jueves, 12 de mayo de 2016

UNA ESCULTURA PARA ELLAS

El 7 de mayo quedará en la historia del Parque de la Memoria como el día que se les hizo un homenaje a las mujeres represaliadas por el franquismo.
Porque las dejaron solas, con los niños entre sus faldas, sin medios, sin sustento, acusadas, discriminadas, humilladas y, cuando no, rapadas y paseadas para la burla y el regocijo del personal.
Ellas perdieron la guerra, las dejaron sin maridos, sin compañeros, sin hermanos o sin hijos, sin ningún tipo de pensión, como único premio la represión.
Uno las recuerda vestidas siempre de negro, con el cesto en la cabeza y la azada en el hombro, yendo a trabajar al campo, cuando podían o cuando les dejaban, caminando de un pueblo a otro buscando trabajo, entre el barro o entre el hielo, con alpargatas o sin ellas, para buscar el sustento, para buscar nuestro pan, cuando lo encontraban volvían cansadas y humilladas, cuando no, humilladas y cansadas.
Se echaron todo a las espaldas, el trabajo, la humillación, la casa, la desesperación, los hijos y las hijas, el llanto reprimido, el hacer el papel de madre y de padre a la vez, la educación de sus vástagos y la sinrazón de algunos de sus vecinos.
Muchas veces me dice mi amigo Julio Sesma: ¿de qué material estaban construidas?, hoy nos imaginamos que tuvieron qué pasar, qué tuvieron que sufrir, qué tuvieron que aguantar, qué es lo que tuvieron que callar y no nos quisieron contar, solo con imaginarlo nos produce un escalofrío en nuestro interior difícil de explicar.
Pasaron días, meses y años, solas, con la única compañía del amor de sus hijos e hijas, a los que supieron inculcar que con odios y venganzas no se debe vivir, no se cansaron de explicarles quiénes eran sus padres, que no eran los que nos contaban en la escuela, en la calle o en la iglesia, que eran hombres trabajadores, buenos y justos, y que no los habían matado ni por robar ni por matar, eso lo hicieron otros pecando contra el quinto y el séptimo mandamiento que predicaba esa iglesia a la que les obligaban a ir y sus mandamientos acatar.
Hijo, ten cuidado, no te metas en problemas, vete a casa de tu tíos y tus abuelos, incluso cuando eran del bando vencedor, tienes que trabajar, ya sé que eres pequeño, que incluso no llegas a los diez años, pero eres el mayor y tienes que ser el hombre de la casa, no importa que no vayas a la escuela y no aprendas a leer o escribir, trabaja y sin rechistar a nadie, Franco los quiere así, incultos, trabajadores y sumisos.
Y a la hora de comer, que es lo que no pasaba, el pan duro, si lo había, la comida escasa y había que estirarla tanto como bocas había para alimentar, pero tranquilos, no había problema, si alguien debía quedarse sin comer siempre les tocaba a ellas, o como mucho más a las hermanas, los hombres de la casa tenían que trabajar, y cuando había que comprar algo de ropa, si se podía, tampoco había problema, ellas con su traje negro tenían más que suficiente, y si se rompía, cuatro remiendos y a tirar.
Perdieron la guerra de las armas, pero ganaron la de los corazones, eran pobres de dinero, ricas de valor, tenían hambre y sed, pero estaban saciadas de lucha y amor, estaban tachadas de fracasadas y sin embargo fueron las que tuvieron coraje y dignidad, una dignidad que trataron de inculcarnos a los hijos, de hacernos bravos, serios, dignos y responsables, como a sus compañeros les hubiera gustado educar.
Supieron hacer incluso lo más difícil, mantener el amor al padre lejano, que incluso tres generaciones más tarde aún perdura.
Por eso creímos que teníamos que hacerles un día de fiesta, sin muchos alardes, sencillo pero digno, y hoy tenemos esta escultura que refleja claramente su lucha y tesón, y además obsequiarles con música, con esa música que ellas no pudieron disfrutar en aquellos años, porque sencillamente no tenían nada que celebrar, y sin embargo sus hijos no se cansan de celebrar que las tuvieron a ellas.
Fue un día feliz por recordarlas a ellas y lo que han supuesto, difícil por no poder expresar todo el sentimiento, pero hay una frase de nuestro amigo Delfín que tal vez haga que esa dificultad no lo sea tanto y sea capaz de resumir todo nuestro sentimiento:
“Padre no hemos conocido porque nos lo mataron, pero madres, las mejores del mundo. Por eso en nombre de todos y todas, simplemente hoy os decimos: gracias”.

José Ramón Martínez Benito, en Diario de Noticias