martes, 27 de abril de 2021

SOR AMPARO Y LA TERNURA

 Sor Amparo era la única que tenía algo de humanidad en la Casa del Niño de Las Palmas, la monja de unos 55 años que protegía a los niños de las palizas y las borracheras de los curas y falangistas, que venían de noche a escoger a los chiquillos que iban a violar, estaba mal vista por el clero canario y le habían puesto la etiqueta de “comunista”, simplemente por no permitir los abusos sexuales, las palizas y la venta de los chiquillos huérfanos de personas asesinadas en la isla por los fascistas.

Aquel infierno de adoctrinamiento en las ideas del Movimiento Nacional solo tenía aquellos oasis de esperanza y ternura, los niños la veían y se le abrazaban, buscaban su protección ante el maltrato, la tortura física y psicológica, las brutales palizas con varas de acebuche o la pinga de buey de Don José Martel el sádico cura del barrio de San José, muy amigo de gran parte de la oligarquía insular, responsable del genocidio canario, planificado meses antes del golpe por Falange y la Iglesia, llevando a cabo miles de crímenes y desapariciones de republicanos y anarquistas de cada rincón del Archipiélago.

Los coches de lujo llegaban los fines de semana y la madre superiora junto al viejo cura de pistola al cinto tenía a los niños más guapos preparados, normalmente las familias pudientes adoptantes exigían que fueran rubios con los ojos azules o verdes a ser posible, aunque si eran recién nacidos hijos de alguna republicana asesinada y desaparecida no le hacían ascos.

Se movía mucho dinero, la monja jefa y el sacerdote que siempre tenía un inmenso tufo a alcohol por el abundante ron de caña que tomaba se repartían las ganancias, se les veía contando el dinero en el patio o en la oficina del siniestro recinto convertido en campo de concentración infantil.

Venían parejas de toda Canarias, sobre todo de Gran Canaria y Tenerife, pero también de la península que llegaban en barco desde Cádiz y los llevaban a la residencia del Paseo de San José en taxi o en un coche oficial negro puesto por el Gobierno Militar, normalmente eran personajes vinculados al régimen, jefes falangistas, mandos de la guardia civil y el ejército, todos con las manos manchadas de sangre de miles de crímenes de estado antes y después de la guerra civil.

Los chiquillos lloraban cuando los colocaban en la fila expositora, sabían que se los llevarían, separaban hermanos de hermanos, primos de primos, en aquella especie de mercado de esclavos infantiles que organizaba la Iglesia Católica y el régimen franquista.

Aquellos señores recorrían la fila y no decían nada, solo tocaban el hombro de los niños que iban eligiendo, hacían una primera selección y los pasaban a una habitación más pequeña donde ya tomaban la decisión, todo era llantos terribles, sobre todo de los hermanos que sabían que jamás volverían a ver a lo que en aquellos momentos era lo que más querían en el mundo.

Sor Amparo andaba siempre angustiada esos domingos de venta de niños, trataba de consolar, tomaba en sus brazos a los más chiquititos, los abrazaba, no aguantaba tremenda injusticia de una Iglesia a la que pertenecía desde que tomó los votos antes del golpe de estado en aquel convento de clausura de Toledo.

Una noche de julio de 1939 apareció muerta en su cama, nadie supo de que había fallecido, no estaba enferma aparentemente, solo que esa noche hubo fiesta de curas y falangistas con un grupo de niños, los más mayores de los que abusaban de forma periódica, ella se presentó y los insultó, les dijo que estaban humillando la palabra de Dios, que eran bestias inmundas.

Al día siguiente Amparo ya no estaba, se llevaron rápido su cadáver, nadie supo donde la enterraron, se cree que en el cementerio de Vegueta, no avisaron a sus familiares en el Bierzo, que se enteraron años más tarde de la muerte de aquella buena mujer.

Relato publicado en el libro "Semilla de memoria" (2017), de Francisco González Tejera, prólogo de Rogelio Botanz.

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