martes, 18 de noviembre de 2008

VÍCTIMAS Y RESPONSABLES


El auto del juez Garzón de 16 de octubre en relación con los desaparecidos por la limpieza política franquista ha comenzado a desplazar las coordenadas del debate sobre la memoria histórica hacia los responsables de aquélla en la medida en que dicho documento incorpora ese aspecto. Aunque particularmente soy de la opinión de que las conclusiones a las que sobre tal cuestión llega el mencionado juez son incompletas y sesgadas, no cabe duda de que la integración de tal materia en su ánimo judicializador puede constituir un elemento de impulso en lo que se refiere a los ejes de discusión sobre la memoria histórica y la investigación historiográfica sobre el periodo considerado. Esto es relevante para el conjunto del Estado, pero lo es particularmente para Navarra a causa de diferentes razones.
En Navarra siguen existiendo prevenciones de cara a ir más allá de las víctimas de la represión franquista y ahondar en quiénes fueron los agentes de la misma y sus motivaciones. Nuestra experiencia con el caso de Sartaguda nos ha demostrado que investigaciones de tipo microanalítico son necesarias para saber lo que sucedió con cierto grado de detalle y para calibrar en qué medida elementos de confrontación general tuvieron que estar acompañados de factores de naturaleza más local de cara a dar explicación de una barbaridad de tal dimensión.
Un ejemplo de la aprensión a la que nos referimos: a primera vista, no se vislumbra que el tema de los responsables vaya a estar presente en el ciclo organizado por el Parlamento de Navarra durante estos días sobre Víctimas de la guerra civil y memoria histórica. Ese enfoque reduccionista se asocia a otro hecho para nosotros significativo: el que no se haga mención alguna ni de quien identificó al 80 por ciento de las víctimas navarras (José María Jimeno Jurío) hace casi treinta años, ni de otros (el Colectivo Altaffaylla, por ejemplo) que completaron su labor, editando un libro que, progresivamente revisado y actualizado, se ha constituído en un auténtico "lugar de memoria" y por el que conocemos muchos pormenores de la magnitud y las características de la tormenta asesina desatada en nuestra tierra durante la Guerra Civil.
Los reparos a realizar un ejercicio de introspección acerca de las causas y responsabilidades subyacentes en el descomunal estallido de violencia represora del segundo semestre de 1936, están provocados, en última instancia, por la política de la desmemoria propugnada a lo largo del franquismo y de la transición en Navarra y en el Estado por las elites políticas en aras de la reconciliación y del olvido y por el posible temor de muchos navarros a ver involucrados a familiares en sucesos represivos poco edificantes registrados durante la guerra, en nuestro territorio o fuera de él. Lo cual enlaza con la abrumadora preponderancia en la Navarra de julio de 1936 de las formaciones políticas civiles aliadas del ejército rebelde (Comunión Tradicionalista, Falange Española, Unión Navarra y Renovación Española) y con el enorme caudal de voluntarios afluido hacia las dos organizaciones paramilitares derechistas primordiales (el Requeté y las escuadras falangistas) y matrices en una elevada medida de la represión. Otro elemento a tener en cuenta es el de que en los cuarenta años de dictadura y en los setenta transcurridos desde 1936 han podido tener lugar evoluciones y mezcolanzas ideológicas de lo más variopinto dentro de las familias.
Asimismo, otro componente añadido en la ambivalente postura de desapego y de aturdimiento vigente en Navarra en relación con las causas y responsabilidades en la masacre de 1936, lo constituye la evolución experimentada por un sector del carlismo desde fechas muy tempranas. Desde muy pronto, desde el final de la guerra e incluso desde la misma guerra, segmentos importantes del carlismo navarro, que tanto había trabajado grupalmente en la conspiración y en la represión subsiguiente, se alejaron del núcleo duro de apoyo al régimen y trabajaron por la reinterpretación y matización de su apoyo primigenio, ayudando a la difuminación de su complicidad. No obstante todo ello, considero desacertado que la actual militancia de EKA pueda verse aludida en relación con el papel desempeñado por la Comunión Tradicionalista y el Requeté en 1936. El reciente artículo de militantes de aquella formación, escrito con ocasión de las críticas que un articulista hacía a Garzón al mencionar éste en su auto sólo a la Falange, olvidándose del papel del Requeté (crítica que compartimos), no resulta fácil de entender, sobre todo desde el punto de vista de la lejanía ideológica objetiva entre el carlismo autogestionario y federal de los últimos cuarenta años y el reaccionarismo a ultranza de los carlistones del 36.

F. Mikelarena * Profesor titular de la Universidad de Zaragoza

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