martes, 15 de septiembre de 2020

ENERGÍA SOLAR SÍ, PERO ASÍ NO

Han pasado diez años desde que alquilé una finca de mi pueblo a una empresa, para que colocara placas fotovoltaicas de producción de energía eléctrica. Me pareció una buena idea, ya que me convencieron que así contribuía a mejorar la situación ambiental del planeta, facilitando la producción de energía verde.

Firmé un contrato sin saber que a la mayoría de mis vecinos les había pasado lo mismo, y que también habían alquilado sus fincas.

Cuando empezaron las obras de la instalación, me extrañó ver cómo enormes excavadoras arrasaban el suelo, realizaban grandes movimientos de tierra para explanar el terreno y cientos de camiones vertían gravas para hacer caminos.

Mi preocupación aumentó cuando vi el continuo movimiento de hormigoneras para hacer las cimentaciones de la estructura de las placas y de los edificios que albergarían los centros de transformación. Posteriormente, la apertura y cierre de zanjas para enterrar los cables dejó un panorama desolador.

A mi derecha y a mi izquierda, el efecto era el mismo, lo que experimenté en mi parcela sucedía en las 125 hectáreas que ocupaba la futura central de 50 MW. Cuando colocaron las placas fotovoltaicas, vi un desierto de cristal por todos los lados.

Finalmente, toda la superficie fue rodeada por una valla metálica de 2,5 metros de altura, que junto a las torres de alta tensión y el tendido eléctrico producía tal tristeza que al poco tiempo decidí dejar el pueblo para siempre. No lo podía soportar.

Abandoné la casa de mi padre, la huerta. Ya no quise volver. Han pasado ya diez años. Estaba nostálgico y quise saludar a mis antiguos vecinos, saber que había sido de su vida.

Me encontré con un pueblo vacío, sin vida. Sólo quedaban algunos jubilados. No había gritos de niños ni gente por la calle. Los albergues del Camino de Santiago habían cerrado. Ningún peregrino quería parar a descansaren un lugar tan inhóspito, con un itinerario rodeado por todos lados por cercas metálicas.

Tampoco había agricultores, ya que no había suelo agrícola. Los bares estaban cerrados desde hacía tiempo por falta de clientes. Los jóvenes habían emigrado. El frontón vacío. Dí un paseo por los caminos vallados. No se oían los cantos de los pájaros, la falta de arbolado y ribazos había destruido su hábitat. Debajo de las placas solares, el suelo estaba yermo y sin vegetación.

Recordé que todavía quedaban quince años hasta finalizar el alquiler, y comprendí que en aquél suelo nunca más se podría cultivar nada.

He vuelto a mi actual vivienda en Pamplona. Un profundo sentimiento de culpabilidad me envuelve.

Esta carta puede ser un relato-ficción de cualquier vecino de la zona sur del monte Erreniega / El Perdón.

Juan del Barrio (Miembro del Consejo Navarro de Medio Ambiente)


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