domingo, 19 de marzo de 2017

COHERENCIA

La noticia más importante de nuestra historia reciente se produjo la tarde del 20 de octubre de 2011, cuando ETA anunció que terminaba su actividad terrorista. Cómo se llegó a ese momento es algo que sigue sujeto a debate. Para algunos fue el resultado de la fortaleza y persistencia del estado de derecho, que acabó mostrando a la banda la inutilidad de sus crímenes. Para otros, el resultado de un cambio en los pesos dentro del autodenominado Movimiento de Liberación Nacional Vasco, en el que se impusieron las tesis más políticas. Probablemente lo que condujo al fin del terrorismo fue una mezcla de ambas cosas, pero potenciadas por un cambio continuo y silencioso en la realidad social que hacía cada vez más anacrónica la existencia de la última organización terrorista de Europa. Llegado ese punto, muchos que hemos ejercido cargos políticos y nos ha tocado condenar atentados y argumentar contra de ETA podríamos rememorar cosas que entonces se dijeron. La idea de mayor fuerza para repudiar aquellos crímenes era la de que contravenían lo más esencial de los derechos humanos, el derecho a la propia vida y a la libertad individual, algo que constituía una asunción universal, no nada emanado de la legislación española o francesa. Además, hablamos mucho en referencia a HB y sus sucesores, apelando a que en democracia cabe defender cualquier pretensión legítima fuera de la égida de una banda armada. Se dijo también que la política penitenciaria era la consecuencia de la misma existencia de ETA, porque las medidas de dispersión se establecieron en el momento en el que se comprobó que el llamado “frente de macos” era parte esencial del entramado etarra. E incluso, en una dimensión más estrictamente política, se aseveraba que también el nacionalismo moderado sacaba rendimientos de lo que hacían los pistoleros, rememorando aquello del árbol y las nueces, la metáfora atribuida al propio Arzallus.
No quiero valorar ni poner adjetivos al anuncio del desarme final de la banda. No hace falta, cualquiera puede percibir de qué se trata y el valor histórico que tiene. Pero sí hay que recordar esos años en los que lo que se le decía a ETA era que cesara su actividad con la fuerza de todas aquellas razones, de las que están plagadas actas y periódicos de la época. Porque hoy, asentado el indudable final del terrorismo, pareciera que algunas cosas no se decían con la suficiente convicción y coherencia. ETA ha terminado. Algunos aún reclaman que anuncie solemne su disolución -Rajoy anteayer en un acto de su partido-, pero lo que resulta obvio para cualquiera es que esa autolisis ya se está produciendo, progresivamente, indefectiblemente, irreversiblemente. No hay más ETA, no se reclutan más pistoleros, no se mantienen sus estructuras. Ergo se está disolviendo. ¿Qué nueva fortaleza hay que exhibir hoy, aparentando exigir algo que ya se constata cabalmente?
Se dice que lo que comenzó tras aquel 20 de octubre es la pugna por el relato. La versión que quedará de aquellos años de plomo, y si se impondrá la idea de la derrota o la de que en el fondo hubo una justificación para todos los asesinatos. Es justo en este escenario en el que quienes hemos creído en aquellas cosas que decíamos para condenar los atentados debemos mostrar mayor coherencia. La dispersión de los presos ha dejado de tener sentido, porque ya no forma parte de ninguna estrategia de debilitamiento de una banda que ya no existe. El repudio y la exclusión política que algunos pretenden todavía mantener sobre EH-Bildu por el único motivo de ser continuidad filogenética de la batasunada es absurdo, contradictorio con lo que se dijo de que en ausencia de violencia caben todas las propuestas políticas. Y seguir tiznando a todo el nacionalismo vasco de presunto beneficiario del terror contradice la realidad, sobre todo cuando en los últimos años ha demostrado una ejecutoria política y de gobierno basada más en el pragmatismo y la moderación que en aquello que algunos denominaban la melancolía independentista. Creo que muchos podemos reclamar que se mantenga la fortaleza argumental con la que años atrás nos oponíamos a ETA, la fortaleza que empieza por la coherencia. No reconocer lo mucho que ha cambiado y las consecuencias que esto tiene que tener, esa sí, sería una derrota.

Santiago Cervera, en Diario de Noticias