domingo, 14 de enero de 2018

MATAR EN URBASA: EL DERECHO A LA VERDAD NO PRESCRIBE

A la pregunta que titula el libro ¿Qué hicimos aquí con el 36? cabe responder que, con el 36, hicimos de Urbasa un matadero para ocultar el asesinato de civiles no armados, no combatientes, lejos del frente y, únicamente, por sus ideas. Y la pregunta es procedente porque no tuvieron que venir de fuera para esta tarea. Aquí, en ayuntamientos, concejos, sacristías y cuartelillos, se decidió a quiénes, cuándo y cuánto se les hacía pagar por no ser afectos. Aquí se aplicó la pena y con recursos propios.
No hay que ocultar los hechos, ni las causas, ni las consecuencias. El derecho, individual y colectivo a conocer la verdad no prescribe. Sólo conociéndola se puede evitar la repetición de hechos similares. Placas, diplomas, homenajes… son más baratos y vistosos, pero no suplen a la verdad. Porque la Memoria Histórica o empieza por esclarecer los hechos o no es nada. Conocer lo ocurrido es higiene mental y ética y a nadie ha hecho daño nunca, como el agua y el jabón, salvo a quienes aman la mugre.
Desde que se inició el Alzamiento comenzó la represión sobre los no adictos, con muchas variantes, de las que también me ocupo en el libro, y empezaron lo que, más tarde e impropiamente, se llamaron fusilamientos. En Urbasa no los hubo. Todo fueron disparos, uno o dos máximo, de arma corta en el cráneo, hechos a poca distancia.
Un asesinato es un homicidio con agravantes y Urbasa era un lugar propicio para todos los agravantes. Premeditación, alevosía, superioridad armada, discriminación ideológica, ensañamiento, impunidad, nocturnidad y despoblado.
Estos crímenes son delitos de terrorismo, en cuanto a los objetivos perseguidos, y delitos de odio, en cuanto a su motivación. Urbasa era un territorio bien conocido solo por quienes desarrollaban allí alguna actividad -ganadera o forestal-. El tránsito de vehículos por las dos carreteras existentes, construidas solo una década antes, era prácticamente nulo en aquel verano.
Pero esas dos carreteras, que discurren próximas a las simas, facilitaron a los asesinos el traslado, hasta el lugar elegido, de las víctimas, cuyos cadáveres fueron arrojados a su interior tras darles muerte. Profundas las dos utilizadas y en forma de campana una, la de El Raso de Urbasa, y de embudo invertido otra, la de El Dos, que solo se empezó a llamar de Otsoportillo, y por error, a partir de 1980.
Se subía de amanecida o ya echada la noche. Y los disparos a esas horas no incitaban a la curiosidad, sino al miedo de quien pudiera estar próximo.
Hubo dos lugares más de asesinato que añadir. Uno, puramente circunstancial, El Haya de los Maestros, y otro excepcional, El Balcón de Ubaba, sobre el Nacedero del Urederra, usado este por gente foránea para acabar con gente igualmente foránea. Y se usó excepcionalmente, porque los cadáveres caían a términos de Baquedano, lo que obligaba al concejo local a retirarlos a su costa.
De las desapariciones forzadas de Urbasa, crímenes en cualquier caso, solo hubo víctimas de dos clases, las que padecieron la pérdida en un instante, el tiro en la nuca, y las condenadas a padecer esa pérdida en lo que les quedaba de vida, los suyos, su familia. A unos y otros, los identificamos.
Los represores hicieron su aportación de forma muy variada. Los hubo entre los alcaldes, concejales, párrocos, jefes de línea de la Guardia Civil, juntas locales carlistas o falangistas, facilitadores de recursos y vehículos (imprescindibles en este caso), grupos de irregulares adictos, vecinos denunciantes. Un día determinado y por alguna circunstancia difícil de precisar, previo aviso y autorización de la autoridad militar local, se pasaba el recado y un grupo de adictos, también local, acababa con la vida de la víctima.
El objetivo no es saber quién apretó el gatillo, sino que hubo voluntades locales que decidieron, colaboraron, aceptaron y consintieron cada uno de estos crímenes. Y hay una responsabilidad retroactiva, porque la historia no se puede cambiar, pero sí se puede y se debe ser crítico con lo ocurrido y condenarlo.
Hubo víctimas de todos los colores políticos (ugetistas, socialistas, nacionalistas, Izquierda Republicana, apolíticos, comunistas, anarquistas). Incluimos a nacidos en ocho comunidades autónomas y catorce provincias, pero residentes en Navarra en su mayoría. Entre 19 y 59 años de edad. Obreros, ferroviarios, labradores, ingenieros, gerentes, rentistas, oficiales de la Guardia Civil, etc. Ningún analfabeto, pero sí cinco maestros.
Han pasado más de siete años desde que empezamos a desarrollar este proyecto, con la participación activa de los ayuntamientos amescoanos. En total, cerca de 150 personas han hecho aportaciones al mismo. Partimos del libro de Marino Ayerra Redín, No me avergoncé del Evangelio (Argentina, 1958). De los materiales de encuesta de José María Jimeno Jurío, maestro y amigo, y de sus informes sobre las simas, personales de la que encontró abierta y obtenidos de los espeleólogos estelleses sobre el resto. De los apuntes de Luciano Lapuente, estudioso y amigo. Y de las informaciones de Eugenio Roa, espeleólogo y amigo, sobre su descenso a la sima de El Raso, en los años cincuenta. Las encuestas hechas a familiares-hijos, nietos, sobrinos y vecinos (unas ochenta personas en total). Los numerosos expedientes instruidos por los alzados que hemos podido consultar, especialmente en el Archivo Real y General de Navarra. En ellos, el represor, preñado de fundamentalismo, señala a los no afectos, con sus informes y sus conclusiones. Establece la represión a aplicar a las víctimas, en escritos, con fecha y firma. Hemos logrado así altas cotas de objetividad dándoles voz, identidad y oportunidad de condenarse a sí mismos con esas afirmaciones que dejan bien probada la inconsistencia de las denuncias y la conducta criminal practicada. Todo ello en documentación, cuyas referencias archivísticas citamos y que es accesible al público.
Y hay que añadir, aunque es obvio, que los autores de estos delitos no fueron juzgados nunca por ellos, no cumplieron pena alguna por haberlos cometido, no resarcieron a las víctimas de los daños producidos, no reconocieron el dolor causado, no mostraron arrepentimiento público, ni pidieron perdón.
Y a los expedientes de Incautaciones, Responsabilidades Políticas y Depuración de Funcionarios se unieron los de Presunciones de Muerte, en los que no se decía que las víctimas habían sido asesinadas, sino “muertas en la lucha nacional contra el marxismo”, circunstancia que los Jueces de Instrucción exigían fuera avalada por los testigos firmantes.
Hemos publicado un libro riguroso y documentado, que contribuye a esclarecer lo ocurrido en Urbasa y en los valles amescoanos. Y lo hacemos, hasta donde ha sido posible, caso por caso, con nombres, apellidos y fechas, víctimas y victimarios, lugares y circunstancias, causas y consecuencias. Creemos haber identificado a la gran mayoría de los asesinados en Urbasa y su localización. Y descrito el desarrollo y resultados de nuestro proyecto.
Esto, reitero, sin subvención alguna del Gobierno de Navarra, ni saliente, ni entrante. Y sin que, en los siete años de tarea que llevamos, ningún partícipe en el proyecto haya sido remunerado.
Hemos demostrado que ese derecho imprescriptible a la verdad puede y debe ser satisfecho desde el poder público. Y que los archivos, los accesibles y los que quedan por abrir, pueden dar mucho de sí.
Hemos denunciado que la Ley llamada de Memoria Histórica de 2007 nació con carencias graves y que, como en todas, basta para incumplirla con no dotarla de presupuestos. Con o sin excusas. Y que el problema no son las leyes, sino la voluntad política de cumplirlas. Con la demostrada hasta el presente, nuestros muertos están próximos a ser considerados obsoletos. Hemos aclarado que, gestos aparte, en lo relativo a Urbasa, tras las encuestas de Jimeno Jurío de 1977-1978, no se había avanzado en absoluto. Y que solo el que sacudiéramos el arbolico con nuestro proyecto de 2010 ha propiciado avances sólidos y objetivos.
Pero resultamos incómodos para algunos. Por haber hecho, y con resultados muy positivos, lo que los poderes públicos no han asumido nunca. Porque a algunos, que no se cansan de vocear eso de Verdad, Justicia y Reparación, les da pereza ponerse a buscar la Verdad, porque la investigación histórica es muy laboriosa, costosa, a veces muy indiscreta y, siempre, muy poco fotogénica.
Porque hemos procurado no acoger en nuestro proyecto ni en nuestros actos, a los que tratan de obtener, de la Memoria Histórica, réditos políticos, mediáticos, económicos o curriculares. No hemos hecho el trabajo para ellos, sino para las víctimas y para los interesados en saber lo ocurrido.
Porque hemos dejado al descubierto algunos errores y falsedades, deliberados y consentidos, tendentes a adjudicar a las víctimas ideologías, afinidades, incluso orígenes, que no tuvieron. En definitiva, a reinventar la historia.
Y, como resulta difícil cuestionar el proyecto y el libro, hay quien ha optado por rodearlo de un biombo de silencio, para que no se visibilicen uno y otro. Luego derramarán lágrimas de cocodrilo por “esos muertos que siguen anónimos en las cunetas”, mientras dificultan que las noticias que damos sobre lo ocurrido y que podrían orientar a sus familiares en la búsqueda, tengan divulgación. Pero cada uno se muestra como es, en sus palabras y en sus silencios.

Balbino García de Albizu, en Grupo Noticias

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