viernes, 22 de octubre de 2021

LO ÚNICO QUE PERDURA EN EL CONGO ES LA COLONIZACIÓN

 Crisis climática obliga, las multinacionales y los diplomáticos occidentales instan al Congo a incrementar su producción de cobalto, un componente esencial, sobre todo para las baterías de los coches eléctricos. Aumentar la producción de cobalto, pero ¿en qué condiciones? Mientras los occidentales sueñan con coches limpios y un planeta más verde, los congoleños se matan para alimentar una industria no muy limpia (Investig’Action)

El espíritu de [la Conferencia de] Berlín flota sobre África. Ni una sola gran potencia deja en paz al continente, sino que, por el contrario, hacen todo lo posible para atraer a aliados a su terreno (y conservarlos). La oportunidad que se presenta ahora es la COP 26, la cumbre en Glasgow sobre el clima. El enviado estadounidense para el clima, Jonathan Pershing, acaba de terminar una gira desde Ciudad del Cabo a Dakar con el objetivo de reunir a las personas de buena voluntad. En Ciudad del Cabo también estaban presentes los enviados para el clima de Reino Unido, Francia, Alemania y la Unión Europea (UE). Una parada obligatoria para el enviado estadounidense Pershing fue Kinshasa, la capital de la provincia minera más rica del mundo, según la jerga de la industria.

Pershing llevó a cabo una muy intensa diplomacia climática y prometió dólares para la transición, incluida la transición a un menor uso del carbón en Sudáfrica. Pero en Congo Pershing asoció a esta “carrera por cero emisiones de gas infecto invernadero” un objetivo estratégico de enorme importancia: «la carrera por el cobalto», sin el cual no hay baterías, sobre todo en la industria del automóvil. Ahora bien, la industria minera de Congo suministra el 60% del cobalto y la industria occidental pretende conseguir la garantía absoluta de poder seguir importando de Congo cobalto y todos los demás metales que hay en el subsuelo de este país. Los astros son favorables en esto.

La primera razón es que Congo es un país empobrecido y acepta todas las entradas de dinero que pueda recibir. Este año su presupuesto no supera unos muy modestos 7.000 millones de dólares para un país que es potencialmente rico y cuya población es de 87 millones de personas. De hecho, la industria minera, el motor del país, está orientada sobre todo al extractivismo: extrae del subsuelo la mayor cantidad posible de mineral para exportarlo. Cuando en 2018 entró en vigor una nueva ley sobre la minería, los principales explotadores mineros se opusieron violentamente al aumento de las tasas y a la perspectiva de que el gobierno modificara la ley cada cinco años.

Este lobby («los G7») consistía en una extraña alianza de multinacionales occidentales y chinas. Pero Félix Tshisekedi, el nuevo presidente desde 2019, manipula con astucia a este lobby. Tshisekedi se perfila expresamente como prooccidental (se reúne cada semana con Mike Hammer, embajador estadounidense en Kinshasa). La primavera pasada tomó postura contra las multinacionales chinas en el marco de una ofensiva preparada desde 2019. Tshisekedi explicó que ya bastaba de que «los extranjeros vengan aquí sin nada y se vayan millonarios mientras que nosotros seguimos siendo pobres».

Y Congo pasa de las palabras al acto. Casualidad o no, recientemente se ha ordenado parar la actividad de seis empresas chinas en Congo oriental porque explotaban minerales sin autorización. Esta campaña ha sido bien acogida en Washington y Bruselas. A principios de este mes, durante unas conversaciones entre la UE y Congo, la delegación europea también se opuso virulentamente al tráfico ilegal de minerales. La UE adoptó en enero una reglamentación que obliga a las empresas a controlar que sus materias primas no provengan de explotaciones en las que se trabaja en condiciones inhumanas. Las exportaciones deben ser “limpias”, pero la exportación sigue siendo la norma.

La gente trabaja en condiciones inhumanas porque no puede hacer otra cosa, porque es desesperadamente pobre. En Kolwezi, la ciudad minera más grande de Congo, he asistido a la búsqueda de los cuerpos de mineros desaparecidos. Trabajaban de forma artesanal y sin protección en el lecho del río Musonoi cuando unas fuertes lluvias transformaron el río en un verdadero maremoto que echó abajo sus pozos mineros. Hoy en día estos pozos artesanales se ven por todas partes en los alrededores de Kolwezi. Decenas de miles de personas trabajan en ellos en unas condiciones indescriptibles. Los minerales producidos por estas personas se destinaban a la exportación a través de compradores. Con el paso de los años ha aumentado tanto su proporción dentro de la producción (hoy representa entre el 20% y el 30% del cobalto que se extrae de Congo) que la industria ha decidido inclinarse al sector artesanal.

Conozco por ahora al menos diez iniciativas de “abastecimiento responsable”: se trata de oleoductos destinados a canalizar el cobalto artesanal de Congo para que pueda llegar a destinatarios conocidos. Dos compatriotas del consulado belga en Lubumbashi me invitaron a almorzar en el Golf’, un exclusivo club de esta otra ciudad minera de Katanga. Soltaron que estaban muy ocupados con la Global Battery Alliance (GBA), un lobby de más de 70 empresas que quiere que los fabricantes de baterías (y en primer lugar los fabricantes de automóviles) trabajen a pleno rendimiento. La GBA pretende “abordar el cambio climático y apoyar el desarrollo sostenible”, unas consignas nobles, pero para ello hace falta “desbloquear todo el potencial”, incluidas las materias primas de las minas de Congo. Las empresas belgas Umicore y DEME son miembros de la GBA, los diplomáticos belgas saben por quién se esfuerzan.

¿Cuál es el resultado? El mundo entero quiere tener acceso al cobalto de Congo para (dice) conjurar de una vez por todas esta maldita crisis climática. Lo único que perdura (1) en Congo es la colonización. 87 millones de congoleños se quedan atrás, sin un empleo digno, sin unos ingresos decentes, sin minerales, sin refinerías, sin una industria de transformación propia. Mientras nosotros nos refrescamos, ellos sudan tinta, como siempre ha ocurrido desde hace una eternidad.

Raf Custers, periodista, escritor e historiador. (Traducido al castellano por Rebelión).

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