lunes, 24 de noviembre de 2008

LA CAPITAL DEL ODIO


¿Pamplona, capital europea de la cultura? ¿Por qué no? Con la riqueza patrimonial que atesora, con la memoria que esconde, con la historia que reposa en sus piedras, por las que pasaron desde Pompeyo hasta Carlomagno, sólo por citar algunos personajes destacados de Europa, sería una capitalidad que la ciudad podría asumir con autoridad y señorío. Y sin embargo, semejante pretensión suena hoy a broma de mal gusto. A burla hiriente donde las haya. A sarcasmo.

Dice el Diario de Navarra que Pamplona es la última, en términos de apoyo popular, de las ciudades que participan en esa disputa. Apenas un 1% de ciudadanos la respaldan. ¿Tantos?, podemos preguntarnos. Circula por los foros de Internet una nota que denuncia que prohibir las fiestas populares no es cultura; que despreciar la lengua propia no es cultura; que marginar a los colectivos civiles, locales y culturales no es cultura; que creernos el centro del mundo por los encierros sanfermineros no es cultura...


Desde luego, es una muestra del sentir ciudadano, o más bien del hartazgo colectivo. Los capítulos de este ejercicio "cultural" de las autoridades navarras, que incluyen el consistorio de Pamplona, por supuesto, son muchos, y de escándalo. Recordemos la vergüenza de lo sucedido en la construcción del parking de la Plaza del Castillo. En la zona más destacada de la ciudad, el mejor emplazamiento para cualquier forma de museo, las excavadoras destrozaron a conciencia el yacimiento arqueológico, el registro de siglos de la capital de un reino histórico. Los restos que salieron acabaron arrojados en un vertedero.


Lo mismo se puede hablar de cualquier tratamiento del tesoro patrimonial de Navarra, como el Palacio de los Reyes, símbolo de un patrimonio institucional y político de hondo calado, que se encomienda a un arquitecto de prestigio internacional para difuminar bajo el disfraz de su remozamiento el enmascaramiento de su significado originario. O los hallazgos de enterramientos antiguos. Siempre son musulmanes (de la época de la presencia musulmana en la Península), visigodos (idem), romanos... Siempre son otros. Nunca los del país. Nunca vascones, los naturales del territorio, antes de que éste se denominara navarro. Aquí los vascones (los vascos de hoy) están ausentes de la historia, desaparecidos, borrados del mapa en su más estricto sentido.


¡Qué decir del euskera, lingua navarrorum, la lengua de los navarros, proscrita legalmente de la enseñanza oficial en su capital histórica! Cómo olvidar que en la noche de Navidad la comitiva de Olentzero, figura tradicional equivalente a Papá Noel, Santa Claus o los Reyes Magos, ha de depositar una fianza preventiva, como un grupo de peligrosos maleantes, vigilados por la justicia, para hacer su recorrido y escuchar las peticiones de regalo de los niños. O que la principal emisora de radio en lengua vasca sea ilegal, sin licencia, y tenga que malvivir del apoyo ciudadano... Los ejemplos son interminables, y el rencor que subyace en ellos, infinito.


En un breve artículo Juan José Millás muestra la foto de un comerciante indio que ofrece un producto. La foto parece anodina al primer golpe de ojo, inocua hasta que se explica su significado. El comerciante vende una sustancia que blanquea la piel, para parecerse más a los europeos. Para "parecerse a sus ex colonizadores" (sic). Para disimular el aspecto de indio. Como escribe Millás, el producto no es un arma, nadie matará con esa caja al vecino, pero se dañará a sí mismo. Se automutilará. En esta medida es un arma de destrucción masiva. De destrucción de la autoestima colectiva. "Tremenda forma de racismo en la que el objeto del odio es uno mismo".
En efecto, en la Navarra del presidente Sanz y de la alcaldesa Barcina vivimos en el racismo más atroz. Y tan grave como ese ataque constante y obsesivo contra la cultura propia, contra la autoestima, es que nos hemos acostumbrado. Que nosotros mismos asumimos que la historia es polvo y basura (¿destinada al basurero?); que la identidad es algo vergonzoso de lo que debemos desembarazarnos (nosotros, como los indios; las identidades poderosas de los grandes Estados y culturas que se nos imponen no); que defender nuestra lengua y nuestra cultura es propio de pueblerinos sin perspectiva ni futuro.
Angel Rekalde
(Nabarralde)

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