo que tiene no hablar por boca propia sino por boca del PP, de quien UPN lleva años haciendo un seguidismo vergonzoso. A nadie sorprendieron tales valoraciones. Mucho menos en el caso de Uxue Barkos, cuyas intervenciones, no voy a decir que brillantes para que no se me tache de tener favoritismos pero sí solventes, lograron que los españoles se aprendieran su nombre. Hecho, éste, revelador, si tenemos en cuenta que el Congreso de los Diputados cuenta con 350 miembros, y ella, Barkos, es la única representante de Geroa Bai.
Pero no vamos a hablar de ella. Seis meses de gobierno no permiten hacer un balance serio de su gestión. En su lugar vamos a hablar de quien en mayo pasado sin duda se veía dándole la espalda al tapiz de las Navas de Tolosa. No fue así. Las fuerzas del cambio, las auténticas, obraron el milagro. Desalojar a la derecha de las numerosas poltronas. Los votantes habían dado con un palmo de narices a Javier Esparza, el candidato, es decir, el títere de la oligarquía. Me puedo imaginar su estupor y su sorpresa (lo cierto es que su físico contribuye no poco a imaginarlo), que rápidamente dieron lugar a la frustración. Frustración compartida por sus superiores, por sus compañeros y por sus seguidores. Ya me referí a las consecuencias de tal sentimiento en la entrada anterior, "¿La derecha navarrera se echa al monte?".
Como si no se resignara a su papel de aprobado --al fin y al cabo su partido fue el más votado-- sin plaza, ni tampoco al de jefe de la oposición, anda estos días Esparza jugando a presidente sin corona. Y ahí le tenéis, departiendo con el rey como si fuera el máximo representante de Navarra. Dejándose notar incluso a costa de hacer algo anómalo e irregular: es el único de los recibidos por Felipe VI que no tiene la condición de diputado. ¿Y a qué carajo ha ido a la Zarzuela? ¿Qué le ha impulsado a él, un simple parlamentario autonómico, a colarse entre diputado y diputado? ¿En calidad de qué y en representación de quiénes lo ha hecho? Sea como fuere, y seguramente por resultarle su rancio discurso grato a la rancia Corona, Esparza pudo hacerse el selfie con el Borbón.
¿Y qué es lo que le contó este candidato a presidente del Gobierno de Navarra de perfil bajo? Pues lo que nos podíamos imaginar que le iba a contar. Que el gobierno del cambio es sinónimo de "sectarismo, desigualdad, menos libertad, subidas de impuestos, paralización de las infraestructuras y menos oportunidades para los navarros". También añadió un buen puñado de tópicos de todo a cien, ésos a los que con tanta frecuencia recurren los políticos de perfil bajo para hacerse pasar por grandes estadistas. Que hay que poner el interés general de los españoles en primer lugar. Y que hay que dejar a un lado los intereses partidistas. Que es otra forma de decir lo mismo; sólo que él, debido quizá a su bajo perfil, no se ha enterado. Que el desafío independentista es el gran problema de España. Y que a ver cuándo su majestad visita Navarra para que los navarros, que "mayoritariamente respetan a la Corona", le muestren su afecto.
Plas, plas, plas. Páguele un viaje a los Madriles para esto, oiga. El líder de un partido que lleva décadas intentando borrar cualquier seña de identidad vasca en Navarra, hablando de sectarismo. El líder de un partido de derechas, hablando de desigualdad. El líder de un partido que votó la Ley Mordaza y que en cada ocasión que se le ha presentado en Navarra ha recurrido a la política del palo, hablando de menos libertad. Sorprende menos que el líder de un partido instrumentalizado por la casta evasora y corrupta se queje de la subida de impuestos y de la paralización de las infraestructuras. En cuanto al supuesto afecto de la mayoría de los navarros a la Corona... a mí no me salen las cuentas. Las últimas elecciones autonómicas dieron más votos a los partidos republicanos, mientras que en las generales del 20 de diciembre sucedió lo contrario. Dejémoslo, por tanto, en tablas. Aunque entusiasmo, lo que se dice entusiasmo, jamás ha despertado por estas tierras la monarquía española.
Está claro que Javier Esparza cumple fielmente el papel que quienes realmente mandan en UPN le han asignado, que es el mismo que en su día asignaron a sus predecesores. Pero a mí, personalmente, me causa cierta... no, el término vergüenza ajena es excesivo. En realidad no desentona tanto. El mundo de la política está cuajadito de mediocres. De tontos útiles. De perfiles bajos. De luces de posición. Pero me crispa. Me crispan sus tópicos, sus frases hechas, sus sofismas, sus soflamas, sus medias verdades, sus embustes, su desvergüenza. Y también su carita de lelo, de lelo bien mandado. Algo de lo que imagino que él no es culpable... aunque cada día esté más cerca de dar por buena la teoría de que el rostro se lo labra uno mismo con el cincel de los actos y de los pensamientos.

P.D.: El bombín se lo he plantado yo. El blanco y negro también, por aquello de que Esparza es más de grises que de colores vivos. Lo demás, el rostro y el gesto, así como lo que ambos transmiten, es cosa enteramente suya. Y de su partido.

Manduli   manduli.blogspot.com.es